Escalada y otros poemas

Adelanto con una selección de poemas 
del Libro de Vicente Cervera Salinas

 

La piel sigue su ruta:  

Escalada y otros poemas

de Vicente Cervera Salinas




 por Marisa Martínez Pérsico



Publicado por la editorial madrileña Verbum, Vicente Cervera Salinas nos dispensa su cuarto poemario, Escalada y otros poemas (2010), con prólogo de José Emilio Pacheco. El escritor albaceteño ha trepado metafóricos peldaños; si El alma oblicua (2003) era un libro de pendientes y declives, palpables en títulos como “Bajada al metro”, “Escaleras abajo” o “Yacimientos”, este poemario lo es de ascensos y escaladas (“aligero así cuanto se inclina/ a la caída”; “Miro en torno, y advierto/ –sorprendido– que el camino era/ un ascenso y el viaje una/ escalada, que permite recostarme/ en su penumbra vertical”). Si sus versos precedentes se solazaban en la conjunción de negaciones y lítotes (“los objetos/ que no tocas... Nada saben/ Nada indican”) homenajeando tácitamente un procedimiento capital de la literatura borgiana a la que consagró su precoz tesis doctoral y posterior ensayo Jorge Luis Borges, historia de una eternidad (EDITUM, 1992), su última poesía se nutre de gozosas aserciones y aquiescencias (“Hay una alegría/ tersa y coronada por los dioses/ del recuerdo”; “Fuerza imperiosa del deseo, verde/ crótalo de la fatiga que silba por/ cuanto pudo haber sido y aun pudiera/ ser, mientras vivo sea el aliento”).

La travesía vital como catedrático de literatura hispanoamericana de la Universidad de Murcia se transparenta en la predilección de paratextos y dedicatorias: el epígrafe de Altazor (“¿y caer a través de tu cuerpo de tu zenit a tu nadir?), el cuarto apartado alusivo a César Vallejo (el poemario se divide en cuatro secciones: Escalada, El destructor, Advientos, Azul heraldo, Ánfora), la variación libre que “La lana védica” hace del poema XXXIII de Trilce, y el poema-prefacio o “anti-prólogo” –pues se titula “No voy a hacer un prólogo”– con que el Premio Cervantes mexicano inaugura este libro.

Según José Emilio Pacheco Escalada y otros poemas goza, como su título, del arte de subir por el lenguaje para entrar en él con “mansa violencia” y convertirse en moneda de cambio para las transacciones cotidianas (“Cuán cerca estuvo de mí el mal... Qué cercanas sus espinas a rozar/ sin compasión el viento blanco/ que meció la herida. De qué modo se usurpó la confianza en la merienda familiar”). Pacheco celebra la música sutil, la “delicada orquestación sin estruendo” y, aun así, en su anti-prólogo insta a los poetas a concebir la escritura como un oficio marcial, pues escribir es quiera o no el autor, una acción de guerra: “Cada uno tiene una misión en el campo/ en la batalla contra el error y el silencio/ en el cruento escenario que es la página”. Paralelismos del prologuista mexicano con la música no son inocentes si hablamos de Cervera Salinas, quien publicó La partitura (2001), un extenso volumen inspirado en la escala musical heptatónica que refleja su periplo viajero por tierras americanas, desde La Habana a Buenos Aires, y que fuera auspiciado en Argentina por el escritor Antonio Requeni.

Escalada asume el significado de un tránsito dinámico por los innumerables parajes de la existencia en dirección ascendente, con una impronta introspectiva que, para Gabriele Morelli –en la traducción italiana de L’anima obliqua (2008)–, constituye una marca de estilo: “Una grande lezione etica nei confronti della vita e della nostra esistenza” e un “invito all’ascolto e all’analisi interiore” que no ahorra cierto tono de advertencia o sentenciosa exhortación: “Entono versos cada vez que la sombra/ de la certeza deja al descubierto/ superficies de hondonadas/ y prosigo veloz en mi lentitud”; “...medito/ sobre el límite entre el centro/ y sus innumerables periferias”; “...un paso más allá, allí donde el hilo se deshace/ y parece desmembrarse en la ceniza. / Una música te espera. Sabrás si la/ puedes escuchar sin derrumbarte. Asomará/ la otra entretela, el corazón...”.

De este poemario aislaré dos piruetas del lenguaje como botón de muestra de la originalidad de su composición. La primera es la prolija ambigüedad en la selección léxica de sustantivos, adjetivos y adverbios con miras a generar un efecto de indeterminación de género –en el sentido de gender y no de genre– que empuja al lector a vacilar en la identificación del sujeto poético. Hay en estos versos la construcción de un yo andrógino, tangible en pasajes como “Avanzo instintiva/ luego, cabalmente” (donde se plantea un equívoco entre la construcción del adverbio, neutro, y el adjetivo femenino en virtud de la colocación sintáctica); “Te imaginé violeta y dulce/ para que lo fueras. / Para que llegaras a serlo/ en ti pensé sin amargura ni rencor/ sin maldición ni sombras / lejos del árbol turbio/ y del agua abyecta” (equívoco entre el adjetivo calificativo invariable y el nombre propio femenino Violeta); la mención al “Azul heraldo” o a “mi persona” (donde heraldo y persona son sustantivos de género invariable). Este procedimiento dota la poesía de Cervera Salinas de cierta sugestiva indeterminación genérica.

La segunda acrobacia poética atañe al uso de correlaciones verbales y a la ruptura del continuum temporal. En numerosos poemas la acción se presenta, fluye y progresa con un tiempo verbal específico que se ve interrumpido por la incrustación de un verbo en otro tiempo; así se rompe la secuencia temporal y se obliga al lector a reconstruir aquello que los formalistas rusos llamaron la fable, la realidad evocada por el texto: “Se desata cada instinto... y cuando estás alerta al gozo... el viejo espíritu se reproduce y comparece... las convulsiones del amor que se encendió y de la carne que bullía”; “Yo fui sereno y dulce, y arriesgué... dijo adiós... y tal vez no dormiré”.

Escalada y otros poemas privilegia las metáforas vegetales, que se distribuyen en dos campos semánticos emparentados con el ascenso. Una serie se vincula con la fugacidad, la descomposición, la fragilidad y desaparición de vegetales trepadores: “se cubren de perfumes los instantes/ al otro lado de la hiedra”; “ramos de aromas efímeros”. La otra serie asimila la escalada-ascenso con la erección sexual mediante los pares semillas-semen, tronco-cuerpo, raíces errantes y humanas (“Tiene tu talle condición de tronco... pues condición no le falta/ para perdurar como tronco/ incardinado al claustro de mi vida”). Otra pieza de este libro es un obsequio a la imaginación literaria, digno de dadaístas y performáticos. Se trata de “La tijera”, poema elegíaco dedicado a una tijera que ha sido enterrada como castigo en el cubil de los cubiertos: “abatida en el cubil de los cubiertos/ quiero que reposes tú, espíritu/ afilado, que fuiste en otras manos/ instrumento de separación y tajante/ rasgadura de dos partes que eran una...”

Descensos y subidas constituyen, en la summa poetica del escritor español, mojones de un periplo vital que conducirá a idéntico destino, como el ser inmóvil, eterno e inmutable de Parménides de Elea; no es inocente que el nombre del presocrático haya sido elegido por el autor como seudónimo de su primer libro, De aurigas inmortales (1993), que recibió el Premio América de Poesía en Murcia y que se publicó con prólogo de Antonio Colinas. Sus ecos se oyeron hasta la más reciente escalada: “Tan sólo deja que la piel siga su ruta/ hasta que temple su pincel. Del zenit/ al nadir eres el punto que a sí mismo/ se persigue”.¨


Algunos poemas del Libro:




Escalada
Avanzo instintiva,
luego, cabalmente.
Descanso si mis pies
se fatigaron en exceso
o si latía en desmesura
el corazón. Observo siempre
cuanto brinda la arriera
y madre Natura. Y de ella
pretendo incorporar algún
apunte a mi persona;
reposo cuando el sueño me
reclama y dejo que me venza
sin darme nunca por
vencido. Si me asaltan
los ladrones de mi paz,
procuro ahuyentarlos
con el don de la mirada.
Intento que del trecho
recorrido me acompañen
las señales aprendidas, y proyecto
el tramo que me resta
por hollar, obedeciendo a la ley
de la materia y al mandato
más robusto de la fe. Llevo
en la cartera talismanes
que aprendí ejercitando el arte
de la memoria:
un libro de mi padre,
un poema de mi amiga,
y siempre voy contigo,
en la andanza de mis pasos
o en la percusión de los ecos
y en la luz que todo irisa.
Dejo que me asalte la canción
si mi suelo forma arena;
cuando hay peñas, amortiguo
con las suelas del equino,
atento a los follajes que diviso.
Entono versos cada vez que la sombra
de la certeza deja al descubierto
superficies de hondonadas
y prosigo veloz en mi lentitud.
No porto reloj en mi pulsera;
surco el tiempo con la escala
de cada decisión. Al error,
le presento mis disculpas,
y le concedo al extraño
el beneficio de la duda, para
no inclinar con su lastre las espaldas
laceradas, y no reconocerme
sólo en el reino de la culpa
y sus fracasos. A menudo medito
sobre el límite entre el centro
y sus innumerables periferias,
recibidas o nuevamente formuladas.
Atajo el cinismo y la presión
de la rutina con las palabras
que instauran la fortaleza
de lo desconocido, o de lo eterno
restaurado. Arranco algunos brotes
del almendro en flor para regalar
ramos de aromas efímeros
y, en el recuerdo, permanentes.
La distancia de lo andado nunca
es mayor que el continente imaginario.
Y si lo fuere, será que el tiempo
consumido había sido el otorgado,
el necesario, el que la sabia mano
sobre mí depositó. Otra imagen
del mundo sobreviene, sin que
el sentido de lo hollado desfallezca.
Escudriño las fauces del león
y de la tórtola aboceto isocronías,
y aligero así cuanto se inclina
a la caída. Mudo u órfico,
rico en tesoros de huellas vivas
que manos ajadas me hacen
observar, susurra alguna voz
que ya debo detenerme.
El viaje en espejo coincide
entonces con la serie y el contraste
de estaciones. Hinco el talón.
Miro en torno, y advierto
–sorprendido– que el camino era
un ascenso y el viaje una
escalada, que permite recostarme
en su penumbra vertical
donde distingo una constelación
de brezo y piedras,
que un sol terrestre hace
brillar.





El destructor
Como el juguete desarmado y hecho trizas
por la mano escrutadora de aquel niño
que persiste en cada paso que aventuras.
Como ese roto tren y destripado, que destroza
en otro tiempo tu curiosa inexperiencia:
desmembrada criatura que nació para el asombro
del infante y cuyo fin se desbarata en torpes
dígitos crueles. Reconoces hoy como pareja
esta inclemente disección de los más
gallardos sentimientos, de los frágiles
recuerdos y de las caricias trémulas.
Perseveras en tu ser. Te descubres en la
extrema voluntad de separar, de dividir
y analizar cada resorte, cada tuerca y cada
mínima bombilla que encendía la traviesa
maquinaria. Se desata aquel instinto toda vez
que el viento sacude tu conciencia. Y cuando
alerta estás al gozo y aún es más voraz
el resplandor, el viejo espíritu pueril se reproduce
y comparece despertando la vigilia de los pulsos:
los mil y un timbres del porqué; las más de mil
y ciento luminarias del latir; las convulsiones
del amor que se encendió y de la carne
que bullía





El jugador
Y me hace daño. Con expertos no se
juega. Sobre todo si son las tres
de la mañana y en la cama espera
algún fantasma primoroso,
de esos que sirven aguardiente
y espectros exquisitos.
Son dañinos. Sobre todo. Pero pruebo.
Juego a veces con mis miedos y
obedezco a su concurso. Me parece
que su rostro es cada vez más cercano
al de Mefisto. Y me hace daño. La segunda
noche anduve ojo avizor. Ya sin mis
muecas conocidas. Saboreé lo que pedía.
Recalamos en la cima incongruente.
Ya lo sabes, te lo digo una vez más, no
se juega con sujetos avezados en el arte
de mirar sin sacudidas. Y a pesar,
y a su pesar, yo fui sereno y dulce, y
arriesgué algún que otro malestar,
palabra o hierba. Dijo adiós cuando
restaban todavía largas horas
para el alba y tal vez no dormiré.
La apuesta al fin acaba,
y rinden tablas y quimeras.
Él tardará otros quince meses en volver.
Y no me quejo.
Aunque me duela.





La tijera
Abatida en el cubil de los cubiertos,
quiero que reposes tú, espíritu
afilado, que fuiste en otras manos
instrumento de separación y tajante
rasgadura de dos partes que eran una.
Voraz y despiadada, sajabas el pacto
nunca escrito y, caprichosa, trizabas
con tus hojas los contornos de una
forma emancipada, pero ajena
y dividida, siempre extraña a su raíz.

Ahora atended al aullido de los árboles,
al latido amortiguado de los órganos.
Que la fina telaraña que os envuelve
sólo ceda con el grano último de arena.





Razones del deudor
No necesito aguardar hasta otra
vida. Muy largo se me fía, y no
quiero acumular débitos o pagarés
bajo capas de justicia. Este juego
reniega de esas fintas. Renuncio
a la sorpresa ya fatal de saberme
deudor acorralado, sin monedas
ni poder que restañen las heridas
o revoquen la sanción.
Por más que anuncien riquezas,
de nada valdrán las oraciones
en un mundo donde nuevos
rezos se alzarán. Allí no habrá avales
ni tarjetas rubricadas. Nadie sabrá
mi nombre ni atestados paraninfos
se harán eco de la unánime
ovación. Ningún perro será amigo
de mi sombra ni el amante profanará
el silencio de la tarde con sus sueños.
Todos los libros tendrán títulos
desconocidos e ilegibles grafías;
ignorados ángulos, los guarismos
de imposible ondulación. Anhelo,
por ello, despojarme de las deudas
que sumé y que no fueron libradas
todavía. Saldaré las cuentas
para cruzar el solitario umbral
sin que freno alguno lastre
el peso de mi alma desnuda.





Del zenit al nadir
La línea de fuga de tu pensamiento
no se puede salvar ni detener.
A veces dormita y otras fulgura
y otras muchas se dispara y
multiplica, y crea –estrato sobre
estrato– una geología de huellas
puras. Persona, título, melodía,
paraje o sentencia que pensaste
materializan su presencia y su
figura, al doblar una esquina
o al pasar la hoja de un libro. Segundos,
instantes sin cronología, años
del calendario o de la luz, poco importa.
Vendrán otras mañanas luminosas,
hasta el punto de que no podrás casi
asomarte a sus persianas, pues con
ellas se volcará la canción que tus
pasos compusieron cuando niño,
o las imágenes grabadas que fraguó
tu fantasía, o la fábula, el relato
y el poema dictados por un dios
jovial de arborescentes labios. Ya lo sabes.
La espera no es un tiempo de condena.
Los años no conforman la brida de los sueños,
mas tampoco espolean su decurso.
Tan sólo deja que la piel siga su ruta
hasta que temple su pincel. Del zenit
al nadir eres el punto que a sí mismo
se persigue. Y sólo te hallarás si dejas
que el misterio te fecunde sin traición
ni sacrilegio. Evanescente y grave,
pesaroso o arabesco, ungido o bajo
sospecha, persevera sin temor del abismo
hasta la séptima espiral, desde lo imposible
hasta el hartazgo, inseparable compañero
que conmigo naces, y que escalas
fugitivos centros de la esfera.




Violeta
Te imaginé violeta y dulce
para que lo fueras.
Para que llegaras a serlo
en ti pensé sin amargura ni rencor,
sin maldición ni sombras,
lejos del árbol turbio
y del agua abyecta.
Entronicé un reino de concordia
y dijiste adiós a la estación traidora,
donde alisan las horas su corteza
y refrescan los días su meridiano atroz.
Bosquejé contornos helados
para avivar la calidez lozana y fresca
donde crecen las entrañas del perdón.
Te imaginé sonriendo, para que sonrieras.
Te descubrí una noche sin aurora
para que arrostraras las mañanas venideras
con hábito gozoso y sereno.
Así te concibió mi pensamiento.
Violeta y libre.
Para que lo seas.






Altozano
Y figurábase un gran hueco
en el soto verdoso del altozano,
sobre césped y gravilla
entre el Gran Hotel y el Capitol.
Allí dejé caer mi cuerpo que correteaba
una tarde de mi vieja niñez.
La vida resolvía ser alegre y promiscua,
sin resbalar hacia el tedio.
Un día, solícito y sinuoso,
despedí mi corazón de aquel
humilde lar. Sólo dejé la huella
de mi peso hundida entre renglones
de hierba, sin que manos o ramas
recubrieran la oquedad y hoy persiste
en un remanso del olvido
con los labios siempre abiertos,
suplicando a la piedad que no cese
de latir su eterna risa.





Cuerpo verbal
Late la piel del deseo y bulle
hasta solidificarse en erección
de ardiente plenitud.
La razón es selectiva y allí,
donde la mente se esclarece,
el corazón compone:
surge un haz de nombres
ordenados por la voluptuosidad
en acecho. La sangre yuxtapone
conjuntos caprichosos, constelación
libidinosa de apellidos y voces.
Se manifiesta así la propensión
a apoderar el blanco espacio
que acoplan predicados y verbos espigan.
Cubre el signo la turgencia del papel
sobre papeles, dominando su planicie
en el trazo estilizado
o curvo que lo sella, lo abraza y
espesa hasta la posesión.
Los folios se enamoran de la fina
punzada, fuga sobre tinta o lapicero,
y brota el instinto carnal
hecho escritura, donde vibran las notas
del alma. Se derrama
hasta grabar su cosmos
de condición nominal.
Un nuevo gozo nace al mundo:
en las grafías larvan los signos
del ser concupiscente y, en la cópula
de pluma y papel, el vigor
esplende y se dilata y crece
hasta la cima del placer,
liberada al fin de todo hierro
en la carne de palabras concebida.




Azul heraldo
Sobre un mismo pacto azul quedan hoy
grabados los perfiles tuyo y mío
para asombro de la infamia.
Va desvaneciéndose, como heraldo
en los celajes de lo oscuro, aquel frío despertar
que alguna vez te prodigué; cierto remedo
de desprecio, rabia, inquina o aversión,
que sembré ante el tierno alambre
de tu mansedumbre. Perdóname.
Se amontonaron los grises de una
mocedad encubierta por teoremas
y abstinencias, de la que no reniego,
pues facultó mi vocación, mas también
acobardó el color del ánimo jovial
y enmudeció en ocasiones la voz
que aleteaba una canción, hasta inventarla.
No creas… Yo me perdono sin reservas,
pues me visitan con frecuencia,
en la deriva del ocaso, esos pigmentos
que azulan la caída. En su apretado cromatismo
claman las formas que, sin hundirse
en el crepúsculo, alzan relieve
sobre el color que adoro con clemencia.
Rememorar quisiera otras vigilias,
la anunciación de cuerpo añil
que atravesó mi edad y mis fuerzas,
pero abdico. Hoy aspiro sólo a componer
los intervalos de este encuentro
donde el gris se dilata y funde
en tonos vivos de ultramar. Hoy busco
reunir en vocablos nuestros dos rostros
en perfil, frente al último momento
en que un heraldo los fijó y detuvo.
El hechizo abrir deseo,
el que no teme florecer.
Allí sucumbe mi soberbia y tu penuria,
todo asomo de miseria,
y se afilan las sonrisas que sellamos
sobre el mismo pacto azul.





Condición
Tiene tu talle condición de tronco
cuando nace. Rojizas hojas
tenues, que a la luz elevan
su envés y su faz, determinan
convertirse en forma viva del rosal.
No carece de espinas
y en la estación de los remansos
alguna plaga lo amenaza,
pero sé que en su materia
algo de mi ser aventura
a decir que será,
pues condición no le falta
para perdurar como tronco
incardinado al claustro de mi vida.









Todos los poemas, extraídos del poemario Escalada y otros poemas
de Vicente Cervera Salinas; Madrid, Verbum, 2010.

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