La poesía del siglo XX en Colombiapor Ramón Cote Baraibar
Visor Libros
Madrid (España), 2006
ISBN: 84-7522-766-X
436 páginas
Con el término de un siglo vienen los balances en todos los órdenes.
Al poeta colombiano Ramón Cote Baraibar le ha tocado la gran
responsabilidad de hacer el balance de la poesía de su país en el siglo
recién concluido, y el esfuerzo se ha cristalizado en este documentado
volumen que a través de más de cuatrocientas páginas ofrece una muestra
del trabajo de veintiún autores.
El recorrido de Cote Baraibar empieza con dos nombres venerables:
León de Greiff y Luis Vidales. Ambos empezaron a publicar a mediados de
los años veinte Tergiversaciones, de De Greiff, es de 1925; Suenan timbres,
de Vidales, de un año más tarde y produjeron, cada uno desde su
realidad, una obra que se apartó del modernismo y el parnasianismo
imperantes en el país, representando un primer paso hacia la poesía
contemporánea aunque prácticamente aislados en ello hasta ya entrada la
década de los cincuenta.
Una década más tarde aparece Eduardo Carranza, uno de los más
descollantes miembros del movimiento Piedra y Cielo, al que Cote
Baraibar reconoce la valentía de oponer, a las estatuas de mármol de
Guillermo Valencia entonces el gran poeta de la patria y a los temas
poéticos clásicos, la belleza exuberante del paisaje y el sentir del
trópico colombiano. Será la primera generación poética en Colombia que
volverá la vista a su entorno y hará poesía con ello, algo que la
crítica posterior habría de pasar por alto. Ganaba entonces la vida,
acota el antologista, la batalla contra la literatura, o mejor, la
experiencia y la emoción contra la lejanía de la fría inteligencia.
De esta época es también Aurelio Arturo, poeta solitario con un solitario título en su haber, Morada al sur, revestido
de un aura de contraseña secreta que terminó determinando buena parte
del desarrollo poético colombiano en la segunda mitad del siglo.
La aparición, en 1956, de la revista Mito, significó la
inserción definitiva de Colombia en el mundo, como explica Cote
Baraibar, al presentar en sus cuarenta y dos números, a la sociedad
colombiana pero en especial a su componente poético, la visión que
sobre el oficio existía más allá de las fronteras, así como las diversas
tendencias que en política, economía, sociología y filosofía empezaban a
tomar forma en el mundo. Dirigida por Jorge Gaitán Durán, Mito ofrecería
a los ojos del lector colombiano textos de Borges, Cortázar y Fuentes, y
de algunos desconocidos del patio como los jóvenes Gabriel García
Márquez y Álvaro Cepeda.
De la generación de Mito, que Cote Baraibar define con
justicia como una de las más importantes de la literatura colombiana,
la antología recoge los nombres del mismo Gaitán Durán, Fernando Charry
Lara, Eduardo Cote Lamus el ilustre padre del antologista, Álvaro
Mutis cuya entrada a la literatura fue de la mano de la poesía, Carlos
Obregón y Héctor Rojas Herazo, quienes supieron nutrirse del ambiente
propiciado por la revista y del aire fresco insuflado por la presencia
en el país de autores de otras latitudes. Es esta generación la que
recoge el testigo dejado décadas antes por los primeros nombres de la
antología.
La década del 60 será dominada por el movimiento nadaísta, que presentaba paralelismos con la generación Beat
en Estados Unidos y con varios movimientos latinoamericanos, y en el
que confluirían, entre otros, los poetas Gonzalo Arango, Jotamario
Arbeláez, Eduardo Escobar, Elmo Valencia y Jaime Jaramillo Escobar
conocido como X-504, su número de cédula, Cote Baraibar escoge a este
último, cuya obra ha perdurado con mejor suerte que la del resto, y cuyo
primer libro, Los poemas de la ofensa, encierra el germen de su poesía posterior.
Esta generación, que se anexionará para la poesía los territorios
de la cultura pop y de otras manifestaciones, dará paso una década más
tarde a la llamada generación sin nombre, de la que el libro
presenta textos de Giovanni Quessep, José Manuel Arango, Darío Jaramillo
Agudelo, María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda, así como de
otros tres poetas que influirían decisivamente en la poesía colombiana
de las últimas tres décadas: Raúl Gómez Jattin, Juan Manuel Roca y
Álvaro Rodríguez. Ironía, humor, crítica y desenfado, junto con la
incorporación de temas cotidianos como la injusticia, la muerte y la
relación del hombre con el poder, será el legado principal de esta
generación que, acota el antologista, se acerca a la poesía
estadounidense, a los antipoemas de Parra o, incluso, al ya anciano
surrealismo, al que Roca en particular dotaría de un nuevo vigor.
El recorrido termina con los nombres de Piedad Bonnett y William
Ospina, ambos nacidos en la segunda mitad del siglo, quienes empezarán a
publicar en los 80 y labrarán su obra sobre la cotidianidad o los temas
históricos. En el prólogo de la obra, Cote Baraibar reserva también una
mención especial a dos de las mayores válvulas de la poesía colombiana
contemporánea: la actividad constante de la Casa de Poesía Silva y el
siempre multitudinario Festival de Poesía de Medellín.
Nacido en Cúcuta en 1963, Cote Baraibar es licenciado en historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Ha publicado, entre otros, los poemarios Poemas para una fosa común (1984), El confuso trazado de las fundaciones (1991), Botella papel (1999) y Colección privada
(2003), un poemario que rinde tributo a su pasión por la pintura,
además de un libro de cuentos y una biografía de Goya. Ha estado desde
muy joven vinculado al mundo cultural y diplomático y ya en 1992 había
publicado, también con Visor, una reconocida antología de joven poesía
latinoamericana, Diez de ultramar.

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