Puesto que él es este silencio

por Jacques Ancet

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By Ondrej Lipar. Praga, 2011

Nota del Editor: El siguiente texto, es un Homenaje a Henri Meschonnic [1] de Jacques Ancet (Lyon 1942).  J.A.actualmente vive cerca de Annecy (Francia), consagrado a su labor de escritor y traductor. Es autor de unos cuarenta libros (poemas, novelas, ensayos) entre los cuales, de reciente publicación, Dyptique avec une ombre, Arfuyen, 2005, (Premio Charles Vildrac 2006 de la Sociedad de Gente de Letras y Heredia 2006 de la Academia Francesa), La ligne de crête, Tertium éditions, 2007, Journal de l’air, Arfuyen, 2008, L’identité obscure, Lettres vives, 2009, (Premio Apollinaire, 2009), Le silence des chiens, réed.publie.net, 2009, publie.papier, 2012, Puisqu’il est ce silence, Lettres Vives, 2010, Chronique d’un égarement, Lettres Vives, 2011, La Tendresse, réed. publie.net, 2011, publie.papier, 2012, Comme si de rien, L’Amourier, 2012, Les travaux de l’infime, Po&psy/Erès, 2012 y Ode au recommencement, Lettres Vives, 2013. Ensayista (Entrada en materia, edición de José Angel Valente, Cátedra, Madrid, 1985, Bernard Noël ou l’éclaircie, Opales, 2002, Chutes I, II, III, Alidades, 2005, La voix de la mer, publie.net, L’Amitié des voix, publie.net, 2009, Chutes IV, Alidades, 2012, Chutes V, Alidades, 2013), es además traductor de algunas de las voces mayores de la literatura hispánica tales como San Juan de la Cruz, Francisco  de Quevedo, Luis de Góngora, Ramón Gómez de la Serna, Vicente Aleixandre, Jorge Luis Borges, Luis Cernuda, Xavier Villurrutia, María Zambrano, Roberto Juarroz, José Angel Valente, Juan Gelman, Antonio Gamoneda, Alejandra Pizarnik, etc. Premio de traducción Nelly Sachs 1992 y Rhônes-Alpes del libro, 1994 y Beca de traducción del Premio Europeo de Literatura Nathan Katz 2006.
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Henri  Meschonnic era un amigo entrañable. El anuncio de su desaparición me conmovió tan profundamente que fui atravesado por un texto, en el que sus palabras se mezclaban con las mías, su vida  con la mía. Y durante el mes y medio en que estuve escribiéndolo, Henri estaba allí, en mi interior,  con todos esos retazos de recuerdos que de él volvían, y afuera, en esa primavera que él ya no podía ver, en la hierba que crecía a simple vista, en los regueros amarillos de primaveras, en la blanca explosión de los perales, en los rostros cambiantes de la montaña. Y lo que yo veía entonces, lo veía tanto a través de sus palabras, y a través de sus ojos como de los míos que vivían con toda la fuerza de su palabra, con toda su fuerza de vida. Es el inicio de esta larga elegía[2], en una traducción, que aparecerá próximamente en el grupo Siglo XXI : Editorial Salto de página, S.L., Madrid 2013, con traducción de Joséphine Cabelllo y Régulo Hernández asistidos  por el Taller de traducción literaria de La Laguna (Tenerife) creado y animado por Andrés Sánchez Robayna. J.A.

 

Prosa para Henri Meschonnic


(fragmentos)
[ Traducción de Joséphine Cabello y Régulo Hernández ]
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By Jacques Basse

no sé si
hablo o si me callo
la palabra se ha vuelto
tan silenciosa
Henri Meschonnic,
Puesto que soy este matorral


LAS COSAS SE CIERRAN. El reguero de prímulas, el morse del pinzón, el roble, el cercado, ya no dejan espacio. La montaña es un muro. El cielo llena el vacío por el que se mueve la memoria. Su luz difumina las formas. Callamos, buscamos en el silencio la voz y la risa. Sólo se oye el aire acribillado de pájaros.
Creemos que a él le habría gustado toda la belleza de este día: el gran viento de la luz y su teatro de nubes. El del tiempo que pasa, que hace algo visible con lo invisible. Creemos que él se habría quedado ahí, solo, mirando pasar el río, como cada mañana. O sentado, persiguiendo el fuego de vivir entre unas palabras que ya no reconocería. O simplemente riéndose, bajo la aureola de sus cabellos, con dos minúsculos luceros en los ojos que nunca dejarían de brillar.
Creemos que a él le habría gustado ver por la ventana un nuevo amanecer rosa y blanco y oír voces por el pasillo sin entenderlas. Creemos que una vez más le habría sonreído a la vida, que su boca habría pronunciado palabras tan leves que por un instante él habría volado con ellas. Que el tiempo se habría reunido con él, despacio, para que permaneciera ahí sin moverse. Pensamos que ya no sabemos qué pensar, que hay demasiada luz para tanta oscuridad.
En su sonrisa se ven días, noches, árboles, calles iluminadas. Se ven rostros sin rostro, gaviotas dando vueltas. Mares, granos de arena. Vemos lo que no se ve pero que está ahí en esa presencia que se percibe tan cercana. Pensamos que nos ha gustado conservarlo todo. Y que lo conservamos al pronunciar su nombre. Pensamos que así es el mundo.
No acaba de marcharse. Se le ve en esa taza levantada, en el reflejo del cristal, en las flores. Abrimos unos libros, los hojeamos. Ahí está él, en ese silencio que se oye. Pensamos que quizás se quede ahí, en los libros. Que mañana al abrirlos se oirá algo como una carcajada sin fin. Y una voz que dirá —la oiremos claramente—: No conozco nada más serio que esto.
Pensamos, sí, que ya no sabemos qué decir. Que hay demasiada luz. Los narcisos se mecen, las ramas con ese viento que, como él, no se ve, pero que sopla. Se le siente, basta con tender la mano. Pensamos que está en lo que ya no sabemos. Las palabras que vienen y van, el gesto fugaz, el rostro que retrocede. Se le ve, está quieto, siempre un poco apartado de las imágenes conservadas. Él también tiende la mano. No se sabe hacia qué.
Decía él: Es mi sombra / sin ser mi sombra / lo que veo. Ninguna sombra queda hoy para verla con él. Cae la lluvia sobre las hojas, apaga cuanto brilla. Está pálido el día, como si velara, con la taza vacía, la mano ausente. Su nombre se detuvo sobre los libros. En los ojos hay como un rostro que reconocemos. Y su voz la tenemos ahí en la boca, la oímos aunque calle.
Se aleja, huye. Sin embargo sigue aquí. Pensamos que no debemos dejarlo marchar. Su cara, su sonrisa pasan por detrás de un seto que las hojas recubren rápidamente con ternura nueva. Pensamos que es primavera, que todo vuelve a empezar, la hierba, las flores, los trinos del herrerillo. Pensamos que a él lo vuelve a empezar su palabra.
Decía él: qué felicidad estar juntos. Nos estrechaba en sus brazos. Tan fuerte que ése es el abrazo que nos ha quedado de él, aquí, en el pecho. Y su risa también, por todas partes. Y el brillo de algo que no lo abandonaba. Repetía: sí, qué felicidad. A su alrededor su pelo dibujaba un sol blanco. Todo quedaba más claro.
Esperamos. Ya sólo se ven sus ojos. Fijos en qué. Sólo se ve el vacío que los habita. Se oye una respiración que va menguando. Vemos la almohada, la mesa, los medicamentos. Por la ventana se ve un reflejo de noche sin luz. Vemos lo que ya no se ve. Ya no vemos lo que se ve.
Lo intentamos de nuevo. Al otro lado de la mirada hay un oído. Lo que se ve se oye. ¿No era eso lo que él decía? La visión en la voz, el pensamiento en la boca, ¿o qué? Vemos un silencio y, debajo, rostros, gritos —un árbol del que sale volando un pájaro negro, un prado, un bulldozer. Lo vemos, pulgarcito perdido en el bosque del tiempo sembrando a su paso las piedrecillas de sus palabras.
Decía él: las piedras sólo nos tienen a nosotros. Y las oíamos rechinar, como dientes, las veíamos erguidas con sus nombres, sus fechas, o hundidas en la hierba alta. Algunas incluso estaban tumbadas. Ofrecían un reborde para sentarse y sentirlas vivas por el calor del día. Decía él: las piedras incluso nos hacen señales / cuando ya no las entendemos. ¿Es a él a quien hoy ya no sabemos leer —o sólo sabemos hacerlo de lejos? Vemos su piedra, quisiéramos acercarnos, pero ésta retrocede. La buscamos entre tantas otras. Caminamos. Se pierden los pies por tantos pasos. No encontramos nada.
En medio de las frases, de las palabras, en la algarabía, se le oye, no hay duda. Con voz ahogada pero insistente. Dice —incluso se entiende— tengo una cita. ¿Con qué? Tendemos las manos como para recibirlo pero nada viene a llenarlas. Se ha levantado un viento ligero, el color rojo de los alhelíes vacila. Pensamos, sí, ¿con qué? El calendario ordena sus fechas: el pasado y el futuro son, en él, cifras inmóviles. Es el presente el inasible. Está en la boca como una iluminación repentina. Como esa voz que, a punto de decir adiós, murmura —se puede oír claramente—: Esto no es serio. No se le dice adiós a nada.

Publ. en Editorial Salto de página, S.L., Madrid 2013, grupo editorial Siglo XXI (voir dans le fichier ci-joint p.91).
Ver también Poemas de Henri Meschonnic


[1] A la vez poeta (uno de los más cautivantes de su generación), y traductor incomparable de la Biblia, lingüista, teórico y pensador (su obra maestra Crítica del ritmo (1982) es uno de los grandes libros de pensamiento de hoy sobre las relaciones del poema, del lenguaje, de la ética y de la política), Henri Meschonnic (1932-2009) nos ha dejado una obra inmensa, una de las más apasionantes, de las más inventivas, de las más potentes de estos últimos cincuenta años.
[2] publicada en el 2010 bajo el título de Puesto que él es este silencio por la editorial Lettres Vives y reeditado en el 2012 en Les travaux de l'infime (Po & PSY/ Erès)