El club de los Nobel: Vargas Llosa y Müller
Por Osvaldo Picardo
Las comparaciones sobre escritores abundan
en los medios y se multiplican en la web: parecen estar fabricadas de
antemano como las necrológicas. Sin llegar todavía a ese extremo, en la
Expo Guadalajara, en noviembre del 2011, se dio el caso de Herta Müller
(1953) y Mario Vargas Llosa (1936). Allí las comparaciones disimularon
las diferencias y acentuaron las semejanzas. Entre las 660 mil personas
que pasaron por esa Feria, muy pocas no se deben haber enterado de que
dos Nobel de Literatura coincidirían juntos en aquel sitio. Es más,
algún neófito lector recién entonces se enteró de quién era esa delgada
mujer que estaba al lado del ex candidato a presidente del Perú.
Con sólo repasar las crónicas de los periódicos de México,
Argentina y España, uno podía darse cuenta de que se subrayaban las
semejanzas entre Vargas Llosa y Müller, como si el premio unificara
escrituras e ideologías. Entre otras pocas notaciones anecdóticas y
cosméticas, se enfatizó que hablaron, por ejemplo, “de cómo la escritura de novelas y ficciones es un instrumento del progreso y la libertad”. Otras frases infaltables fueron: “el amor por los libros” o “la literatura es peligrosa para los totalitarismos”.
Sin embargo, la mayoría de esas palabras estuvieron en boca del
reciente marqués de Vargas Llosa y no de la filóloga suaba Herta Müller.
De ese modo, ambos fueron homologados por los mecanismos de contento y
concesión que funcionan en estos actos multitudinarios, y que hacen que
uno diga, como suyo propio, lo que el resto acostumbra escuchar. La
literatura y la poesía, aún tematizadas por el más crudo naturalismo,
pasan a un segundo plano, donde son asimiladas a la conformidad, el
sentimentalismo estéril y la banalidad. Por eso mismo, todos los
espectáculos culturales de este tipo terminan siendo tan parecidos y con
tan pocas variaciones verdaderamente significativas.
En muy contados casos, algunos periodistas hicieron notar “las
amables discrepancias” entre uno y otro escritor. Y aunque no hubo sino
un trato cordial entre ambos escritores, también hubo ciertos momentos
de tensión en las respuestas. Los dos autores debían responder, uno tras
otro, a la pregunta del español Juan Cruz Ruiz que ofició de moderador.
Recuerdo cuando abordaron la relación de la literatura y el poder. La
alemana trajo su experiencia de la dictadura de Ceausescu, bajo la cual
no podía pensar que la literatura tuviera algún sentido mientras se
perseguía, torturaba y mataba. En el aire flotaba el fantasma de Camus,
cuando Mario Vargas Llosa salió a desvanecerlo y dijo que no se podía
pensar que la literatura fuera “una especie de lujo que uno no puede
permitirse”. Y de inmediato, teorizó de la siguiente manera: “La
literatura mantiene vivo un quehacer humano que contribuye, de manera
imperecedera, a cambiar la vida para mejor. No se puede demostrar, pero
se puede decir que quienes leyeron el Quijote enriquecieron su
horizonte mental y fueron seres más capaces de percibir entre lo bueno y
lo malo de la vida política y social". Por supuesto, siguieron los
aplausos...
Tal vez, el marco contenido de la charla y las notas periodísticas de
los días subsiguientes despertaron en mí las ansias de diferenciar lo
que los demás hacían coincidir. Gestos, frases y silencios se volvieron
significativos, pero sobre todo, el esfuerzo por recordar lo leído. No
eran muchas, debo reconocerlo, las lecturas de Müller, en comparación
con la vasta y talentosa obra del peruano. Los días siguientes al
encuentro, alentado además, por el excelente reportaje que le hizo
Sabina Berman, inicié la búsqueda de sus libros y una desasosegada
lectura. Traté de distinguir entonces, por un lado, la significación
hegemonizadora del Premio Nobel que moviliza las voluntades críticas
hacia una uniformidad cultural de valores y consideraciones canónicas. Y
por otro lado, la experiencia personal del lector que asigna a cada
libro una especial carga de sentido, sobre los cientos de estratos y
detritos que de todos ellos nos van quedando. El texto leído se va
entrelazando con finas agujas, en distintos períodos; se enhebra con
anécdotas, declaraciones políticas, crítica literaria o coincidencias
inexplicables. Hay una madeja grande como un universo. Y eso lo posee
cada libro que merece y merecemos recordar.
Ante mis quejas, algunos amigos me trataron de explicar algunas
sutilezas que yo seguramente no podía sino desconocer, y que hacían de
aquel encuentro un hecho para ser considerado con toda la mejor
disposición y agrado. Por ejemplo, agregó uno de mis maestros
circunstanciales, el jurado del Nobel cuando se lo otorgaron a Müller en
el 2009, resolvió dejar de lado nuevamente a los siempre candidatos
“favoritos”, a Philip Roth, a Amos Oz y al mismo Vargas Llosa que
finalmente lo recibiría al año siguiente. Una revancha de la justicia
poética, en la que nunca creí demasiado y que Guadalajara hacía posible.
Siempre se ha debatido, detrás de los secretos obligadamente
guardados por 50 años, la existencia de una política del Nobel. Como
todo premio, expresa una universalización monopólica de la cultura,
diría Pierre Bourdieu. Es decir, se produce un intercambio simbólico por
el cual la institución que premia y el premiado son legitimados como
tales, pero ese intercambio se hace sobre un enorme porcentaje de
desposeídos y marginados. Visto de ese modo, por más pura que quiera ser
la institución, entran en juego, entre otras cosas, las voluntades y el
poder. En la Academia Sueca se observa, en el último medio siglo, una
fuerte voluntad a la vindicación de la Europa central y oriental,
castigada por el nazismo y emparedada por el comunismo. Desde 1958, con
Boris Pasternak y su forzosa renuncia, el Nobel fue en 15 ocasiones
otorgado a escritores de Europa central u oriental, con una historia a
la espalda de persecución, disidencia y exilio. Recuerdo a Alexander
Solzhenitsin, a Czeslaw Milosz, a Joseph Brodsky y también a Nelly
Sachs, Isaac Bashevis Singer, Elias Canetti y hace poco Imre Kertész.
Pero también en Latinoamérica, en una suerte de espejo distorsionante
y eurocéntrico, se ha tratado de ver la misma imagen en los populismos
democráticos y en las dictaduras tropicales. Ante estos argumentos
insidiosos de mi parte, uno de mis maestros circunstanciales objetó que
también le dieron el premio a Sartre (que lo rechazó voluntariamente), a
Neruda, a Gabriel García Márquez, a Saramago... Es cierto, pero esos
casos no hacen sino confirmar la tendencia que llevó históricamente el
Premio, con las propias contradicciones y debates en el seno interno de
la Academia Sueca. En ese sentido es muy revelador el libro de memorias
de Lars Gyllensten, uno de los tres miembros de la Academia que en
1988, renunció escandalosamente cuando no le dieron el premio a Salman
Rushdie.
Cuando el moderador Juan Cruz señaló que Müller y Vargas Llosa
procedían de territorios muy distintos pero con muchas cosas en común,
no estaba lejos del imaginario eurocéntrico de la Academia Sueca y, como
excelente periodista, sabía con holgura vidas y obras, para entender
que las diferencias corrían por otro lado: la escritura. ¿Qué hacer con
eso? Era difícil hablar en público de la escritura, porque ella
pertenece al ámbito solitario y particular, y sólo es compartida cuando
está cumplidamente editada y publicada. Por lo tanto, resta el
sobreentendido de que todos han leído todo y que lo que no se conoce es
“lo otro”: los recuerdos de infancia, la crueldad política y “el amor
por los libros”.
En esta territorialidad del espectáculo y los medios, funcionan
aceitadamente los imaginarios y los monopolios culturales que
hegemonizan la charla y el debate. Solamente un esfuerzo del adormilado
placer estético puede eyacularnos a otras zonas donde vuelven a aparecer
las singularidades entre una y otra escritura, entre una y otra
literatura.
En los mencionados casos de los dos Nobel, las diferencias y
singularidades las veo en cómo cada uno va construyendo su propio
espejo, tanto en la escritura como en la figuración pública. Hay un
refrán alemán que dice “el diablo está detrás del espejo” y equivale al
tabú de la percepción de sí mismo inventada para someterse o rebelarse
contra la imposición de una identidad colectiva y de las ideas
represivas de dominio. La narración de esa mirada poética es un cruel
placer en la escritura de Müller. En cambio, Vargas Llosa, ha construido
una imagen autorreflexiva —más autoficcional en lo político que en lo
literario—, que se inscribe en la complejidad colonial y mestiza de
Latinoamérica y de, alguna forma, cercana a esa dualidad norteamericana
al estilo de Henry James con respecto a Europa. Tal vez, esto mismo lo
haya llevado a ampliar su geografía y su visión narrativa desde el
Zabalita de Conversación en la catedral, hasta el Roger Casement de El sueño del celta.
También, es posible que un igual impulso lo convenció de romper con
Cuba en 1971 y, luego, de apoyar la intervención militar en Iraq o la
firmeza del presidente George W. Bush en la lucha contra el terrorismo
internacional...
Tanto en uno como en el otro, el estilo siempre debió ceder a la
necesidad de reducción y simplificación de un lector ideal. Pero nunca
se igualaron en sus formas, aunque tuvieran simbologías y referencias
que se tocaran mutuamente. Por ejemplo, tengo presente la figura de “el
dictador”, que llega a ser el modelo del ejercicio del poder brutal e
inhumano. La diferencia de las distintas experiencias históricas y
narrativas, sin embargo, le otorgan a Müller la autoridad —discutible o
no— de constatar y hasta de exagerar peligros hasta en la cultura
democrática del presente europeo y latinoamericano. Así es como llega a
lamentar que García Márquez siga apoyando la dictadura de Castro, o de
que Chaves parezca Ceausescu.
Existe además, una relación diversa y muy personal con el idioma en
uno y otro caso. Müller, rumana, habla el alemán de una minoría suaba en
el Banato que antes pertenecía al imperio Austro Húngaro y del que da
cuenta El Danubio de Claudio Magris. Su alemán no es el alemán
del país del exilio, ni es el rumano del país de su infancia. Su lengua
es un problema sin resolución que produce poesía como en el caso de Paul
Celan, por ejemplo. Su traductor para Siruela es otro peruano, Juan
José del Solar, y señaló con gran acierto que “no es una autora fácil de
traducir, su estilo se caracteriza por las frases breves, elípticas, de
gran poder evocador, que hacen de ella una excelente miniaturista”.
Müller escapa de una esquematización de los conflictos, busca un
registro poético en el que la palabra se anticipa al lenguaje, y las
cosas a los hechos.
Vargas Llosa no tiene este problema. El castellano del Perú o el de
España se asimilan sin dificultad en la cultura del mestizaje, aún
imitando el coloquialismo y la oralidad propia de los adolescentes de un
colegio militar o la singularidad americana de Zabalita. Como dijo
tantas veces el Premio Nobel, "debemos sentirnos orgullosos y reconocer
que es un gran privilegio pertenecer al mundo de la lengua española".
La vastísima obra del peruano, con un talento memorable y
voluntarioso, me llegó en la adolescencia de la mano del secundario con
el cuento Los cachorros. El entusiasmo y la conmoción que a esa
edad despertó no cedieron hasta el presente, a pesar de la bronca que
me han dado muchas de sus declaraciones y operaciones políticas.
Algo parecido a Borges, sin llegar a la contundencia de su poesía o de la inteligencia del argentino.
Aunque el Nobel no se lo dieran sino a él...
Osvaldo Picardo: Escritor, docente y director de la
Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata (EUDEM). Su último
libro de poemas fue Pasiones de la línea, Ed. En Danza

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