Marcel Schwob-Pascal Quignard-Jorge L. Borges

(Marcel Schwob-Pascal Quignard-Jorge L. Borges)
                                Selección Héctor J. Freire

En lo que respecta a los individuos, la ciencia histórica nos llena de incertidumbres. Sólo nos revela aquellos puntos por los cuales estaban vinculados a las acciones generales…El arte se opone a las ideas generales; describe lo individual, desea lo único. No clasifica; desclasifica.
                                                      Marcel Schwob


LUCRECIO
POETA

Lucrecio pertenecía a una gran familia que se ha­bía retirado lejos de la vida civil. Sus primeros días recibieron la sombra del pórtico oscuro de una alta casa erigida en la montaña. El atrio era severo y los esclavos mudos. Desde la infancia lo rodeó el despre­cio por la política y los hombres. El noble Memmio, que tenía su misma edad, se sometió, en el bosque, a los juegos que Lucrecio le impuso. Juntos se mara­villaron ante las rugosidades de los viejos árboles y atisbaron el temblor de las hojas bajo el sol, como* un verde velo de luz manchada de oro. Observaron a menudo el lomo estriado de los cerdos salvajes que hozaban el suelo. Pasaron junto a zumbantes cohe­tes de abejas y movedizas bandas de hormigas en marcha. Y un día, al salir de un bosquecillo, llegaron a un claro rodeado de viejos alcornoques, plantados tan cerca unos de otros, que su círculo formaba en el cielo un pozo de azul. El reposo de este asilo era infinito. Parecía que estuvieran en un camino ancho y claro que los condujera hacia lo alto del aire divino. Lucrecio se sintió conmovido por la bendición de los espacios tranquilos.
Con Memmio dejó el templo sereno del bosque para ir a Roma para estudiar elocuencia. El viejo caballe­ro que gobernaba la alta casa le impuso un profesor de griego y lo conminó a que no regresara hasta no haber dominado el arte de despreciar las acciones hu­manas. Lucrecio no volvió a verlo más. El caballero murió solitario, execrando el tumulto de la sociedad. Cuando regresó Lucrecio a la alta casa vacía, traía al entrar en el atrio severo, ante los esclavos mudos, a una africana bella, bárbara y malvada. Memmio ha­bía vuelto a la casa de sus padres: Lucrecio había visto las sanguinarias facciones, las guerras de parti­dos y la corrupción política. Y se había enamorado.
Desde el principio su vida transcurrió encantada. La mujer africana apoyaba las masas redondas de


su cabellera contra los tapices de las paredes. Todo su cuerpo se entregaba al reposo de los lechos. Ro­deaba con sus brazos cargados de esmeraldas traslucid das las cráteras llenas de vino espumoso. Tenía una extraña manera de levantar un dedo y mover la ca­beza. Sus sonrisas procedían de una fuente profunda y tenebrosa como los ríos de África. En vez de hilar la lana, la desmenuzaba pacientemente en pequeños vellones que volaban a su alrededor.
Lucrecio deseaba ardientemente fundirse con ese hermoso cuerpo. Apretaba sus pechos metálicos y pe­gaba su boca a esos labios de un color violeta oscuro. Las palabras de amor pasaron del uno al otro, entre suspiros y risas, hasta que se gastaron. Tocaron el velo flexible y opaco que separa a los amantes. Su voluptuosidad tuvo más furor y deseó cambiar de persona. Llegó hasta el extremo agudo en que se ex­pande alrededor de la carne sin penetrar las extrañas. La africana se acurrucó en su corazón de extranjera. Lucrecio se desesperó al no poder hacer el amor. La mujer se volvió altiva, sombría y silenciosa, semejan­te al atrio y a los esclavos. Lucrecio paseó por la sa­la de los libros.
Allí desplegó el rollo en el que un escriba copió el tratado de Epicuro.
Comprendió enseguida la variedad de las cosas de este mundo y la inutilidad de esforzarse por las ideas. El universo le pareció semejante a los pequeños ve­llones que la africana esparcía por las salas. Los en­jambres de abejas y las columnas de hormigas y el tejido movedizo de las hojas fueron para él un con­junto de conjuntos de átomos. Y sintió en todo su cuerpo un pueblo invisible y discorde, ávido de sepa­rarse. Y las miradas le parecieron rayos más sutil­mente carnales, y la imagen de la hermosa bárbara, un mosaico agradable y colorido, y sintió que el fin del movimiento de esta infinitud era triste y vano. Así como las ensangrentadas facciones de Roma, con su tropel de clientes armados e insultantes, contem­pló el torbellino de las manadas de átomos, teñidos en una misma sangre, disputándose una oscura suprema­cía. Y vio que la disolución de la muerte sólo era la liberación de esta turbulenta turba que se precipita hacia mil otros movimientos inútiles.
 Así pues instruido por el rollo de papiro, en que las palagras griegas estaban tejidas unas con otras como los átomos del mundo, salió Lucrecio hacia el bosque por el pórtico negro de la alta casa de sus antepasados. Y vio el lomo de los cerdos estriados, que seguían con el hocico dirigido hacia la tierra. Lue­go, al atravesar el bosquecillo, se encontró de pronto en medio del sereno templo del bosque, y sus ojos se sumergieron en el pozo del cielo. Fue allí donde ubicó su reposo.
Desde allí contempló la hormigueante inmensidad del universo: todas las piedras, todas las plantas, to­dos los árboles, todos los animales, todos los hom­bres, con sus colores, sus pasiones, sus instrumentos, y la historia de esas cosas diversas, y su nacimiento, y sus enfermedades, y su muerte. Y entre la muerte total y necesaria, percibió claramente la muerte única de la africana, y lloró.
Sabía que las lágrimas provienen de un movimien­to particular de las pequeñas glándulas que se hallan bajo los párpados, y que las agita una procesión de átomos que sale del corazón, cuando el propio cora­zón ha sido conmovido por la sucesión de imágenes coloreadas que se desprenden del cuerpo de una mu­jer amada. Sabía que la causa del amor es la expansión de los átomos que desean unirse a otros átomos. Sa­bía que la tristeza que causa el amor es la peor de las ilusiones terrestres, puesto que la muerta había cesado de ser .desdichada y de sufrir, mientras que aquel que la lloraba se afligía de sus propios males y pensaba tenebrosamente en su propia muerte. Sabía que no queda de nosotros ningún doble simulacro pa­ra verter lágrimas sobre su propio cadáver tendido a sus pies. Pero conociendo exactamente la tristeza y el amor y la muerte, y que son vanas imágenes cuan­do se las contempla desde el espacio calmo donde hay que encerrarse, Lucrecio siguió llorando, y deseando el amor, y temiendo la muerte.
De ahí que al volver a la alta y sombría casa de sus antepasados, se acercó a la bella africana, que cocía


un brebaje en una olla, sobre un brasero. Pues también ella había estado pensando por su cuenta, y s pensamientos se habían remontado a la fuente misteriosa de su sonrisa. Lucrecio observó el brebaje que estaba hirviendo. Se despejó poco a poco y adquirí el aspecto de un cielo turbio y verde. Y la bella africana movió la cabeza y levantó un dedo. Entone Lucrecio bebió el filtro. Enseguida perdió la razón olvidó todas las palabras griegas contenidas en el ro­llo de papiro. Y por primera vez, al haberse vuelto loco, conoció el amor. Y esa noche, al haber sido en­venenado, conoció la muerte.

                                   MARCEL SCHOB

                             (De Vidas Imaginarias)


El gladiador
                              Gladiator

Un rico y un pobre eran enemigo irreconciliables. Sus dos hijos se amaban profundamente, ocultándolo a quienes los ha­bían engendrado. Durante un viaje a Atenas, al terminar sus estudios, el hijo del rico es raptado por los piratas. Estos lo obli­gan a escribir a su padre y fijan el monto del rescate. Aunque rico, el padre vacila y reúne la suma muy lentamente. Al saber por los esclavos de la falta de diligencia del padre de su amigo, el hijo del pobre parte de inmediato. Descubre que éste ya ha sido vendido por los piratas a un maestro de esgrima que lo alimen­ta, lo entrena, lo depila, le enseña a desplazarse, a esquivar, a soportar las crueldades. Se apura, llega a la ciudad en donde su amigo se apresta a entablar combate como gladiador: lo en­cuentra delgado, deprimido, sin fuerzas. Se ofrece a tomar su lugar, se desnuda y se muestra ante el maestro de esgrima. El maestro acepta el intercambio. Él muere en el combate, entre el aceite y la sangre, ante los aplausos de la muchedumbre, gritán­dole a su amigo rico -mientras éste aplaude con frenesí la belle­za de la escena de su muerte- que le encomienda su padre, supli­cándole que lo alimente en su vejez, cuando las penurias y la debilidad adelgazasen sus piernas y vuelvan topes su desplaza­miento.
De regreso a su ciudad natal, el hijo del rico alimenta y viste y mantiene abiertamente al padre de su amigo. Su propio padre lo expulsa y lo abdica de todos sus derechos.
-La división de nuestras familias nos unió desde los balbu­ceos de la infancia. El cruzó un mar para tomar mi lugar en la muerte. El sonido de las trompetas era tan funesto como estri­dente. La sangre de los combates anteriores y el grito de las fieras aún mancillaban la Arena. El sol estaba en lo alto. Ya se escuchaba gemir y el pueblo respondía con murmullos pidiendo que lo divirtieran. El alzó la visera para darme el último beso. Entra en la Arena.

                        **
                             
El náufrago pobre
                         Pauper naufragus

En la isla de Feacia, tres veces un rico pide a un pobre la mano de su hija. Tres veces el pobre se la niega, y finalmente se embarca con ella. El navio naufraga. La corriente, la suerte, el viento y el azar empujan los restos del navio y los cuerpos de los náufragos sobre una playa propiedad del rico. Chorrean agua. Se incorporan, desnudos sobre la arena.
Erat in summis montium jugis ardua divitis specula: illic iste naufragiorum reliquias computabat. (En la cima de la monta­ña, el rico tenía un observatorio de una altura prodigiosa: esti­maba desde allí el valor de los barcos que naufragaban y se enriquecía.) Viendo a esos dos suplicantes desnudos sobre la are­na, se apresuró, avanzó a grandes pasos sobre la arena, pidió al pobre la mano de su hija que se mantenía púdicamente a su lado: las dos manos cubriendo los senos, las piernas apretadas una contra otra.
Pauper tacuit et flevit. (El pobre no contestó nada y se puso a llorar.) El rico toma la mano de la joven de la mano del pobre y la hace su esposa. Ella está desnuda: la hace avanzar delante de él. La somete bajo los saúcos, mientras ella grita. El pobre regresa a su casa. Se cubre con los harapos de una vieja toga, va en busca de los magistrados de la ciudad y les pide que ejecuten su decisión.
En el relato de Albucius, el pobre exclamaba:
-Ut litus agnovi, naufragus in altum natavi. (Aun náufrago, apenas reconocí la orilla nadé hacia alta mar.)
También decía:
-No he sido víctima de un naufragio. Fui víctima de una orilla.
El final del relato ha sido inmensamente elogiado: Interrogor de nuptiis filiae, cum adhuc pulsaret aures meas fluctus. (Con el mar aún batiendo en mis oídos, escucho que me piden la mano de mi hija. Yo lloraba.) Lacrimae coacti dolores intra praecordia et intolerabilis silentii eruptio. (Las lágrimas son la brusca ex­plosión de un dolor escondido en el fondo del corazón y la brecha de un silencio que ya no se tiene la fuerza de conservar.)

                              PASCAL QUIGNARD

                                (De Albucius)



EL PROFETA VELADO

El historiador oficial de los Abbasidas narra sin mayor entusiasmo los progresos de Hákim el Velado en el Jorasán. Esa provincia -muy con­movida por la desventura y crucifixión de su más famoso caudillo-abrazó con desesperado fervor la doctrina de la Cara Resplandeciente, y le tributó su sangre y su oro. (Hákim, ya entonces, descartó su efigie bru­tal por un cuádruple velo de seda blanca recamado de piedras. El color emblemático de los Banú Abbás era negro; Hákim eligió el color blanco -el más contradictorio- para el Velo Resguardador, los pendones y los turbantes.) La campaña se inició bien. Es verdad que en el Libro de la pre­cisión las banderas del Jalifa son en todo lugar victoriosas, pero como el resultado más frecuente de esas victorias es la destitución de generales y el abandono de castillos inexpugnables, el avisado lector sabe a qué ate­nerse. A fines de la luna de rejeb del año 161, la famosa ciudad de Nisha-pur abrió sus puertas de metal al Enmascarado; a principio del 162, la de Astarabad. La actuación militar de Hákim (como la de otro más afortu­nado Profeta) se reducía a la plegaria en voz de tenor, pero elevada a la Di­vinidad desde el lomo de un camello rojizo, en el corazón agitado de las batallas. A su alrededor silbaban las flechas, sin que lo hirieran nunca. Pa­recía buscar el peligro: la noche que unos detestados leprosos rondaron su palacio, les ordenó comparecer, los besó y les entregó plata y oro.
Delegaba las fatigas de gobernar en seis o siete adeptos. Era estudioso de la meditación y la paz: un harem de 114 mujeres ciegas trataba de aplacar las necesidades de su cuerpo divino.


                            JORGE LUIS BORGES

           (De Historia Universal de la Infamia)