Pier Paolo Pasolini / El Poder sin rostro 


Traducción de Esteban Nicotra


¿Qué es la cultura de una nación? Comúnmente se cree, incluso por parte de personas cultas, que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etc., es decir, que es la cultura de la intelligentsia. Pero no es así. Y ni siquiera es la cultura de la clase dominante que, en efecto, a través de la lucha de clase busca imponerla al menos formalmente. No es, finalmente, ni siquiera la cultura de la clase dominada, es decir, la cultura popular de los obreros y campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clase, es el promedio de las mismas. Y por lo tanto, sería abstracta si no fuese reconocible –o, mejor dicho, visible– en la vida cotidiana, en la existencia, y si no tuviera, por lo tanto, una dimensión práctica. Durante muchos siglos en Italia estas culturas se podían distinguir, aunque estuvieran históricamente unificadas. Hoy –casi de golpe, por una especie de Advenimiento– diferenciación y unificación histórica han cedido el lugar a la homologación que realiza, casi milagrosamente, el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué se debe esta homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.
Escribo “Poder” con la P mayúscula –hecho que Maurizio Ferrara tacha de irracionalismo en L’Unità (12/6/1974)– sólo porque sinceramente no sé en qué consista este nuevo Poder y quién lo represente. Sólo sé que existe. Ya no lo reconozco ni en el Vaticano, ni en los Jefes democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. No lo reconozco más ni siquiera en la gran industria, porque ésta ya no está constituida por un cierto número limitado de grandes industriales: para mí, al menos, se presenta más bien como una totalidad (industrialización total) y, aún más, como una totalidad no italiana (transnacional).
Conozco también –porque las veo y las vivo– algunas características de este nuevo Poder todavía sin rostro: por ejemplo, su rechazo del viejo “sanfedismo” y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar a la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar campesinos y subproletarios en pequeños burgueses, y, sobre todo, su manía cósmica, por llamarla de algún modo, de llevar a cabo hasta las últimas consecuencias el “Desarrollo”: producir y consumir.
El identikit de este rostro todavía en blanco del nuevo Poder le atribuye vagamente al mismo algunos rasgos “modernos”, gracias a la tolerancia y a una ideología hedonista perfectamente autosuficiente, pero también rasgos feroces y sustancialmente represivos. La tolerancia es en efecto falsa, porque en realidad ningún hombre ha sido nunca tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, esconde evidentemente una despiadada voluntad de preordenar todo lo que la historia nunca antes había conocido. Por lo tanto este nuevo Poder todavía no representado por nadie, y debido a una “mutación” de la clase dominante, en realidad es –si quisiéramos conservar la vieja terminología– una forma “total” de fascismo. Pero este Poder también ha “homologado” culturalmente a Italia, se trata por lo tanto de una homologación represiva, si bien se ha logrado por medio de la imposición del hedonismo y de la joie de vivre. La estrategia de la tensión es un indicio, aunque sustancialmente anacrónico, de todo esto.
Maurizio Ferrara, en el artículo citado (como también, por otra parte, Ferrarotti, en Paese Sera (14/6/1974)), me acusa de esteticismo. Y con esto tiende a excluirme, a recluirme. Está bien, mi visión puede ser la de un “artista”, es decir, como quiere la buena burguesía, la de un loco. Pero el hecho, por ejemplo, de que dos representantes del viejo Poder (que sirven ahora en realidad, sin embargo, aunque como interlocutores, al nuevo Poder) se hayan chantajeado mutuamente a propósito de las financiaciones a los Partidos y por el caso Montesi, puede ser también una razón para hacer enloquecer; es decir, desacreditar de tal modo a una clase dirigente y a una sociedad ante los ojos de un hombre que le hagan perder el sentido de la oportunidad y de los límites, haciéndolo caer en un verdadero estado de “anomia”. Por otro lado, debemos decir que la visión de los locos hay que considerarla seriamente, a menos que se quiera ser progresista en todo salvo con respecto al problema de los locos, limitándose cómodamente a removerlos.
Hay ciertos locos que miran las caras de la gente y su comportamiento. Pero no porque sean epígonos del positivismo lombrosiano (como burdamente insinúa Ferrara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos; y que los códigos producen el comportamiento; que el comportamiento es un lenguaje; y que en un momento histórico en el que el lenguaje verbal es totalmente convencional y esterilizado (tecnificado) el lenguaje del comportamiento (físico y mímico) asume una importancia decisiva.
Pero volviendo al inicio de nuestro discurso, me parece que existen buenas razones como para sostener que la cultura de una nación (en este caso de Italia) se expresa hoy, sobre todo, a través del lenguaje del comportamiento, o lenguaje físico, y además de un cierto porcentaje –completamente convencionalizado y extremadamente pobre– de lenguaje verbal.
Es en tal nivel de comunicación lingüística que se manifiestan: a) la mutación antropológica de los italianos; b) su completa homologación a un único modelo.
Por lo tanto, decidir dejarse crecer los cabellos hasta la espalda, o cortarse los cabellos y dejarse crecer el bigote (como una reminiscencia de principios de siglo); decidir ponerse una vincha en la cabeza o bien hundirse una gorra hasta los ojos; decidir si soñar con una Ferrari o una Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de algunos best-sellers; vestirse con pantalones y remeras ostentosamente a la moda; tener relaciones obsesivas con muchachas a las que se lleva al lado decorativamente, pero, al mismo tiempo, con la pretensión de que sean “libres”, etc. etc.: todos estos son actos culturales.
Hoy, todos los italianos jóvenes realizan estos actos idénticos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables. Sería una cosa vieja como el mundo, si estuviera limitada a una clase social, a una categoría, pero el caso es que estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, ya nadie podrá distinguir, por su cuerpo, un obrero de un estudiante, un fascista de un antifascista, hecho que era todavía posible en 1968.
Los problemas de un intelectual perteneciente a la intelligentsia son distintos de los de un partido y de un hombre político, aún si quizás la ideología es la misma. Quisiera que mis actuales opositores de izquierda comprendieran que yo soy capaz de darme cuenta de que, en el caso de que el Desarrollo se estancara y se produjera una recesión, si los Partidos de Izquierda no apoyaran el Poder vigente, Italia sencillamente se disgregaría. En cambio, si el Desarrollo continuara así como ha comenzado, sería indudablemente realista el llamado “compromiso histórico”, único modo de tratar de corregir este Desarrollo, en el sentido señalado por Berlinguer en su informe al Comité Central del partido comunista (cfr. L’Unità, 4/6/1974) Sin embargo, como a Maurizio Ferrara no le importan las “caras”, a mí no me compete esta maniobra política. Aún más, yo tengo, al menos, el deber de ejercitar mi crítica sobre ella, de un modo quijotesco e incluso extremista. ¿Cuáles son entonces mis problemas?
He aquí uno. En el artículo que ha suscitado esta polémica (Corriere della Sera, 10/6/1974) yo decía que los responsables reales de las masacres de Milán y Brescia son el gobierno y la policía italiana: porque si el gobierno y la policía hubieran querido, tales masacres no hubieran ocurrido. Es un lugar común. Y bien, a este punto me haré tomar totalmente el pelo diciendo que los responsables de estas masacres somos también nosotros, los progresistas, antifascistas, hombres de izquierda. En efecto, en todos estos años no hemos hecho nada:
1) para que hablar de “Masacre de Estado” no se convirtiera en un lugar común, y todo quedara ahí;
2) (y lo más grave aún) no hemos hecho nada para que los fascistas no existan. Los hemos sólo condenado calmando nuestra conciencia con nuestra indignación; y mientras más fuerte y petulante era la indignación, más tranquila quedaba la conciencia.
En realidad nos hemos comportado con los fascistas (hablo sobre todo de aquellos jóvenes) de un modo racista. Es decir, hemos apresuradamente y despiadadamente querido creer que ellos estuvieran predestinados racistamente a ser fascistas, y frente a esta decisión de su destino no hubiera nada que hacer. Y no nos engañemos, todos sabíamos, en nuestra íntima conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía ser fascista era un hecho puramente casual, nada más que un gesto, inmotivado e irracional, y hubiera bastado quizás una sola palabra para que eso no ocurriera. Pero ninguno de nosotros ha hablado jamás con ellos y a ellos. Los hemos aceptado inmediatamente como representantes inevitables del Mal. Y quizás eran adolescentes, adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y se habían lanzado de cabeza en esa aventura horrible por pura desesperación.
Pero no podíamos distinguirlos de los otros (no digo de los otros extremistas, sino de todos los otros). Esta es nuestra espantosa justificación.
Padre Zósima (¡literatura por literatura!) ha sabido distinguir inmediatamente, entre todos aquellos que se habían reunido en su celda, a Dimitri Karamazov, el parricida. Entonces se ha levantado de su silloncito y ha ido a prosternarse frente a él. Y lo ha hecho (como dirá después al Karamazov más joven) porque Dimitri estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el dolor más inhumano.
Piensen (si tienen fuerza) en aquel muchacho o en aquellos muchachos que han ido a poner las bombas a la plaza de Brescia. ¿No había que alzarse e ir a prosternarse frente a ellos? Pero eran jóvenes con cabellos largos, o con bigotes tipo principios de siglo, tenían en la cabeza vinchas o gorras caladas hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era vestirse a la moda, todos del mismo modo, tener un Porsche o un Ferrari, o motos para manejar como pequeños arcángeles idiotas, llevando atrás a muchachas decorativas, sí, pero modernas, y a favor del divorcio, de la liberación de la mujer, y en general del Desarrollo... Eran, en suma, jóvenes como todos los otros, nada los distinguía de algún modo. Y aún si hubiéramos querido no hubiésemos podido ir a prosternarnos frente a ellos. Porque el viejo fascismo, si bien a través de la degeneración retórica, distinguía; mientras que el nuevo fascismo –que es totalmente otra cosa– ya no distingue, no es humanísticamente retórico, es norteamericanamente pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo.

Nota: El texto que presentamos a continuación se basa en la edición de “Scritti corsari” publicada por Mondadori en el volumen “Saggi sulla politica e sulla società” (Milano, 1999). Elegimos el título con el que salió publicado este artículo en el Corriere della Sera el 24 de junio de 1974. En el libro citado lleva el título “Il vero fascismo e quindi il vero antifascismo” (El verdadero fascismo y por lo tanto el verdadero antifascismo).

 

Pasolini, tres “escritos corsarios

 Pasolini, tres “escritos corsarios”


Introducción y traducciones de Esteban Nicotra


En mayo de 1975, seis meses antes de su muerte, Pier Paolo Pasolini publica el libro Scritti corsari (Escritos corsarios) que reúne una serie de artículos polémicos publicados entre el 7 de enero de 1973 y el 18 de febrero de 1975, en el Corriere della sera, con el apoyo del innovador (en ese diario conservador) Piero Ottone, más una sección titulada “Documentos y alegatos” que recoge escritos críticos publicados anteriormente en el semanario Tempo. Estos artículos de Scritti corsari son los textos tal vez más apreciados por los nuevos críticos italianos de la última obra pasoliniana, son la formulación de su última visión del mundo y de la cultura, visión que comparten otras obras desesperadas y desesperanzadas como su film Salò, sus Cartas luteranas, su novela inconclusa Petróleo o los poemas de La nueva juventud.


Muchos en Italia, cuando se produjo el affaire “Tangentopoli” y el consecuente “mani pulite” encabezado por los jueces milaneses que develaron la resquebrajada y moribunda corrupción de los políticos en el poder de la Democracia cristiana italiana, dijeron: “esto ya lo había previsto Pasolini”. Otros se preguntan hoy: “¿qué diría Pasolini de la dictadura fascista neocapitalista de Berlusconi que suplantó a los viejos títeres democratacristianos?”. Qué diría hoy es difícil de imaginar, seguramente mucho más de lo que podamos suponer. Porque Pasolini tenía, sin quererlo, esa capacidad de anticipar ‘proféticamente’ el futuro al saber “leer” muy bien los signos, los síntomas, de su presente italiano. Cosa que no siempre podían o querían realizar sus contemporáneos intelectuales.


Pasolini, efectivamente, anticipó en sus Scritti corsari y Lettere luterane (1976) nuestro presente, no sólo el de Italia. El triunfo de los valores y la economía burguesa y neocapitalista, la homologación total de las culturas subalternas (no de las diferencias de clase, por supuesto) en la civilización burguesa; el triunfo de una lengua y cultura de una nueva civilización tecnocrática, pragmática, totalitaria, basada en la mera comunicación, en la autoridad de los medios de comunicación de masas, y el consecuente genocidio –no sólo de las culturas subalternas– sino de la misma cultura humanista, expresiva y diferenciada.


Los Escritos corsarios, junto a las obras que mencionamos antes, son el último testamento escrito del intelectual italiano más importante de la segunda mitad del siglo XX. Quien los lea con ánimo apasionado y lúcido, al mismo tiempo, no podrá de dejar de realizar un examen de autoconciencia sin posibilidad de retorno a su anterior estado de naturalización del Estado de cosas al que interpela Pasolini, so pena de asumirse también como un conformista.


Son los jóvenes, especialmente, los que deben frecuentar y desentrañar estos textos. Los jóvenes, que no conocieron el mundo de “antes de la desaparición de las luciérnagas”, que nacieron bajo la sombra del ya instalado “Poder sin rostro” que aplicaba despiadadamente la política del “Desarrollo” en vez del “Progreso”. Estos jóvenes tienen la dura tarea de realizar un doble proceso interior: no sólo imaginar las luciérnagas, sino crearlas nuevamente brillando en los cielos de la sociedad homologada.


Ya en Empirismo herético (1972) Pasolini ‘pedagógicamente’ aconsejaba a los jóvenes de la generación del ’68 un camino para liberarse de la conciencia maniquea del mal burgués: “a) Reanalizando –fuera tanto de la sociología como de los clásicos del marxismo– lo pequeño-burgueses que son (que nosotros somos) hoy. b) Abandonando la propia autodefinición ontológica y tautológica de ‘estudiantes’ y aceptando ser simplemente ‘intelectuales’. c) Realizando la última elección aún posible –en la vigilia de la identificación de la historia burguesa con la historia humana- en favor de lo que no es burgués (cosa que ellos ya sólo pueden hacer sustituyendo la fuerza de la razón por las razones traumáticas personales y públicas a las que me refería: operación, ésta, extremadamente difícil, que implica una auto-análisis ‘genial’ de sí mismos, fuera de toda convención).” (Empirismo herético, Brujas, Córdoba, 2005, p.222). 

Nota:

En las próximas semanas irán publicándose los 3 artículos: 

1)"El poder sin rostro",  
2) "El artículo de las luciérnagas" y 
3) "Desarrollo y Progreso"