VIDELA Y LAS PUERTAS DEL INFIERNO


Por Osvaldo Picardo





“El ex dictador Jorge Videla dijo que el ex nuncio apostólico Pío Laghi, el ex presidente de la Iglesia Católica de la Argentina Raúl Primatesta, y otros obispos de la Conferencia Episcopal asesoraron a su gobierno sobre la forma de manejar la situación de las personas detenidas-desaparecidas”.

La nota es de Página 12. Ahí, Horacio Verbitsky, resume la noticia en forma contundente: “la Iglesia “ofreció sus buenos oficios”, y  se “confirma el conocimiento de primera mano que esa institución tenía sobre los crímenes de la dictadura militar, como consta en los documentos secretos cuya autenticidad el Episcopado reconoció ante la justicia hace dos meses”.

Hace tiempo, unos cuatro años, el juicio a Von Wernich me llevó a replantearme el tema, desde aquella imagen que aparecía en las fotos de los diarios y en la televisión. Era el primer cura que se juzgaba por los crímenes de la dictadura.

No coincidía para nada con aquel sacerdote salesiano que me enseñaba botánica en el colegio y que se llamaba Roberto Palet. La fotosíntesis de las hojas y la simbiosis de ciertos hongos eran una metáfora extraordinaria para hablar de la gracia divina, por la que el hombre amaba a su prójimo como a sí mismo. Tampoco coincidía con aquel otro cura gallego que nos llevaba de campamento y nos explicaba el sermón de la montaña, enfatizando  aquello de “bienaventurados los que padecen persecución; porque de ellos es el reino de los cielos”. Lo llamaban Chema y para darnos mayor seguridad sobre la permanencia de la verdad en la tierra, citaba a  Mateo 16, 18,  cuando Jesús le dice a Pedro que “las puertas del infierno no prevalecerán contra mi iglesia”.  

Nada coincidía. Palet murió antes de ver que muchos de sus jóvenes alumnos desaparecieran y Chema debió escapar a su tierra quijotesca llena de poderosos Sanchos y desilusiones posmodernas. La iglesia quedaba vacante con sus santos, altares y crucifijos. La invadían curas como Von Wernich y los cómplices de la dictadura, curas sometidos al silencio y profesionales de la religión. Los demás estaban afuera, ante las puertas del infierno.

Eso era lo que emergía con Von Wernich.

            Tenía casi 70 años, pero no lo parecía… Se lo veía ingresar al tribunal de La Plata, con el clásico cuello blanco, custodiado y protegido por un chaleco antibalas. Esa imagen sola era todo un símbolo. Von Wernich era el primer cura que llegaba a juicio oral y público por su actuación en los centros de detención de la dictadura argentina.

Oía sereno, sin remordimiento ni culpa, cada uno de los casi treinta testimonios que lo acusaban de torturas, de asesinatos y de robos de recién nacidos... Respondía con la misma serenidad a las preguntas del juez y de los fiscales. Reconoció que hablaba con los detenidos y, cuando le preguntaron sobre esas charlas, el sacerdote alegó su obediencia sacerdotal al "secreto de confesión"... Pero, de repente, habló del bautismo de una niña nacida en cautiverio, Mercedes Galarza. Casi con ternura, recordó quién fue el padrino y que hasta Ramón Camps y Miguel Etchecolatz tuvieron la deferencia de asistir a la ceremonia... ¡Escalofriante!

No hay locura ni dudas sobre su conciencia. Verlo y oirlo nos arroja a los límites; sí, a las puertas del infierno. Es un dios travestido, cuya condena ya no depende de tribunal alguno, sino del hecho perverso de no asumir ni siquiera el coraje de la vergüenza y el arrepentimiento, ante el testimonio desgarrante de sus víctimas. No existe verdad detrás de su sotana, ni hay un revés en la copia de Cristo. Vemos directo al infierno y el infierno se siente victorioso...  Todo en él está vacío, es un desierto.

“Una criatura desierta” dice un poema de Primo Levi, hablando de un criminal de guerra nazi, a quien pregunta si ahora, terminada la guerra, jurará por algún dios o si se lamentará, “como al fin lo hace un hombre/ al cual la vida no le alcanzó para su arte demasiado largo,/ de tu triste tarea no cumplida, de los trece millones aún con vida?”. Y concluye deseándole no la muerte sino “que puedas vivir tanto como nadie jamás ha vivido:/ que puedas vivir insomne cinco millones de noches,/ y te visite cada noche el dolor/ de los que vieron cerrarse la puerta que impide el regreso...”

Von Wernich, y lo que él representa, despierta tanto esta emoción del poema como ese otro sentimiento de la vergüenza. Los nuevos juicios a la época de la dictadura militar no sólo vienen a hacer justicia después de largos años de postergación e impunidad, sino que reviven los estigmas de la historia y reactualizan la vergüenza de la sociedad y la iglesia argentina.

El mismo Primo Levi a quien la experiencia del Lager cambió su vida y le dio una claridad extraordinaria sobre el acto mismo de “testimoniar”, explica, con motivo del suicidio de Jean Améry (1978) y de los suicidios fuera de los campos de concentración, un especial sentimiento de vergüenza, la del que ha sobrevivido, esa que se incrusta en uno “como un gusano (y que) no se la ve desde el exterior, pero carcome”. Este sentimiento tiene un aspecto culposo y por eso hundió en el silencio a muchos, pero el acto de testimoniar, si bien no borra el sufrimiento, revierte la complicidad y la falsedad de la culpa.

Narrar el dolor es el principio de toda verdad, pero la narración y la verdad no son la misma cosa. Por eso, Levi no sólo cuidaba cada detalle de su narración sino que lo hacía sabiéndola insuficiente ante la experiencia propia y también ante una sociedad todavía incrédula, una sociedad que tenía, a poco de terminada la 2da. Guerra, la información suficiente sobre el genocidio, pero que en realidad se resistía a saber y reflexionar.

Pero no es todo. Una frase llamativa e inesperada nos hace volver sobre lo pensado: “Lo repito, no somos nosotros, los sobrevivientes, los verdaderos testigos”, aclaraba Levi en un libro de 1984, justamente él, que había dedicado el resto de su vida a contar el infierno. Lo hacía después del proceso a Eichmann en 1961 y de la publicación de centenares de textos testimoniales, en medio del famoso debate de los historiadores -el Historikerstreit- desatado en Alemania en los 80. Habermas, en un artículo ("Goldhagen y el uso público de la historia"), plantea, entonces, la resignificación de la memoria histórica como un conflicto generacional, con lo que el presente quedaría desdibujado entre "el interés público de quienes nacieron más tarde y no pueden saber cómo se habrían comportado en aquellos tiempos", y "el afán moralizador de los conciudadanos que vivieron en los años del nazismo".

Levi, ante esto, no sólo sintió la carga terrible de testimonar algo que se desvanecía en el aire con las sucesivas generaciones, sino que entendió lo “inenarrable” e inasumible del holocausto: “los que hemos sobrevivido –reconoce- somos una minoría anómala, además de exigua: somos aquellos que por sus claudicaciones, o su habilidad, o su suerte, no han tocado fondo. Quien lo ha hecho, quien ha visto a la Gorgona, no ha vuelto para contarlo, o ha vuelto mudo; son ellos, los “musulmanes”, los hundidos, los testigos integrales, aquellos cuya declaración habría podido tener un sentido general. Ellos son la regla, nosotros la excepción (...) La demolición terminada, la obra cumplida, no hay nadie que la haya contado, como no hay nadie que haya vuelto para contar su muerte. Los hundidos, aunque hubiesen tenido papel y pluma, no hubieran escrito su testimonio, porque su verdadera muerte había empezado ya antes de la muerte corporal... Nosotros hablamos por ellos, por delegación...”

La serie de testigos en el juicio a Von Wernich, así como en los demás juicios, no hablan con el estruendo del lamento o la venganza, tampoco son los “testimonios livianos” que creyó escuchar el abogado del cura. Hablan con la lengua delegada e imposible del que ya no está. El acto de testimoniar al reconocer su misma imposibilidad se vuelve poderosamente capaz de una vergüenza que dignifica la memoria y hace del presente un tiempo de justicia. En todos los testigos sobrevivientes aparece la voz de los desaparecidos. Los testigos están ahí para ocupar su propio lugar y también ese otro lugar que sin ellos estaría vacío.

            Hasta la confesión de Videla, adquiere, sin que haya voluntad de su parte, un valor testimonial en que la hipocresía cómplice de los “buenos oficios” de la curia apostólica argentina no es sino una muestra de lo que Emmanuel Levinas, hablando del nazismo, llamó “el mal elemental”: “la fuente de la barbarie sangrienta”, surgida no por una contingencia histórica o ideológica sino por la misma conciencia lógica y filosófica con que se sostuvieron los valores occidentales de los imperialismos europeos, y que es posible rastrearlos desde el Concilio de Trento, que permitió que hasta los científicos, teólogos, santos y mártires de la misma iglesia fueran perseguidos y torturados en nombre de un dios que castiga y no ama sino a los poderosos.

            No me quedan dudas de que pertenezco a otra iglesia, a una que espera y prevalece. La de Von Wernich, Primatesta y Videla está vacía. Las puertas del infierno se han cerrado detrás de ellos.  

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