Pier Paolo Pasolini / Desarrollo y progreso




Traducción de Esteban Nicotra 


Existen dos palabras que retornan frecuentemente en nuestros discursos: mejor dicho, son las palabras clave de nuestros discursos. Estas dos palabras son “desarrollo” y “progreso”. ¿Son dos sinónimos? O, si no son dos sinónimos, ¿indican dos momentos diversos de un mismo fenómeno? O, más bien, ¿señalan dos fenómenos distintos que, sin embargo, se integran necesariamente entre sí? O, incluso, ¿indican dos fenómenos sólo parcialmente análogos y sincrónicos? Finalmente, ¿indican dos fenómenos “opuestos” entre sí, que sólo aparentemente coinciden o se integran? Es absolutamente necesario aclarar el sentido de estas dos palabras y sus relaciones si queremos entendernos en una discusión que involucra muy de cerca nuestra vida cotidiana y física. Veamos: la palabra “desarrollo” tiene hoy una red de referencias que corresponden a un contexto indudablemente de “derecha”. En efecto ¿quiénes quieren el “desarrollo”? Es decir, ¿quiénes lo quieren no en abstracto e idealmente, sino en concreto y por razones de inmediato interés económico? Es evidente: quienes quieren el “desarrollo” en tal sentido son quienes producen; es decir, los industriales. Y, dado que el “desarrollo”, en Italia, es este desarrollo, son en especial los industriales que producen bienes superfluos. La tecnología (la aplicación de la ciencia) ha creado la posibilidad de una industrialización prácticamente ilimitada, y cuyas características son ya en concreto transnacionales. Los consumidores de bienes superfluos, están por su parte, irracionalmente e inconscientemente de acuerdo en querer el “desarrollo” (este “desarrollo”). Para ellos significa promoción social y liberación, con la consiguiente abjuración de los valores culturales que les habían brindado los modelos de “pobres”, de “trabajadores”, de “ahorradores”, de “soldados”, de “creyentes”. La “masa” está, por lo tanto, con el “desarrollo”: pero vive esta nueva ideología sólo existencialmente, y existencialmente, es portadora de los nuevos valores del consumo. Esto no quita que su elección sea decisiva, triunfalista y encarnizada. ¿Quiénes, en cambio, quieren el “progreso”? Lo quieren aquellos que no tienen inmediatos intereses que satisfacer, justamente, a través del “progreso”: lo quieren los obreros, los campesinos, los intelectuales de izquierda. Lo quiere quien trabaja y quien es consecuentemente explotado. Cuando digo “lo quiere” lo digo en un sentido auténtico y total (puede existir también algún “productor” que quiere, más allá de todo, y quizás sinceramente, el progreso: pero su caso es una excepción). El “progreso” es, por consiguiente, una noción ideal (social y política), mientras que el “desarrollo” es un hecho pragmático y económico. Es esta disociación que hoy requiere una “sincronía” entre “desarrollo” y “progreso”, dado que no es concebible (por lo que parece) un verdadero progreso si no se crean las premisas económicas necesarias para realizarlo. ¿Cuál fue la palabra de orden de Lenin apenas triunfó la Revolución? Fue una palabra de orden que convocaba al inmediato y grandioso “desarrollo” de un país subdesarrollado. Soviet e industria eléctrica… Vencida la gran lucha de clase por el “progreso” entonces era necesario vencer una lucha, quizás más gris pero no menos grandiosa, por el “desarrollo”. Sin embargo, quisiera agregar –no sin cierta vacilación– que esta no es una condición obligatoria para aplicar el marxismo revolucionario y realizar una sociedad comunista. La industria y la industrialización total no la han inventado ni Marx ni Lenin: la ha inventada la burguesía. Industrializar un país comunista campesino significa entrar en competencia con los países burgueses ya industrializados. Es lo que, en especial, ha hecho Stalin. Y además no tenía otra opción. Por lo tanto: la Derecha quiere el “desarrollo” (por la simple razón que lo realiza); la Izquierda quiere el “progreso”. Pero en el caso de que la Izquierda venza la lucha por el poder, entonces también ella quiere –para poder realmente progresar social y políticamente– el “desarrollo”. Un “desarrollo”, sin embargo, cuya figura se ha ya formado y fijado en el contexto de la industrialización burguesa. Sin embargo aquí en Italia, el caso es históricamente diverso. No se ha vencido ninguna revolución. Aquí la Izquierda que quiere el “progreso”, en el caso que acepte el “desarrollo”, debe aceptar justamente este “desarrollo”: el desarrollo de la expansión económica y tecnológica burguesa. ¿Es esta una contradicción? ¿Es una elección que propone un caso de conciencia? Probablemente sí. Pero se trata como mínimo de un problema a plantear claramente: es decir, sin confundir nunca, ni por un solo instante, la idea de “progreso” con la realidad de este “desarrollo”. Por lo que respecta a la base de las Izquierdas (digamos la base electoral, en cuanto al orden de los millones de habitantes), la situación es ésta: un trabajador vive en la conciencia la ideología marxista, y por consiguiente, entre otros de sus valores, vive en la conciencia la idea de “progreso”; mientras que, contemporáneamente, vive en la existencia, la ideología consumista, y por lo tanto, a fortiori, los valores del “desarrollo”. El trabajador está, por consiguiente, disociado. Pero no es el único que lo está. También el poder burgués clásico está en este momento completamente disociado: para nosotros italianos ese poder burgués clásico (es decir, prácticamente fascista) es la Democracia cristiana. En este punto quiero abandonar la terminología que yo (¡artista!) uso un poco aproximativamente y descender hacia una vívida ejemplificación. La disociación que hoy divide en dos al ya viejo poder clérigo-fascista, puede ser representado por dos símbolos opuestos y, precisamente, inconciliables: “Jesús” (en especial el Jesús del Vaticano) por una parte, y los “blue-jeans Jesús” por la otra. Dos formas de poder una frente a la otra: de un lado la gran multitud de curas, soldados, biempensantes y de sicarios; por el otro, los “industriales” productores de bienes superfluos y las grandes masas consumidoras, laicas y, tal vez idiotamente, irreligiosas. Entre el “Jesús” del Vaticano y el “Jesús” de los blue-jeans, hay una lucha. En el Vaticano –cuando apareció este producto y sus carteles plublicitarios– se levantaron grandes lamentos. Grandes lamentos a los cuales solía seguir generalmente la acción de la mano secular que se encargaba de eliminar a los enemigos que la Iglesia tal vez no nombraba, limitándose precisamente a los lamentos. Pero esta vez a los lamentos no ha seguido nada. La longa manus ha quedado inexplicablemente inerte. Italia ha sido tapizada de carteles que representan traseros con el slogan: “quien me ama, me siga” y vestidos, precisamente, con los blue-jeans “Jesús”. El Jesús del Vaticano ha perdido. Ahora el poder demócrata-cristiano clérigo-fascista se encuentra desgarrado entre estos dos “Jesús”: la vieja forma de poder y la nueva realidad del poder…

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