Ley del nombre físico de las personas

 

 

¿Qué hay en un nombre? 





por Osvaldo Picardo


Le decíamos Titi y era el verdulero de la cuadra. Lo conocí en la época de estudiante en La Plata, en los oscuros años de la dictadura. La frutería se convertía, cerca del mediodía, en un centro de atracción cuando el hambre dictaba su clase magistral para lograr fiado una ensalada de lechuga y tomate, junto a una manzana “sin gusano, please”.
Desde ahí, Titi miraba las ventanitas que, una a una, se alineaban sobre una pared blanca de tres pisos de alto, construcción precaria que no por nada llamábamos “el palomar”. Era nuestra casa de monoambientes para estudiantes, amigas y desconocidos de siempre.


También a esa hora, la Tana del segundo se asomaba apoyando las manos en el marco de la ventana y dejando a la vista sus enormes encantos. Titi la miraba sin dejar de acomodar las zanahorias y los zapallos. Y con una voz finita, arrastrando las erres como Cortázar, advertía con una sonrisa bajo la desmechada barba: “Empieza la función”. Venía a buscarla su novio, un señor mayor, siempre vestido con traje, anteojos negros y engominado hasta el cuello. Desde el auto, el Caracol, así lo habíamos bautizado, retribuía el saludo de la noviecita y quedaba fumando con la radio encendida. Arriba, la Tana se demoraba con su compañero de estudio finalizando la larga tarea de la mañana. Sin más palabras, el amigo verdulero titulaba aquello como “el misterio del cuarto cerrado”.

Nunca más lo volví a ver. Me quedó su nombre, es decir su apodo. La magia de cuatro letras con que volví a nombrar, como un mal aprendiz de brujo, la vida de los otros y esa otra parte de la historia que es también mía.

Los nombres y los apodos juegan una partida con las cosas más absurdas y olvidadas que nos rodean; pueden ocultar y revelar tanto como cambiar y fijar para siempre el destino y la suerte de una persona. Lo vemos en la literatura. Alguien, por ejemplo, que se llame Mr. Hyde como en la novela de Stevenson, o Cándido en la de Voltaire, o Adán en la de Marechal.

Pero ¿qué extraña decisión lleva a elegir un nombre a una criatura casi antes de nacer? Llamar Brian a alguien en la época de La cautiva de Echeverría ya era una rareza, y mucho más, si hoy en día, una amiga le pone así a su hijo. Por eso me fui a consultar el listado oficial, y en la “b” no sólo encontré al héroe romántico de Echeverría sino también: Bali, Balint, Ballard, Baltar, Baltasar con sus variantes con z y h, y hasta la botánica etiqueta de Bambú. Hace unos años, corrió por todos lados un conocido y triste caso, el de un tucumano a quien sus padres pusieron el desafortunado nombre de Candelario, por haber sido bautizado en una parroquia con el nombre de ese santo. Trabajó desde muy joven como mozo y ahí aprendió cruelmente que, además, llevaba el nombre de una marca de fiambres. Así obtuvo el inevitable sobrenombre de "salamín" y durante más de 40 años, lo soportó con estoicismo hasta que harto de bromas, inició los trámites judiciales que le permitieron cambiar de nombre.

El Registro Civil y las normativas legales aseguran para la sociedad ciertas costumbres culturales y desechan otras. La ley 18.248 y sus modificaciones sobre “Nombre de las Personas Físicas” no permite libremente el cambio, salvo que lo permita una resolución judicial mediando "justos motivos". Numerosos fallos han interpretado esta norma, fijando ciertos criterios de justicia. Recién con el nuevo milenio arriban algunas flexibles excepciones y tal vez, pronto, una esperada ley de identidad de género, que devuelva la dignidad y salud a muchos de nuestros conciudadanos condenados a un nombre y un sexo que no les pertenece.

Volviendo a la literatura, que a veces puede ser origen y no copia de la realidad, unos versos de Shakespeare me parecen elocuentes. Están en boca de Julieta, cuando su amor por Romeo se debate para superar la rivalidad de Montescos y Capuletos.



"¿Qué hay en un nombre? Esto que llamamos rosa
con cualquier otro nombre olería tan dulcemente"

Romeo and Juliet (II, ii, 1-2)



Julieta reflexiona como un filósofo del lenguaje. Existe una amistad falsa entre los nombres y las cosas, aunque también advierte que existe una inexplicable atracción de opuestos bajo el dominio del amor. La pregunta implica una respuesta engañosa a partir de la primera afirmación: “sólo tu nombre es mi enemigo. Porque vos sos vos mismo, seas o no Montesco”. Ella no está enamorada de un nombre. Para ella, solamente se trata de una convención, sonidos huecos que nada significan. Pero, sin saberlo, contienen la tragedia entera.

Nombrar a alguien, cuando se lo hace desde la pasión y con el sentido que ella impone, es como tejer con un ovillo de músicas mezcladas con coros y solistas. No sólo se entrevera la historia familiar y personal con el reconocimiento y pertenencia social, sino también, con algo desconocido de uno mismo. Podría decir que todo nombre adquiere su significado después de haberlo escuchado, nunca antes. El nombre de la Tana tiene en mis oídos la voz de Titi. El de Romeo, en cambio, necesitó varios años de lecturas, acercarme a esas páginas mudas y hacer un esfuerzo de imaginación para escuchar el texto. La distancia temporal y cultural que separa al lector de Shakespeare siempre abre un vacío que sólo se llena con lo que cada uno tiene.

Con el nombre propio, sucede algo parecido. El sentido sólo comienza a sonar en el oído del propietario, con la voz de otra persona; es su espejo sonoro, el reflejo y el eco. No por nada Platón, comparaba en el Cratilo la acción de nombrar con la rudimentaria acción de tejer. Este tejido resulta muy especial, inconsútil e inexplicable, viste y, a la vez, desnuda. Nombrar algo o alguien es imitar por medio de la voz ese especial tejido que lo constituye.

Cuando he vuelto a escuchar mi voz grabada, no siempre he podido o no he querido reconocerla; en cambio, el efecto fue distinto cuando, por alguna razón, he encontrado grabada en un viejo contestador la voz de un amigo o de mi madre. Hay música en las voces del cariño. Tonos y colores que nos devuelven a otras épocas. Pero tarde o temprano, olvidamos el sonido de una voz. No hay nada que pueda hacerse.

Yourcenar, cuyo verdadero nombre no era ese, hace decir a la narradora de Con los ojos abiertos: “Me daba cuenta cada vez más de que la manera más profunda de entrar en un ser, sigue siendo escuchar su voz, comprender el canto mismo de que está hecho”.

Me pregunto ¿quién puede recordar cuándo oyó por primera vez su nombre? Debe haber sido un momento importante, tal vez mágico.

La voz de quien nos llamó por primera vez, entonces también nos dio vida.

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