Perú

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José Miguel Oviedo y los 21 poetas


Antología de la poesía peruana del siglo XX. El libro ha sido publicado en España en la prestigiosa colección Visor de Poesía.

Carlos Villanes Cairo. Madrid.

Las antologías siempre tienen un tono de ajuste de cuentas con la literatura, con los autores, con los críticos que abordaron o desbordaron el tema, con las amistades y las antipatías. Desnudan las afinidades personales, pero resultan necesarias.

José Miguel Oviedo, buen catador y viejo combatiente de la crítica literaria peruana e hispanoamericana, ha dirigido la edición de Antología. La poesía del siglo XX en Perú. (690 pp.), en la serie La estafeta del Viento de la colección Visor de Poesía. Al menos así figura en la cubierta, mientras que en la portada se anuncia como Poesía Peruana. Antología esencial y en el lomo del libro, simplemente, Poesía peruana.

Oviedo se cura en salud y apuesta únicamente por 21 poetas, muy conocidos todos, varias veces antologados, que van de Eguren, nacido en 1874, a Rosella di Paolo y Eduardo Chirinos, ambos de 1960. Los acompañan César Vallejo, Martín Adán, Oquendo de Amat, César Moro, Westphalen, Eielson, Sologuren, Belli, Blanca Varela, Salazar Bondy, Gonzalo Rose, Delgado, Hinostroza, Cisneros, Marco Martos, César Calvo, Watanabe y Sánchez León. Es evidente que los abandonos son notables, y los de los poetas “contestatarios” como Hidalgo, Portal, Romualdo, Heraud, Orrillo, Pérez, Verástegui, saltan a la vista. Pero también hay ausencias como las de Valdelomar, Parra del Riego, Corcuera, E.M. Allinson, Mazzotti, y un largo etcétera. Tal vez debería privilegiarse a los nuevos, que los hay realmente buenos, porque lo necesitan más que nadie, dentro de una serie que tiene gran difusión y aceptación en España y en los países de nuestra lengua, incluido EEUU. Ya se han publicado las selecciones poéticas de Venezuela, Chile y Colombia, y pronto saldrá la de México. Son un auténtico escaparate de promoción para los autores hispanoamericanos encerrados en ediciones nacionales de escuálidas tiradas.

“Es nuestra intención presentar un panorama lo más completo y coherente que sea posible, en el que aparezcan sus líneas maestras, movimientos estilos, grupos y figuras de su desarrollo. Así, el lector podrá comprobar que ese proceso es un constante compromiso entre las raíces de su tradición y la urgencia por lo nuevo”, promete Oviedo, en su Introducción de 40 páginas a la voluminosa antología, donde también se dan los rasgos biobibliográficos de cada autor y una densa selección de cada uno, que se agradece, especialmente, entre los lectores no peruanos. En fin, un trabajo serio, muy selectivo, académico, y muy cuidado del notable crítico limeño afincado en Estados Unidos que se suma a las buenas antologías generales de nuestra poesía como las de Alejandro Romualdo y Sebastián Salazar Bondy, Ricardo González Vigil, Carlos Garayar y Ricardo Silva Santisteban.

Sin duda, los dos volúmenes de Poesía Peruana Siglo XX de González Vigil, a pesar de su frondosidad y sus dos largos centenares de poetas antologados, continúa siendo el mejor y más completo florilegio de la poesía peruana del milenio pasado.

El dulce planeta inconcebible

José Miguel Oviedo (ed.), Antologí­a: la poesí­a del siglo XX en Perú, Visor, Madrid, 2009. 692 págs.


Las dificultades de una antología de la poesía peruana

Ya estoy purificado, Poesía.
Ya podemos mirarnos a los ojos
como en la tarde de la luz aquella:
yo jugaba la ronda entre chiquillos,
y tus manos, temblando, me eligieron.
Juan Gonzalo Rose

Yo tengo una fantasía: ir a cenar una noche con los más grandes poetas peruanos. En una cabecera de la mesa se sentaría probablemente Eguren, más aristocrático, apartado, callado y distante, con sus bigotes de Charlot; al centro tal vez el cholo Vallejo, conversador, bromista, bohemio, con su sortija gruesa y su bastón. Estoy seguro de que a la diestra de Eguren se sentarían silenciosamente Westphalen e incandescentemente Moro, los poetas más surrealistas, y a la izquierda como buen comunista, tosiendo un poco por la tuberculosis, Oquendo, y al lado, brindando y renunciando a su aristocracia, Adán, en un descanso del manicomio. Ya más próximos al centro, regresando del autoexilio, Eielson, y los de la generación del 50 que fueron quienes encumbraron a Vallejo y están atentos a charlar con él. Hacia el otro extremo de la mesa estarían, un poco melenudos y astrosos, los desenfadados y rebeldes del 60 y, luego, muy comprometidos, los iconoclastas provincianos del 70, un poco recelosos y desconfiados de los limeños, pensando en cómo rescatar a Vallejo que está como aislado al centro y tal vez incendiar el resto de la mesa. Por último, habrían algunos puestos semivacíos, entre la diversidad, insularidad y desencanto de los 80’s y 90’s, un poco en penumbras también por el arribo del neobarroco, pero tal vez diáfanamente iluminados por alguna fémina liberada y curiosa; y en la otra cabecera, por supuesto yo, disfrutando y contemplando toda la escena. Mientras esta fantasía no se haga realidad, tenemos una opción como lectores de poesía peruana: leer la Antología La poesía del siglo XX en Perú (2009) publicada recientemente por la editorial Visor en España.
La poesía es un poderoso alimento y debe ser suministrada en adecuadas proporciones. Para eso sirven las antologías, para antojarnos de ese noble manjar. El tiempo empieza por germinarlas y algún crítico las cosecha. Constantemente están brotando a la luz y tienen una hermosa misión: combatir el desconocimiento, difundir, pero a veces, también, invariablemente silencian. Para nadie es un secreto que una antología es un mecanismo de unción poética ya que no hay fastos oficiales para coronar con un laurel a un poeta nacional y los premios existentes son más o menos trascendentes o intrascendentes para la poesía. Pero las letras de molde de una antología inquieren a los tiempos venideros. Así, para un autor aparecer en una teniendo una reconocida trayectoria y estando muerto es natural. Pero en cambio, resultar elegido en vida es una próspera y vanidosa consagración. Las antologías juegan al canon movedizo que constantemente aflora. Tomando en cuenta la ausencia de antologías de poesía peruana en la mesa editorial española y el grado de importancia de esta tradición poética, la antología de Visor, dentro del marco de su colección La Estafeta del Viento, sin duda puede colmar un vacío y desafiar nuestro sentido del gusto por esta gran tradición.
Pero como casi toda antología, no puede ser arriesgada y redonda al mismo tiempo, aunque cumpla con la importante labor de difundir la cuantiosa riqueza de la poesía peruana. Volviendo a la fantasía de la cena, la antología que nos ocupa es como otro banquete en realidad, no exactamente el que yo imaginaba. Me explico. José Miguel Oviedo es el editor anfitrión, y como es natural, es él quien decide a quién convidar a su casa o libro (diríamos con Martín Adán) que en este caso es la antología. Es obvio que algunos criterios pesaron para su reunión: el aforo del recinto, las afinidades entre los invitados y el temor a los dioses, no lo olvidemos, porque cuando hablamos de poesía, algo sagrado en este mundo laico invocamos. No de otra manera me explico ciertas inclusiones y exclusiones a la hora de su convite.
En el Perú escribir poesía es un asunto muy serio y exigente. Hay quienes sospechan que en el siglo XX la tradición poética peruana es la mayor de Hispanoamérica. ¿Podría la antología de Oviedo avalar esa presunción? Yo estoy seguro de que al menos la mitad de las páginas de esta selección son absolutamente imprescindibles y, siguiendo la fábula de la Sibila, podríamos decir que la mitad de la antología vale lo mismo que toda ella. Con sólo la mitad, estaría muy bien servida la poesía peruana. Intento echar luz sobre esto más adelante.
Pueden existir diversas formas de poner una mesa como diversos criterios para levantar un canon poético. En esta antología, en algunos casos, parece haberse considerado la constancia, la homogeneidad y pulcritud por sobre los hallazgos y proyectos ambiciosos. Así, la obra de Cisneros o Watanabe se ven reconocidas en esta antología, mientras que la de Hernández o Verástegui no encuentran cabida. Al parecer se opta por distinguir una carrera o trayectoria poética "constante", "pareja", "mesurada". Esto da que pensar, y entramos en cuestiones espinosas. ¿Por qué una carrera trunca por la muerte temprana como la de Salazar Bondy resulta preferible a la de Heraud, si bien más breve, pero no menos talentosa? Esta antología nos sugiere cuestiones como ésa. Por otro lado, no parece reconocerse a Westphalen en toda su trayectoria sino sobre todo por sus dos primeros libros. ¿Acaso dejaríamos de considerar la poesía de Rimbaud por no ofrecer una producción constante hasta el final de sus días? ¿Dejaríamos de leer al prolijo Neruda por algunos libros menos decisivos? ¿Cómo es que se califica y canoniza? Eso a veces parece un capricho o un misterio y no es fácil de desentrañar. Según se observa, mucho de esta antología responde a consabidos tópicos, en concreto en lo referido a poetas como Eguren, Vallejo, Adán, Oquendo, Westphalen y Moro, es decir, los correspondientes a la primera mitad del siglo XX. La siguiente mitad, en cambio, es más susceptible de discusión en cuanto a su selección de representantes, y como es difícilmente evitable, tiende a la miopía hacia el final de siglo. Estos son riesgos normales para toda antología, imposibles de soslayar; por ello el distanciamiento en el tiempo para una mejor apreciación del objeto de lectura ha sido siempre lo más recomendable. Es valiente, sin embargo, hay que destacarlo, enfrentar estos riesgos; pero no asumirlos trae incontrolables consecuencias. La idea de colocar glosas biocríticas y bibliografías para cada autor antologado en el libro es un estupendo marco de apoyo para la lectura de los textos y una contribución en la mayoría de los casos, pero por los riesgos mismos que enfrenta la antología, no están al mismo nivel siempre. Son más desarrolladas y exactas hacia la primera mitad del siglo, y hacia el final menos seguras.
Tal vez como una manera de justificarse, la antología se propone como "esencial" en su carátula interna. Es un planteamiento que vale la pena comentar. Creo que puede comprenderse o fundamentarse hasta cierto punto la "esencialidad" postulada en el volumen al recurrirse al consabido canon de la poesía peruana hasta la llamada Generación del 50 (o 45/50, según se prefiera). Se trata de un canon hace décadas formulado en Perú por la clásica antología Vuelta a la otra margen (1970) de Abelardo Oquendo y Mirko Lauer, reeditada poco tiempo después en España bajo el título Surrealistas y otros peruanos insulares (1973). En ella se contempla, en esencia, el contenido de la primera selección de Oviedo. La introducción que el crítico escribe discurre por esos derroteros y explica brevemente el marco estético e histórico en el cual este primer canon se apoya. Sin embargo, así como asume esta postura canónica, también recicla sus limitaciones. Una de ellas, la más grave tal vez, es el esquema generacional por décadas. Es sorprendente que a estas alturas del siglo XXI, el canon poético en Perú, manifestado en varias antologías locales, continúe todavía con este esquema trasnochado que mecánicamente cubre períodos previsibles de diez años con algunos nombres sin otros argumentos, y asiente la irreflexible idea de que así y sólo así se puede ordenar la tradición poética peruana.
Pero no toda la crítica peruana duerme la siesta. En su libro Poéticas del flujo (2002), José Antonio Mazzotti recogió una propuesta que en un sector viene gestándose: la de abandonar el esquema generacional de décadas por reduccionista y simplista y, en cambio, formular otros hitos que ordenen la historia literaria de la poesía peruana como el año 68 y el 82. También se señaló que el canon que viene desde Vuelta a la otra margen, consagrado por ulteriores recuentos, estudios y antologías en Perú, acusaba ser consecuencia de la "colonialidad del poder", esto es, que de ningún modo reflejaba o representaba a una nación multicultural y plurilingüística como el Perú, y en contraste sólo privilegiaba la tradición criolla culta escrita en español postergando las expresiones populares y de otras lenguas originarias peruanas. A luz de esa problemática, podemos observar que la antología de Oviedo no aprovechó para recoger estas importantes sugerencias críticas, ya casi de común circulación en la crítica peruana, y en cambio, optó por lo más cómodo y seguro, el repetir lo consagrado y hegemónico. Aunque se consigue de este modo acercar la poesía peruana al gran público hispanoparlante gracias a una editorial de prestigio con gran distribución, al mismo tiempo tiene la clara desventaja de persistir en un canon que no termina de retratar con fidelidad al país y contribuir a su desarticulación. En el fondo, este desliz es comprensible, tal vez no debiéramos exigir o esperar mucho de una antología hecha fundamentalmente para España. Confrontada con Las ínsulas extrañas (2002) de Galaxia Gutenberg o Juegos de manos (2008) también de Visor, otras antologías recientes pero de carácter continental, encontramos que la de Oviedo insiste o acierta con los mismos nombres, Eielson, Sologuren, Varela, Belli, Hinostroza, Cisneros, autores desde luego canónicos en Perú; pero cuando intenta ampliar la selección, notamos que se desestabiliza. Ello se ve reflejado en la creciente laxitud de las notas críticas y en la selección de los textos hacia el final del siglo, ya no simplemente en la de los autores. Todo ello es inevitable en una tradición tan compleja y variada como la peruana, y al mismo tiempo, con tan poca perspectiva en el tiempo. Queda claro que es muy pronto aún para intentar cerrar un canon del siglo XX. Una contribución como la antología de Oviedo entonces, además de acercarse a nuevos lectores, sólo puede animar al debate en torno a un canon todavía en consolidación dentro de un corpus poético tan rico y vasto como el peruano, con algunas zonas todavía por explorar.
Es interesante, de otra parte, para la parte canónica de la antología, observar por ejemplo que se refleja un avance en cuanto al conocimiento de la vida de Oquendo o Moro, cuyas biografías hasta hace pocos años estaban envueltas en penumbra. Como es lógico, la visión sinóptica de la obra de Vallejo es la más consistente; pero de otra parte, las visiones postuladas para Varela, Rose, Hinostroza o Watanabe, sin ser concluyentes, son una contribución al marco general. Sin embargo, el saber datos biográficos, si bien rellena un imaginario paratextual a veces extraliterario en torno a los poemas, tampoco asegura la interpretación de una obra. Aquí la antología de Oviedo se muestra, ineludiblemente, dispar, porque nadie es especialista en todos los poetas, aunque el antologador, eximio crítico, haya publicado una monumental Historia de la literatura hispanoamérica (1995-2001), de varios tomos en Alianza Editorial. Una cosa es acopiar datos, que todo buen investigador tarde o temprano consigue, y otra, interpretar. Y en la crítica, ninguna visión es concluyente, y en realidad, si bien hace falta valentía para hacer planteamientos tempranos, cosa que Oviedo ha demostrado muchas veces en su carrera, plantear una visión de conjunto es más difícil; y ello, aunque sea debatible, es algo que aporta esta antología.
A pesar de la contribución general como panorama de aproximación que significa el racimo de biocríticas ofrecido en la antología, algunas cuestiones más todavía son observables. Se persiste en ciertos lugares comunes de la crítica peruana que no por consensuales están a salvo de objeciones. Por ejemplo, la visión de una absoluta centralidad de Vallejo: no todas las ramas poéticas peruanas lo tienen como punto de referencia y, a pesar de la magnitud del vate santiaguino, la tradición poética peruana es muy extensa y variada, por lo que objetivamente Vallejo no es un centro total de referencia. En cuanto a Eguren, se repite una visión ya problematizada por la crítica: no es exclusivamente un poeta puro, su simbolismo precisamente lo faculta para resistir otras lecturas. Sobre Westphalen, como ya hemos adelantado, la antología pretende privilegiar la atención sobre los dos primeros libros que publicó en su juventud, en los años 30. Luego de cuarenta años de silencio tenemos sus libros de madurez, que desde luego están en otra tesitura, distinta a los poemarios que lo consagraron de joven, pero igualmente notables e importantes: son parte de su trayectoria y pareciera que la antología encumbrara como poeta al Westphalen de juventud y no al último. Para el caso de Reinos de Eielson, se exalta su virtuosismo y precocidad, pero es necesario anotar que este libro fue reeditado varias veces con correcciones y adiciones posteriores a la fecha convencional de su aparición (1945) y que lo que leemos actualmente, no es de ningún modo el libro de un Eielson de 19 años. También hay afirmaciones que simplemente no se entienden: ¿es Sologuren heredero de Eguren? ¿Sólo él?, añadiríamos. ¿Es que no hay otro poeta que se pueda considerar más egureniano que él? No creo que ésa sea una manera afortunada de valorar la obra de Sologuren. O también: ¿es Di Paolo una poeta de la sexualidad femenina y el mundo doméstico? Parece que el antologador encausa en la poeta cuestiones que puso sobre el tapete la insurgencia de poetas mujeres en la poesía peruana de los 80 pero que en los poemas antologados realmente no se observa.
Además de la discusión sobre la nómina de los poetas seleccionados, está la cuestión de los textos que se incluyen de los mismos. Siempre una antología es un espacio de rescate, reconocimiento y descubrimiento posible; pero si en la primera mitad de la antología no se arriesga nada, aunque se contribuya en algunas de las notas biocríticas y en las bibliografías, en la segunda mitad se podría haber hecho una mejor selección de textos, ya que van a acompañar a la excelencia de los primeros. Algunos poetas estarían mejor representados si se hubiesen seleccionado otros textos de los mismos: de Sologuren, "Márgenes", "Epitalamio", "Razón de vida"; de Varela, "Casa de cuervos", "Secreto de familia"; de Rose, "Las cartas secuestradas", "Exacta dimensión", "Marisel", "Cadena de luz", "Sexta canción"; de Belli, "Oh alimenticio bolo", "Sextina de los desiguales"; de Cisneros, "Perro negro", "Arte poética", "Tercer movimiento (affettuosso)"; de Watanabe, "Como si estuviera debajo de un árbol", "Planteo de poema", "La mantis religiosa", "La oruga", "La risa", "El ojo de agua", "El guardián del hielo", etc., por sugerir algunos títulos. Cualquiera diría que los textos que menciono son los que suelen aparecer en las antologías peruanas, pero precisamente, ése es el espíritu de la antología de Oviedo en toda la primera parte, espíritu que abandona en la segunda al punto de dar la impresión de que la tradición poética peruana se deshace en textos de cada vez menor belleza sin ánimo de desmerecer los colocados. Lo que quiero decir es que hay disparidad en muchos niveles: en la visión sobre las líneas poéticas peruanas y en los criterios de selección de autores y textos. Y ya que la primera parte de la antología ha sido tan de antología, echamos de menos el no haber incluido algunos pocos textos para hacerla del todo redonda. Por decir unos pocos: de Vallejo, "Masa"; de Adán, "¿Quieres tú saber de mi vida?"; de Oquendo, todo 5 metros de poemas; de Eielson "Mutatis mutandis 10", "He aquí el amor", "Seguro rey de tu amor", etc. Así hubiera quedado una antología mucho más esencial y reluciente.
Hay que consentir que la antología no puede ser perfecta porque la tradición tampoco lo es, en el sentido de que se dan diversas circunstancias alrededor de la creación poética. Pocos son los casos como los de Vallejo o Eielson, que con varios libros resisten diversas lecturas en varios períodos, o que acusen una voz constante y pareja como Eguren o Watabane. Se dan múltiples casos que hacen que la tradición en general sea discontinua. Por ejemplo, Oquendo es un poeta con un precioso primer libro que muere muy joven y perdura; Adán, un poeta precoz que desarrolla una vida desordenada al punto de vivir en un manicomio y escribir en servilletas; Moro, un poeta que a pesar de "renunciar" a su lengua (y a su ciudad), con los pocos textos que escribió en castellano (no por los que escribió en francés, que pobremente se conocen en Perú) es febrilmente encumbrado; Hernández, un poeta que luego de escribir un gran libro se desencanta del medio literario de su generación y se aparta, produciendo sólo libros artesanales de ejemplar único (cuadernos a mano), y con ello también queda apartado de las antologías; y así un largo etcétera, pues la tradición peruana tiene para todos los colores, gustos y disgustos. Por ello, representa una gran dificultad para cualquier antología formular una medida áurea de antologación.
Pero no sólo los nombres enlistados en la contratapa del volumen discurren por esta antología. Para completar el panorama, hay un conjunto de personalidades de la literatura peruana nombradas en la introducción y las notas: Manuel González Prada, José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar, Estuardo Núñez, José María Arguedas, Alicia Bustamante, Fernando de Szyszlo, André Coyné, Juan Mejía Baca, etc.; algunos grupos como la Bohemia de Trujillo, el Grupo Orkopata, la Peña Pancho Fierro; algunas revistas como Colónida, Amauta, Las Moradas, Amaru, etc.; algunas instituciones como la Universidad Mayor de San Marcos, el Instituto Nacional de Cultura, la Casa de las Américas, la Pontificia Universidad Católica del Perú, etc., y algunos lugares como Lima, Barranco o París. Desde luego, son muy justas menciones: sin ellos el contexto de producción no estaría completo o, dicho de otro modo, no hubiese sido posible la poesía peruana. Por ello, la antología no se limita a unos textos: hay personas tras los autores insertos en unas redes de relaciones sociales y culturales que son la savia viva de la tradición y, de algún modo, el lector que tenga a mano estos datos puede formarse una idea más cabal de los tiempos en que se gestó esta poesía. En ese sentido, es útil que cada vez que se teje un puente de nexo entre poetas en las reseñas biocríticas se explicite con la indicación "véase", de modo que el lector esté más atento a esa circularidad de referencias dentro de la propia tradición que la antología refleja.
Lo cierto es que, después de los poetas canónicos de la primera mitad del siglo XX, Eguren, Vallejo, Adán, Oquendo, Moro, Westphalen y Eielson, hay pocos poetas que puedan ingresar en ese canon sin desentonar: Belli, Varela, Rose, Cisneros y Watanabe. Ellos están en la antología de Oviedo, aunque, como hemos anotado, no necesariamente en la plenitud de su verbo, es decir, con lo más granjeado de sus textos. Ahora pienso en los lúcidos ensayos de T. S. Eliot: hay poetas menores, que abren caminos; poetas mayores que abren caminos y consolidan propuestas; y hay poetas epígonos, que sólo continúan propuestas; pero todos, absolutamente todos, son necesarios para el devenir de la tradición, y algunos son más "traducibles" que otros y unos pocos pueden ser leídos y apreciados fuera del contexto que les dio origen y convertirse en más universales, si cabe. A pesar de las reflexiones sesudas de Eliot sobre la poesía y los poetas, no creo, sin embargo, que un Hernández o un Verástegui sean poetas menores. Hay que reconocer que Hernández ha abierto caminos que aún quedan por transitar en la dispersión de sus cuadernos ológrafos, "en la poesía no hay orden ni desorden", había dicho; y Verástegui ha consolidado como ningún otro en Perú, o incluso en toda la lengua castellana, propuestas como el poema río o poema total de Pound, de quien se declara discípulo directo. Borges dijo que cualquiera podía escribir un verso genial y éstos podían encontrarse incluso en las canciones populares. En el Perú, al levantar una piedra, aparece un poeta, y se podría decir que se vive en una difícil realidad que incita a la poesía (¿recuerda esto a Hölderlin?) porque muchos autores son la prueba de que en el Perú se escriben excelentes poemas. Pero si nos fijamos, son pocos los poetas estacionarios que pueden escribir ya no un libro, que los hay para regalar, sino un buen libro; y menos aún los que pueden mantener una trayectoria poética de calidad; y aún son menos los capaces de reinventarse en cada libro siendo fieles a sus principios, como sería el caso de Vallejo o Eielson. Poetas de grandes poemas son Javier Heraud por "El río", Enrique Verástegui por "Giordano Bruno" o Giovanna Pollarolo por "Confesión". Nadie dudará del poder de libros como Las constelaciones (1965) de Luis Hernández, En los extramuros del mundo (1971) de Enrique Verástegui, Katatay y otros poemas (1972) de José María Arguedas, Noches de Adrenalina (1981) de Carmen Ollé, El chico que se declaraba con la mirada (1988) de Róger Santibáñez, o El amor en los tiempos del cole (2000) de Lorenzo Helguero, por mencionar algunos. Pero el hecho de aparecer en una misma criba junto con Vallejo o Eielson, que es lo que para el caso una antología de poesía del siglo XX en Perú postula, es algo que sólo puede ser fruto de una sedimentación en el tiempo, de fervientes lecturas y contralecturas desapasionadas, de asimilación y consolidación de una tradición que se quiebra a sí misma y renace, y eso, en conjunto, se atisba aunque no cuaje del todo en la antología de Oviedo.
Al final de la lectura de esta antología uno puede quedar con una serie de impresiones vagas y seductoras sobre la tradición peruana: hubo muchos poetas precoces (Oquendo, Adán, Eielson); poetas que estuvieron en la cárcel (Vallejo, Rose); poetas homosexuales (Eielson, Moro); poetas que nunca salieron de su país (Eguren, Adán); poetas que cultivaron otras artes (Eguren, Moro, Eielson); poetas profesores (Sologuren, Delgado, Martos, Chirinos), y así sucesivamente. Es, tal vez, otro comedido secreto de esta antología, o algo que por defecto aflora si nos topamos con la tradición peruana. Lo que está claro es que hablamos de una tradición tan amplia y variada que bien merece más de una antología. Las hay y muy curiosas. como El portero de Noé, antología de la poesía deleznable (2001), de Rubén Quiroz, aquella que temerariamente reúne los poemas malos de los grandes poetas para polémica de sus lectores; o 10 aves raras de la poesía peruana (2007), de Luis La Hoz, dedicada exclusivamente a poetas peruanos del siglo XX perdidos o desconocidos, no considerados en las antologías canónicas: Guillermo Chirinos Cúneo, Pedro Gori, Armando Arteaga, Augusto Lunel, Vicente Azar, Enriqueta Beleván, Patrick Rosas, Óscar Aragón, Walter Curonis y Juan Bullitta. Podríamos continuar charlando de sobremesa interminablemente sobre poetas y poesía en Perú, pero todo banquete tiene su final.
Al final de la fantástica cena de poetas peruanos (que por cierto tendría que haber preparado Hinostroza, el gastrónomo del grupo) imagino levantándose a Eguren para hacer una foto con la diminuta cámara que él mismo se hizo. Como es previsible, ahora viene otro gran problema: quiénes deberían aparecer en primer plano, al centro o a la periferia. Dejemos todo a la espontaneidad. Imagino distraído a Westphalen, a Cisneros robando cámara, a Eielson melancólico, a Martos muy correcto, a Watanabe desconcertado, etc. Yo me acercaría y le diría al maestro Eguren que se ponga entre Vallejo y Eielson, que yo voy a sacar la instantánea. Entonces, milagrosamente, en la película de la foto aparecerían también los espectros de Valdelomar, Valle Goicochea, Heraud, Ojeda, Chirinos Cúneo, Cornejo, Recalde, etc. A la hora de las despedidas, ¿quién acompañará a quién?, ya que algunos son mayores y para otros probablemente recién empiece la noche. Al salir se encontrarán con Verástegui que nunca llegó a la reunión y dirá "toda época está en retroceso" y al cabo a Luchito Hernández, fumándose un fallo con su blazer azul y diciendo: "Qué tal viejo, ché su madre".

Ricardo Fidel Huamán Zúñiga