BURUNDANGA de A. Robino



Poesía.

Ediciones Endymion, Madrid, 2013.

Abel Robino nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, Argentina. Poeta y artista plástico. Desde 1982 reside en Francia. Ha publicado los siguientes libros de poesía:Obsesión (1978); Las especies de la noche(l982); El estado de la quietud (1986); Hiel por hiel (1997); Poemas (2004). Como artista plástico ha expuesto en diversos países de América, Europa y Asia, entre ellos: Argentina, Brasil, Cuba, Francia, Bélgica, Alemania, Suecia, China ...





Prólogo de César Cantoni


LA CRUDA REALIDAD




 Cuando Abel Robino publica “Obsesión”, su primer libro, en 1978, ya la poesía argentina había empezado a despegarse del coloquialismo sesentista y apuntaba a expresiones neorrománticas, neobarrocas y experimentales. Sin embargo, la obra de Robino se mantuvo en una línea de independencia que privilegiaba cierta actitud reflexiva y el desarrollo de una intuición o de un concepto como motivos del poema, aunque sin visos de intelectualismo. Dentro de esta línea particular, continuó su evolución en los volúmenes posteriores: “Las especies de la noche” (1982), “El estado de la quietud” (1986) y “Hiel por hiel” (1997).
Luego de un lapso prolongado sin publicar, pero rico en experiencias y productividad artística –tanto en el campo de las artes plásticas como de la poesía–, Robino da a conocer “Burundanga”, libro que reúne un conjunto de poemas de temática heterogénea, cuyo denominador común es la visión descarnada e irónica de la realidad. Son poemas escritos a lo largo de varios años, que fueron madurando y cobrando forma en sucesivos borradores, y que ahora, ofrecidos al público, adquieren la condición de rescate editorial. Más allá de las situaciones dolorosas que describen, no hay en ellos asomo de queja ni acentos plañideros. Muchos se refieren a episodios reales y otros como “Entreverado embeleso”, “Estudio de la esperanza” y “En la carnicería”, están inspirados en lecturas y autores diversos. Las vivencias personales (“La canción del encapuchado”), los vínculos afectivos (“Epitafio en construcción”), la unión amorosa y el amor traicionado (“Entreverado embeleso”, “La duermevela”, respectivamente), el abandono y la soledad (“Parábola”), el temor a lo desconocido (“Stalkeriana”), algunas experiencias particularmente curiosas (“Amarillos cuadros de Cirian Shuler”, “2cm3”), momentos que remiten a los años de plomo (“Pronta al retrato, la hija de un torturador”, “Suplicio del caballete”), el apunte testimonial (“La burundanga”, “Palabras de bienvenida al Gulag”), las alusiones al dibujo y la pintura (“Boceto y misterio”, “Vincent, el jardinero”), y hasta la atenta mirada sobre la propia actividad creadora (“Poética I”, “Poética II”), conviven sin desentonar como núcleos semánticos del libro. Por lo demás, cualquiera sea el carácter del poema, el autor siempre encuentra una arista filosa para reflexionar y extraer algún conocimiento.
Abel Robino (foto de Jesus Lloria,  2012)
Para los que medianamente desconocen el mundo de las drogas, al pie del poema que da título al libro, Robino explica el significado de “burundanga”, consignando que se trata del nombre vulgar de la atropina, sustancia hipnógena derivada de la escopolamina, que se obtiene de un árbol nativo de América Central conocido como brugmansia o belladona. Esta sustancia tiene el poder de abolir la voluntad del que la consume y es usada por los malvivientes para someter a las víctimas a sus planes y deseos. Si bien se la suministra con fines espurios, también es dable suponer que podría conllevar una finalidad loable. En este caso, ¿qué pasaría, se pregunta Robino, si alguien, “un ser auténticamente feliz”, le dictara a otro, en consonancia con su perfil dichoso, una acción que llevara a la felicidad? Y la respuesta llega a través de otra pregunta: ¿quién titubearía “en arrojarse al fondo/ de la radiante parodia?” La vida, asegura Robino, “se parece a la burundanga”, pero también la poesía puede ser asociada metafóricamente a dicha droga, en cuanto hace del poeta su mero instrumento o mediador.
La poesía, precisamente, y el arte en su manifestación pictórica aparecen como inquietudes recurrentes en varios pasajes de “Burundanga”. Ya el poema inicial, “Boceto y misterio”, dedicado a la memoria del poeta egipcio Edmond Jabès, introduce de lleno al lector en la problemática de la creación. Así, en el contexto de un auditorio imaginario, es el mismo Jabès el que toma la palabra y, mostrando un dibujo a manera de ejemplo, expone su percepción del hecho estético, al que describe como una fusión de intuición y lucidez, de “descuido” y “exactitud”, que condice con la propia visión de Robino. Hacia el final del poema, el maestro dictamina: “no rescatas una línea, desprecias todas las otras;/ al borrar también trazas, al trazar también borras/, poniendo de manifiesto el doble juego del arte de “trazar” y “borrar”, dejando ver cómo “lo trazado” y “lo borrado” se remiten mutuamente y hacen a la completud del sentido. En lo que atañe específicamente a la poesía, Robino sabe que las palabras del poema muestran y ocultan, dicen y callan, aluden y eluden a la vez; en suma, se revelan unas para que otras desaparezcan. 
Prosiguiendo con la lectura, puede advertirse que, en todos los casos, el nacimiento del poema se impone por sí mismo, como una función fisiológica insoslayable. Queda expresamente apuntado en “Poética I”: “La escritura ocurre como se orina:/ en la necesidad de vaciarse varias veces al día”. Tan fuertes son los imperativos de la creación que “el individuo presentirá los mecanismos de un atentado/ nacido de una vejiga que no pudo más”. Lejos, pues, de cualquier concepción retórica de la poesía, Robino escribe porque una razón natural se lo demanda, lo lleva a “vaciarse” necesariamente; escribe porque no puede dejar de hacerlo. El poema, en consecuencia, es mucho más que un texto literario; es un acto vital, algo que le sucede al poeta.
Ser poeta, para Robino, significa, por lo tanto, asumir la poesía como destino; es su modo singular de estar en el mundo, su hábito de vida; es haber llegado –empleando palabras de “Diagnóstico de la curandera”– a la “edad de ser incurable”. “Incurable” no es, en este caso particular, el que no tiene salvación, sino, por el contrario, el que ha renunciado a la supuesta salud de los “normales”, aquellos que aceptan sumisamente lo que sus ojos le revelan –la burda fachada del paisaje real–, “los que creen que las bellotas son bellotas”, como dice Horacio Castillo en “La ciudad del sol”. “Incurable” es el que se adentra en “Las dilatadas neblinas de la realidad” –otra expresión de “Diagnóstico de la curandera”– en un rapto afanoso por conocer el sentido profundo de las cosas, y halla en este propósito el mecanismo de su redención.
Por otra parte, cabe agregar que Robino sufre de vivir (“como/ una rodilla llena de agua sufres de vivir”, señala el poema citado anteriormente) y “Burundanga” es testimonio de su andar dolorido por el mundo. La muerte del padre (“También dijo: Un día te tocará ordenar mis pedazos./ Y aquí, aquí lo estoy haciendo”), el desamor de la pareja (“La última vez que me tuvo en sus brazos,/ se despidió diciendo:/ Ésta no es la carne que me prometió mi alma”), la inhóspita soledad (“Nadie escribe a los apestados/ …/ Sólo la espera come de la mano de lo infinito”), el desarraigo y otras vicisitudes penosas impuestas por las circunstancias, tienen cabida en poemas que el autor arroja a la mesa del lector cuando aún las heridas no han terminado de cicatrizar. Pero no sólo el dolor personal es reflejado en este libro. Robino también acusa el sufrimiento ajeno, como se aprecia, por ejemplo, en “Suplicio del caballete”, cuyos versos describen el tormento al que es sometido un detenido.
Dentro de esta matriz, que conmueve por lo lacerante, se halla igualmente “Estudio de la esperanza”, poema inspirado en un relato de A. P. Mallard, que refiere los pormenores de un impiadoso experimento realizado con ratas. A fin de probar su capacidad de sobrevida, los inermes animalitos son arrojados a un cubo de agua y, según demuestra el experimento, los mismos nadan durante “8 horas en círculos concéntricos,/ antes de dejarse ir a pique”, pero si intuyen que tienen alguna posibilidad de salvarse, pueden resistir “flotando/ 40 horas más”. La conclusión llega parejamente con la estrofa final: “suponíamos que estudiábamos sobre la esperanza;/ más bien habíamos comenzado a investigar sobre la/ crueldad”.
 Otro poema singular, en este caso por su connotación existencial, es “Stalkeriana”, especie de relato alegórico que asocia una supuesta justa deportiva de nuestro tiempo con el pasaje bíblico en que Sansón, juez de Israel, da muerte a cientos de filisteos, golpeándolos con una mandíbula de asno. Este poema, que se asemeja mucho a un mito o una leyenda de hoy, pone de manifiesto el temor natural del hombre a lo desconocido; sus versos hablan de una amenaza indefinida, que proviene de un lugar “inalterado, oscuro, insondable”, y se insinúa como una “fuerza despabilada”, sansónica, contra la cual es imposible luchar. No se sabe, además, si esta amenaza existe corporizada en algo concreto o sólo habita en el interior de cada uno: “Pero la verdad es que nadie había visto/ más que la cara de su propio miedo”. Aunque sólo de manera especulativa –ya que Robino no es precisamente un creyente–, el poema termina con una apelación a la vida ultramundana: “quizá sea un estratégico lugar el más allá/ donde se arenga sin voz,/ donde se gesticula sin brazos,/ donde se podría derrotar a lo invisible con lo invisible”. Este temor primigenio a “lo invisible”, a lo extraño, acrecentado por la inseguridad y el vacío metafísico propios del hombre contemporáneo, ha encontrado también su lugar en otras artes, como el cine, que lo ha abordado reiteradamente en los últimos tiempos.
Por lo dicho, queda claro que la poesía de Robino no es complaciente ni hace concesiones; su lectura implica siempre un desafío y una perturbación. Hay un verso de “Puras narices” que resulta emblemático a fin de entender la actitud ética y estética del autor; es el que reza “cercar la presa más allá de lo bello”. Tomado el mismo en sentido alegórico, puede afirmarse que eso es, en efecto, lo que hace Robino: expresar la realidad con todas sus aristas, aun las más oscuras y dolorosas. Tal cosa no significa que “Burundanga” se aparte radicalmente de la belleza, si bien la audacia y crudeza de sus imágenes poco tienen que ver con los parámetros canónicos de “lo bello”. Tampoco debe esperarse del autor un lirismo acendrado ni extremado pulimento formal. Sus versos están contaminados por las experiencias de la vida y en ello reside su autenticidad y su poder de persuasión.
Entre las peculiaridades que identifican a Robino, llama la atención, asimismo, la elección de los temas, casi siempre extraños, curiosos y hasta extravagantes, nacidos, muchas veces, de peripecias personales o del propio imaginario poético, y, otras, de textos no sólo literarios sino también científicos y técnicos, lo que genera un cruce de géneros más que llamativo. Y así como los temas son insólitos, el desarrollo de los mismos resulta igualmente imprevisible, condición que obliga  al lector a mantenerse alerta.
Quien encare la lectura de “Burundanga” advertirá, por otra parte, que el cruce de géneros expuesto –ensayado, por ejemplo, en “Estudio de la esperanza” y “2 cm3”–, que remite a ámbitos culturales encumbrados, no excluye el propósito del poeta de rescatar, al mismo tiempo, los procesos gestados en los bordes sociales, como puede observarse en “TAG”, poema escrito a partir de un grafiti.
Vale la pena añadir que el estilo originalmente metafórico de Robino ha venido evolucionando, volumen tras volumen, hacia un despojamiento esencial que, en “Burundanga”, se refleja en la mayoría de sus páginas, aunque ciertas realidades aparecen todavía enmascaradas por el uso de la alegoría, como ocurre en “Puras narices”, “Poética I”, “Entreverado embeleso”, “Parábola” y Stalkeriana. No obstante, aun en estos casos, en que todo el poema constituye una figura alegórica, el lenguaje nunca resulta literario ni recargado. Quizás el origen de esta inclinación de Robino hacia la alegoría haya que buscarlo en Horacio Castillo, autor del que ha heredado, además, algunas peculiaridades estilísticas, como la contundencia de los finales y los planteos interrogativos: “¿cobardía o pudor?/ .../ ¿pudor o cobardía?” (“Diagnóstico de la curandera”). También es posible leer como legado de Castillo la recurrencia a la yuxtaposición de términos opuestos o contrarios: “Giras a la derecha, giras a la izquierda...// Toma esto, toma aquello...” (“Diagnóstico de la curandera”); “una cabeza desamparada hacia el norte, una cabeza desamparada hacia el sur...” (“Entreverado embeleso”).
Otro autor que parece haber influido en la poesía de Robino es Edmond Jabès; sobre todo, con respecto a la reproducción de voces diversas en los textos. Muchas veces, estas voces, entre comillas o sin ellas, generan una especie de diálogo con el narrador del poema, como en “Pronta al retrato, la hija de un torturador” y “La duermevela”; y, otras, es el narrador del poema el que introduce a un personaje para que se haga cargo del discurso poético, como en “Boceto y misterio”, “Diagnóstico de la curandera” y “Suplicio del caballete”. Con distintas modalidades, la reproducción de voces aparece, además, en “Epitafio en construcción”, “La canción del encapuchado” y “Hata ad-dubab tasaal”, terminando por conformar una rasgo estilístico particular.
Y algo más para resaltar: la reiterada apelación al encabalgamiento y la alternancia de versos extensos con otros muy breves, incluso, de una sola palabra, lo que hace que la escritura parezca fracturada.
Al margen de los autores referenciales mencionados, hay que reconocer también el rol cardinal que siempre tuvieron para Robino la pintura, el cine y la fotografía; la pintura como su otra veta creadora irrenunciable, y el cine y la fotografía en cuanto aliados que lo acompañan fielmente desde la juventud; todo lo cual cristaliza en la gran fuerza visual que suelen denotar sus poemas. Es muy gráfica al respecto su “Poética II”: “Escribo con una parte/ que como el reuma cambia de lugar,/ un instante recuperado de película bélica// donde sólo queda una imagen en pie,/ una casa en llamas./ Y el flash de los  recuerdos o la resurrección/ por enésima vez/ la incendia, la apaga, la vuelve a incendiar”.
“Burundanga” es, en definitiva, un libro escrito desde el doble exilio que implica para Robino estar en el mundo y vivir lejos de su tierra. El desarraigo y la orfandad, derivados de esa situación, conforman el trasfondo de cada uno de los poemas, en los que sólo cabe la cruda realidad: nada de reproches ni de autoconmiseración. Poco propenso a aceptar las verdades reveladas, y mientras despunta sus interrogantes, Robino se abraza a la poesía y deposita en ella, en la palabra iluminada, la esperanza de poder conferirle un sentido trascendente a la existencia.
Hasta aquí estas líneas preliminares, que no buscan ser un análisis exhaustivo, sino apenas el pórtico de entrada a una obra de la cual el lector difícilmente podrá salir indemne.


César Cantoni
La Plata, enero de 2013







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