Vuelve obligado

Otra hermosa locura del amigo Abel Robino: Faubourg Buenos Aires crea otro "micro territorio nacional" en el metro de Paris

El pozo y el péndulo



El pozo y el péndulo

De la servidumbre voluntaria

 
Miguel Loreti 
(publicado en La pecera Nro. 12)



En la Noche de Varennes de Etore Scola, Mastroianni oficia de Casanova. En una caminata por el bosque entona con voz cascada un inolvidable Catálogo de Leporello. Hanna Schygulla hace las veces de la condesa de la Borde, una cortesana que lleva furtiva los atuendos reales al encuentro de su Señor, hasta esa noche Rey de los franceses. Hay una escena memorable, sola en la habitación de la posada, Hanna ha vestido un maniquí con los atuendos del rey y se postra ante el muñeco con unción reverencial. Si el hombre es su estilo, un rey es su atuendo. Y Luis va a merecer la guillotina porque escapa a escondidas despojado de sus vestimentas, tratando de pasar inadvertido. El mismo se ha destituido. Cómo olvidar la expresión de arrobo de la condesa allí arrodillada ante el muñeco. Siempre me intrigó qué podía haber detrás de esa mirada brillante y entregada. Sin duda no se trataba de una escena íntima, por allí pasaba la historia, después de todo estaban en medio de una revolución y a Luis le iba a costar algo más que el trono.

Veo a la condesa de la Borde postrada frente al maniquí y no puedo dejar de pensar en la historia. La historia es el campo de la libertad, después de todo, la libertad viene al mundo por el hombre, y sin embargo, en la inmensa mayoría de las sociedades conocidas reina la dominación y su contracara, el sometimiento. Aún hoy en día, cuando creemos ser libres, nos pasamos la vida obedeciendo, en el trabajo, en nuestra vida política, en todos los rincones de nuestra vida cotidiana. Seguimos sin chistar –lo que es una forma inadvertida de obedecer- patrones de consumo dictados por otros. Como Hanna, nos arrodillamos embelezados ante el Consumo. Allí donde creemos ser libres, en la elección de la compra, ni siquiera reparamos en que no hemos sido nosotros los que decidimos la oferta. Es una especie de Libertad Basura. En una cadena de tiendas de hamburguesas, la chica de la caja nos advierte con una sonrisa que somos “libres”, podemos combinar nuestra hamburguesa de 1023 maneras diferentes, 2 a la séptima menos uno, la combinatoria de los siete ingredientes. Claro que siempre nos queda una última posibilidad, la 1024, que no está escrita, decidirnos por el cero, no comer nada y mandarlos donde se merecen, al diablo. No somos nosotros los que decidimos, nuestra vida es vivida por Otro. Vivimos en sociedades fuertemente jerárquicas, donde unos pocos toman las decisiones. Nuestra constitución lo dice con todas las letras: el pueblo no delibera ni gobierna. El intento de mitigarlo con una cláusula pseudo condicional sino a través de sus representantes, no mejora la cosa. Pasado en limpio: el pueblo toma decisiones si y solo si ha enajenado su voluntad a otro. Porque esos “representantes” de representantes no tienen nada, forman una casta cerrada que se ha apropiado del poder público. En la ciudad de Buenos Aires, en los últimos 20 años, desde el retorno de la llamada democracia, los cargos de gobierno quedaron en manos de solo 3000 personas, siempre los mismos, apenas uno de cada mil. Y creemos vivir en democracia. Rousseau llamaba a las cosas por su nombre, si un pueblo tiene jefes que gobiernen por él, eso es una aristocracia1. A decir verdad se trata de una oligarquía, porque la aristocracia es el gobierno de los mejores. La sola comparación con la Atenas clásica, pone las cosas en su lugar, un ciudadano ateniense del siglo V tenía oportunidad de ocupar un cargo público por lo menos tres veces en su vida.
Si damos un paso más y echamos una mirada retrospectiva a la historia, encontramos una sucesión apabullante de hechos de violencia, guerras y excesos, apenas salpicada por unas pocas islas de paz. Los momentos de libertad son raros y fulgurantes. Ante semejante cúmulo de atrocidades la visión “racionalista” de la historia se desnuda a nuestros ojos como lo que es, una expresión de deseos. Hegel decía que la historia se mueve con el sol de este a oeste, siguiendo el camino de la Razón. Desde esta perspectiva, producto del Capitalismo, que tiene como antecedentes a la perfectibilité rusoniana y la Providencia calvinista, esa acumulación de atrocidades se “justifica” en virtud de un fin fetichizado, que gobierna desde fuera el curso de los acontecimientos. Y verdaderamente pretende “justificarse” porque a los ojos de Hegel, la historia es un Tribunal, y dicta un Juicio Universal. Weltgschichte ist Werltgericht. La visión del Progreso, con la misma P mayúscula que la Providencia. En lo esencial, Marx lo siguió a pie juntillas.
La cosa no cambia demasiado si consideramos la institución de la sociedad. Una vez dejado atrás el umbral de las sociedades llamadas primitivas, sociedades igualitarias y sin Estado, recordemos a Clastres, en la abrumadora mayoría de las sociedades relativamente complejas, desde las primeras sociedades “agrarias”, predominan la dominación y la sumisión. Como si una vez instaurado el Estado no fuésemos capaces de desembarazarnos de él. Clastres acota que esa transición parece ser irreversible.
Es usual hoy en día atribuir este estado de cosas a la figura fantasmática del “poder”. En el mejor de los casos aspiramos a desembarazarnos del poder, cuando no nos resignamos a soportarlo “amablemente”. Aunque la confusión merezca ser disipada. La dominación no es sinónimo de poder, es una relación asimétrica y permanente. Pero todo poder no es dominante. El poder es una relación asimétrica no necesariamente permanente, solo cuando es permanente se convierte en dominación. Como en un juego, hoy gana uno y mañana puede ganar otro. Algo de eso decía Aristóteles cuando hablaba de la educación y la política, enseñar a gobernar y a ser gobernados, porque solo hay democracia si el poder lo tiene uno hoy, y otro mañana. Pero, hasta un juego pude dejar de ser juego, abierto, en una sociedad atravesada de cabo a rabo por la dominación y el dinero. Las cartas están echadas de antemano.
¿Por qué ese predominio de la dominación? La “explicación” racionalista (cf. Engels) no explica nada, apenas un hecho con otro hecho. Una vez logrado el primer excedente social, recién abandonada la “penuria” primitiva, otro hecho, la “fuerza” se encarga de instaurar la asimetría permanente, la desigualdad y la dominación. Desde esta perspectiva no hay ninguna razón que explique por qué el reparto debía ser desigual. ¿Por qué motivo ese primer excedente no podría haber sido distribuido de manera igualitaria? No hay respuesta “racional-funcionalista” a esta pregunta sino solo la aserción de un hecho. Pero un hecho no explica nada solo se muestra en la pura desnudez de su facticidad.
Hay otro hecho concomitante que llama nuestra atención, esas mismas sociedades no solo han “aceptado” la dominación, sino que no han sido capaces de cuestionar su institución, la han supuesto fuera, a resguardo de cualquier cuestionamiento. Han renunciado a preguntar. La mayoría de las sociedades conocidas no solo son desiguales, ante todo “olvidan” el hecho de su autoinstitución, y la imputan a un poder extrasocial y absoluto. Sea como sea ese poder absoluto deviene su fundamento, fundamento inconmovible porque al haber sido separado de la historia y de lo humano ha sido puesto al resguardo de toda pregunta y de toda duda. Credo quia absurdum. De eso no se habla. Es el verdadero fundamento inconmovible de la verdad. Digamos que ese olvido es la economía que se dan las sociedades para salvaguardar su institución. El mundo es así, es como es, nos guste o no, por lo general debe gustarnos, estamos fabricados para que nos guste, y su naturaleza está fuera de toda duda. La duda misma debe ser castigada y excluida. La mayoría de las sociedades creen y no reflexionan. Cierran los ojos y olvidan. De ahí que Kant en el mismo escrito en que reconocía la abrumadora adhesión a la servidumbre, nos incitara a reflexionar, a pensar por nosotros mismos, sin amos ni guardianes, atrévete a pensar. Claro que ese “olvido” no es gratuito, tiene sus consecuencias. Al cerrar los ojos, renunciamos a mirar, a sabiendas o no, y con ello cerramos la puerta a todo examen de nosotros mismos, de las condiciones en que vivimos, de la sociedad en que vivimos. ¿Las cosas son simplemente así, o podrían ser de otro modo?. Cerramos las puertas al cambio, más allá de las micro alteraciones propias de lo humano y de lo histórico. Entre otras cosas renunciamos a preguntarnos si es aceptable y digno el estado de sumisión al que estamos sometidos. Una cosa lleva a la otra. Al cerrar las puertas a la interrogación, estamos cerrando las puertas de nuestro mundo, lo convertimos en un mundo cerrado, clausurado, que solo tiende a perseverar en su ser. Aunque eso se parezca demasiado a una existencia meramente biológica, casi podríamos decir, vegetal. La vida es eso que nos pasa mientras estamos haciendo otra cosa.
Llegados a este punto, a lo sumo podemos afirmar este hecho: en la inmensa mayoría de las sociedades predomina la dominación y el olvido de su autoinstitución, y ese predominio, establecido una vez que se alcanza cierto umbral de complejidad social, por lo general suele ser irreversible. Por lo general y no necesariamente, porque no se trata de una irreversibilidad necesaria, ya que conocemos contraejemplos. Conocemos sociedades que han impugnado lo heredado y establecido. El mero hecho de que nos estemos preguntando el por qué de esta dominación generalizada, constituye un contraejemplo. ¿Por qué unas sociedades son capaces de cuestionar la dominación y su autoinstitución y otras no? No por casualidad, la palabra política habla en griego, antes de Grecia podían existir luchas por el poder, técnicas más o menos elaboradas para adquirirlo, usarlo y conservarlo, pero no existía la política, la pregunta lúcida y deliberada acerca de qué es la sociedad, una palabra para designar a lo propio de la sociedad, y que antes era un jeroglífico, una palabra sagrada, hieros, estaba privatizada. Porque la política empieza por eso, por la pregunta de qué es la sociedad y la inevitable comparación con nuestra propia realidad social. ¿Es la sociedad en que vivimos una sociedad justa?. Y más radicalmente, ¿qué es la justicia? Pregunta tan impensable en el Egipto faraónico como a orillas del Jordán, del Tigris o del Ganges.
Por eso no es difícil comprender que con la modernidad, junto al renacimiento de esa actitud crítica de lo heredado, aparezca la pregunta sobre la naturaleza de la dominación. Por qué la mayoría de los hombres permanecen en servidumbre? Formulada por Kant, en su escrito sobre la Ilustración, datado en 1784, poco antes de la Revolución Francesa. Conocemos también la respuesta del propio Kant: Por comodidad y cobardía.
Doscientos años antes, un protoiluminista, contemporáneo de Montaigne, se encargó de refutarlo por anticipado. Etienne de la Boetie, en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Lo extraordinario del Discurso de la Boetie es su lucidez, pone la pregunta por la servidumbre sobre el tapete y la deja ahí desnuda y en suspenso. No se preocupa por respuestas apresuradas. Para que el hombre pueda preguntarse por el por qué de la dominación generalizada, es necesario que previamente se haya puesto en un lugar para preguntar, que haya roto la clausura del olvido de la autoinstitución, que se haya abierto a la interrogación, a la duda, que quiera saber y quiera al saber, caso contrario la pregunta misma deviene imposible, queda fuera del horizonte de lo pensable, es lisa y llanamente inimaginable. Si no pensamos que las cosas pueden ser de otro modo, no es posible preguntarnos por su naturaleza. No podemos preguntar por la naturaleza de la dominación, si no vislumbramos –y queremos-, aunque sea oscuramente, que la dominación puede ser erradicada.
Cómo es posible se pregunta La Boetie que la inmensa mayoría se someta a Uno solo. La misma pregunta vale si reemplazamos a ese Uno por unos pocos. No puede tratarse de la fuerza, por más fuerte que fuere ese Uno, será abrumadoramente más débil que la inmensa mayoría. Tampoco se debe a la cobardía. No solo encontramos incontables valientes que arriesgan la vida por su Señor o por la Nación, ejércitos enteros están dispuestos a morir por ese Uno que los somete y que respetan Y qué decir de los mártires,  dispuestos a soportarlo todo por una idea gaseosa. Podríamos decir lo mismo de la comodidad o el conformismo. ¿Cuántos sinsabores y privaciones por defender la cultura heredada?
La Boetie razona: la servidumbre no es posible si no es voluntaria. La disparidad de fuerzas entre la mayoría y los pocos es tan aplastante que no hay otra explicación, la servidumbre no puede imponerse por la fuerza, solo se explica si es aceptada de buen grado, y esto quiere decir que las mayorías la aceptan de buen grado. Lo conmovedor del Discurso de La Boetie es que deja la pregunta en suspenso, flotando en el aire, sin cerrarla, de modo que todavía hoy nos inquieta y sigue preguntando.

Hablar de sometimiento es hablar de poder, de un poder ejercido y de un poder otorgado. El poder es siempre el poder de un quién, sea individual o colectivo. Y es también consustancial con la sociedad, habrá sociedades sin estado pero no hay sociedades sin poder. Poder es ante todo una capacidad de hacer, dynamis, una fuerza –kratos, libido-. Capacidad propia de todo ser vivo, de todo sujeto o para sí. Claro que en el caso de los sujetos humanos, esa capacidad, mediada por una imaginación desfuncionalizada, no se dirige hacia un objeto típico, sino que es indeterminada por su objeto, y condicionante de nuestra relación con él. Debemos reconocer en el ser humano una fuerza o capacidad para hacer, que nos impulsa hacia delante –libido- y abre un futuro. Sin ese poder fundamental no habría vida ni humanidad. Y es un poder por lo general invisible y olvidado. En el plano social se corresponde con la capacidad para crear sociedades y crearlas en su inagotable variedad.  Esta sociedad y no otra. Hay sociedades porque alguien las hace, y ese alguien, la sociedad misma, debe tener la capacidad, fuerza, para hacerlas. Claro que por lo general esta fuerza permanece oculta. Poder hacer que está por debajo de y debemos diferenciar del poder visible, explícito, lo que comúnmente conocemos por poder, el poder que reconoce el estructuralismo, que suele olvidarse de la génesis, de la producción y movimiento de los hechos históricos. Este poder, el poder que vemos, es el que se hace cargo de las funciones básicas que permiten la autoconservación de la sociedad: el gobierno, la administración de la justicia, la legislación y la administración de la coacción organizada. Pero este poder visible y sus prácticas son deudores del primero, del olvidado poder instituyente, sin el cual no habría ni sociedad ni humanidad. Ni poder visible alguno. Y deudor por su forma y su sustancia.
Poder que debemos diferenciar de la coacción que no es sino uno de sus aspectos derivados. Y tenemos que hacerlo porque la confusión entre poder y coacción es corriente hoy en día. Poder es capacidad, dynamis, no es algo “negativo” ni restrictivo según la imagen corriente cuando hablamos de “Poder” y de los “poderosos” o peor aún, con reminiscencias kafkianas, del “Sistema”. Esta acepción del poder como coacción se vuelve predominante en una sociedad en la que ha sido enajenado y privatizado. Por otra parte, para que haya sociedad, debe haber una violencia originaria, el núcleo de la subjetividad, ese haz alucinado de deseos y pulsiones a-sociales, ese “pequeño monstruo”,  debe ser domeñado por la sociedad. Esa doma es la primera violencia –poder- que la sociedad ejerce sobre la subjetividad. Coacción es la capacidad que tenemos de hacer que otro haga lo que queremos que haga. Por lo general, por la fuerza, por un mayor poder. La coacción se da en una oposición entre poderes. La suma coacción es hacer que alguien haga de buen grado lo que quiere otro, sin oposición, cosa que implica una previa interiorización de la coacción. Es el lugar de la moral y la “voz de la conciencia”, que más que voz es un susurro, aunque más audible que un grito. Individuos y sociedades existen porque han interiorizado la coacción, fruto de aquella violencia originaria. Esa es la tarea de la paideia -educación, crianza- desde nuestra más tierna infancia, encargada de formarnos –Bildung, Bilden- como lo que somos. La identificación –interiorización- de modelos, comportamientos sociales, lenguaje, costumbres, moral, creencias y formas de pensar, desde el lavarse los dientes hasta creer en Dios Todopoderoso Creador del cielo y de la tierra, o en la Ciencia que todo lo sabe y todo lo puede. Figuras con las que nos identificamos y a imagen de las cuales queremos ser. Y que sostienen la unidad de la sociedad a la vez que le dan sentido.
Esta violencia y formación –la producción del individuo- se realiza por medio de una negociación entre la psique y la sociedad, la psique se deja domeñar, aunque nunca totalmente, a cambio de ser dotada de sentido, y de un sentido total y coherente. De ahí en más, mi sentido será el sentido de la sociedad, su madeja de significaciones, valores. De modo tal que el olvido de esta violencia sea garantía de permanencia del sentido. El individuo es una parte total de la sociedad, la sociedad andante. Gran parte de lo que pueda ver  ya habrá sido visto, en este sentido, conocer es reconocer al modo de la anamnesis platónica.
Lo contrario, el que la represión –individual o social- haga tabla rasa con el núcleo psíquico, supone atribuirle un poder absoluto y total, infinito, una nueva representación de la Fuerza del Destino. Cuando la represión, como todo lo humano, es profundamente finita.
No solo la servidumbre, la institución misma de la sociedad, es aceptada de buen grado por el individuo, y más aún, es querida por él, es lo más valorado, su verdadero axioma.

La Boetie diría que es “voluntaria”. Aunque en verdad no se trate de una sumisión verdaderamente voluntaria, lo voluntario es deliberado, y en esta formación / coacción no hay deliberación alguna. La cultura heredada deviene un hábito –hexis- mecánico e involuntario. La adhesión masiva –identificación primariamente afectiva, valoración, querer- de los individuos a la cultura heredada es lo que explica el funcionamiento de la sociedad, no hay violencia o coacción externa que pueda explicarla, una sociedad funciona y se mantiene porque los individuos han sido producidos para reproducirla, se identifican con sus valores porque han sido formados para eso, desde la cuna. Y se identifican de modo inconciente, no reparan en ello. No hay sociedad que se mantenga por la violencia por un lapso prolongado. Las revoluciones mismas triunfan, no por la violencia, sino porque la imagen imperante del poder ha sido destituida en el corazón de la mayoría. El olvido de la institución de la sociedad es la garantía –el fundamentum inconcussum- de su permanencia. La mayoría de los individuos y las sociedades viven en ese olvido, sin cruzar jamás el Leteo. El jardín de los cerezos de Chejov se cierra con el reconocimiento de este olvido, en boca del viejo criado al que han “olvidado” a su vez en la casa después de cerrarla con llave, “Mi vida a pasado y yo no he vivido nada”.

Claro que esta identificación masiva todavía no explica por qué la dominación es mayoritariamente aceptada en casi todas las sociedades conocidas. Una cosa es que los individuos se identifiquen con los valores de la sociedad en la que viven y que los forma, y otra que en la sociedad predomine la desigualdad y la dominación. Debe haber algo en la subjetividad que tienda a instituir la desigualdad y la sumisión, aunque ese “algo” no sea fatal ni necesario, pero si tan altamente probable que parezca “natural”.
Ese “algo” debe ser buscado en las disposiciones de los estratos primordiales de la subjetividad: la omnipotencia y la compulsión a la repetición -pocas cosas hay tan “conservadoras” como la compulsión a la repetición-. Como todo ser vivo –para sí- el estado originario de la psique es la clausura, cerrada sobre sí, sin ventanas, al modo de la mónada leibniziana, dice Castoriadis, persevera en su elemento, solo vive en él y todo lo traduce a su lenguaje, la representación. La omnipotencia, esa “virtud” cartesiana, es omnipotencia en la representación –alucinación-. Es el modo de ser de un sujeto que persevera en su elemento, bei sich. En el elemento de la representación, la representación todo lo puede. El perseverar en su ser, conatus esse preservandi,  le viene a la psique de su mismo ser vivo, es lo propio de todo para si, autoconservación,  pero autoconservación quiere decir a su vez, primacía del sí mismo. De ahí la tendencia a la repetición, la repetición no es sino la economía de la autoconservación.
Para la psique tales disposiciones son “naturales”, en rigor cuasi naturales porque su imaginación desfuncionalizada puede romper la clausura, alterarla y poner otra cosa. Es esa capacidad creativa la que quiebra la naturalidad de la subjetividad humana, transformándola en no natural.  No hay que hilar demasiado para comprender que tales disposiciones cuasi “naturales” favorecen la adhesión a las jerarquías y a la desigualdad, dicho de otro modo, jerarquía y desigualdad le vienen como anillo al dedo, se corresponden mucho mejor que la igualdad con la voluntad de poder, la repetición y el autocentrismo.
Por otra parte, no podemos dejar de notar en todo este proceso una cierta economía de la autoconservación. La aceptación de la sumisión implica un cierto placer en el sufrimiento, con claros puntos de contacto con un fenómeno ampliamente difundido, reconocido y estudiado en el psiquismo individual, lo que Freud2 llamara la atención como la economía del masoquismo. Hay en todo esto un cálculo entre el valor presente del sufrimiento, que releva de la situación existente de sometimiento, y el incierto valor futuro de sufrimiento asociado a lo desconocido.
En El pozo y el péndulo de Edgar Allan Poe podemos verlo figurado con toda claridad. El personaje es encerrado en una prisión en penumbras. A poco de estar encerrado percibe el zumbido de una cuchilla afilada que se balancea como un péndulo sobre su cabeza, la cuchilla baja y se aproxima más y más, amenazante. El personaje comienza a tantear a oscuras las paredes, y a poco se da cuenta de que en el centro de su celda hay un pozo. Digamos que es llevado a una situación en que puede optar entre ser despedazado por el filo de ese péndulo que se aproxima o saltar al pozo. Pero no lo hace, entre el riesgo de lo incierto y la certeza de una muerte segura, la economía de la autoconservación prefiere lo segundo. Se ha dicho que la maestría de Poe, el carácter del cuento, reside en que no nos dice jamás lo que hay en el pozo, deja librado a nosotros poner allí la suma de todos nuestros miedos. En rigor, no es así, Poe no podía poner nada en el pozo, sencillamente porque en el pozo no hay nada, o lo que hay es el abismo como tal, lo incierto de la libertad. Autoconservación y repetición prefieren, encuentran placer en, la magnitud de sufrimiento de lo conocido.
Solo por un esfuerzo podemos detenernos, suspender nuestras disposiciones cuasi “natu
rales” a la autoconservación, y decidir otra cosa, autoalterarnos. Porque nuestra subjetividad tiene una “naturaleza” no natural, capaz del cambio y la creación, de trascender la repetición. Sencillamente nuestra imaginación, no canónica y desfuncionalizada, es capaz de poner otra cosa, lo que no es, y sustraerse a la situación presente. Esa autoalteración es la libertad.

Queda claro que no podemos hablar de “fatalidad” de la dominación. No hay fatalidad ni necesidad en los asuntos humanos, que pueden ser de uno u otro modo. Aristóteles3 es claro en este punto y debemos reconocer su profundo sentido crítico y su ecuanimidad. Cosa que no parece abundar en el pensamiento contemporáneo. Es preciso reconocer la complejidad de la realidad y del saber mismo, contra Parménides –y la profusa tradición parmenídea-, el ser no es uno, sólido y continuo. Lo real es complejo, se dice de muchas maneras, y cada región de la realidad tiene su propia medida y en consecuencia requiere su propia exactitud. Debe haber una correspondencia entre la medida de lo real y la exactitud del saber, lo que tiene alcance ontológico. Lo histórico social introduce un corte profundo en el ser, crea un nuevo mundo. De modo que podemos distinguir entre el mundo de las cosas que son como tienen que ser y presentan cierta regularidad, es el dominio de lo universal y lo necesario, lo matemático y la física, sobre los que reposa la técnica, y otro mundo, el de las cosas que pueden ser de un modo u otro, el reino de la práctica y de la libertad, de lo humano. En el mundo histórico social no hay regularidad ni universalidad, es el reino de lo contingente. La libertad no es regular. Es “tan insentato –paraplesios- pedirle exactitud a la retórica como juicios probables a la matemática”4. La ciencia –episteme- es saber de lo universal. En la política, la ética o la psicología no puede haber ciencia, no hay episteme ni teoría, lo que hay es frónesis, sabiduría práctica, ligada a la oportunidad, kairos. A lo imperioso y urgente de la oportunidad, y en este caso, la medida y exactitud, akribeia –criba, cedazo- es la suficiente segun su necesidad y uso para los requerimientos de la práctica. Juzgamos en condiciones inciertas y con tiempo siempre escaso. Dicho de otro modo, tiempo y saber son finitos. Bien vale la comparación con Descartes. Para Descartes el error se debe al apresuramiento, juzgamos antes de alcanzar ideas evidentes, claras y distintas. Pero, ¿quién mide ese antes y cuál es la medida? Aristóteles lo juzgaría de imprudente, carente de frónesis, porque justamente el juicio práctico se da en relación a la oportunidad –kairos- y debe ser oportuno, y la medida del tiempo no es infinita, omnipotente, sino finita, la suficiente para las necesidades de su uso en la práctica.
Pero no solo nuestro conocimiento es precario y finito, Aristóteles va más allá, destituye la “vanidad imaginaria” de autosuficiencia de la razón. La razón no puede fundarse a sí misma5. La capacidad de argumentar, de fundar unos argumentos –logoi- sobre otros, de transmitir la verdad y dar razones –logon didonai-, no puede dar razón de sí misma, intento que nos llevaría a una argumentación al infinito, tiene su límite en los arjé, las últimas razones, que son infundadas, son valoradas por sí mismas, axiomas. El mismo principio de no contradicción, la base de toda lógica, es infundado. No puede ser fundado porque requiere de si mismo para fundarse. Algo por el estilo dice Hegel en la Introducción a la Fenomenología, no puede haber introducción a la ciencia, porque o bien no es ciencia, o requiere de la misma ciencia. La ciencia, arguye Hegel, demuestra su cientificidad en la absoluta necesidad de su despliegue, para aprender a nadar hay que tirarse al agua.
No hay fatalidad ni necesidad en el mundo socio histórico. No hay leyes de la historia, en el sentido de las leyes de la físico matemática. Nuestra libertad está ciertamente condicionada, no flota en el aire, se da siempre dentro de ciertas circunstancias, pero nunca completamente determinada. Demos un paso más, si el mundo de lo socio histórico fuera el reino de la necesidad y objeto de la “ciencia”, no habría posibilidad de deliberación ni de democracia. La deliberación –bouleusis, confrontación de las ideas – requiere que la materia pueda ser de uno u otro modo, no podemos deliberar sobre lo necesario y universal, sino solo sobre lo contingente. No hay deliberación que valga ante 2 + 2 = 4, o sobre el teorema de Pitágoras. .Aristóteles lo tiene bien claro, hay democracia porque el mundo humano es el mundo de la doxa, de las cosas cambiantes y contingentes. Si la política fuera una ciencia, es el argumento de Platón en El Político, tendríamos que seguir sus indicaciones sin chistar, y soportar las prescripciones del Rey Filósofo, sentado a nuestra cabecera, soplándonos al oído, es lo que dice Platón, parakatetémenos, sentado a nuestra vera. Primo hermano del Dios cristiano que conoce cada uno de nuestros cabellos. Un delirio monstruoso. Goya sabía algo de eso: los sueños de la razón crían monstruos. Es el camino que va del Rey Filósofo a los totalitarismos contemporáneos. En eso Marx y Platón coinciden, la política es asunto de unos pocos, los pocos que logran elevarse a la comprensión del movimiento histórico6.
No es mi intención demorarme en polemizar aquí, pero buena parte del pensamiento contemporáneo es un rosario de confusiones y supuestos metafísicos no aclarados en torno de estos temas centrales tratados con tanta profundidad por Aristóteles. Y no solo de confusión, de trivialidad y Olvido7.

La identificación cartesiana del para sí con el sujeto fue desafortunada. Lo que llamamos, siguiendo a Descartes, “subjetividad” es un para sí en el sentido que auto organiza su experiencia, crea su propio mundo, la experiencia nunca es una experiencia en bruto, sino organizada a priori según las reglas de cada para sí, es categorial8. De lo que se sigue que cada mundo propio es cerrado sobre sí, monádico. Pero el para sí no es un sujeto, en el sentido en que lo llama Descartes, no es un fundamento, algo que sub-yace como un suelo sobre el que nos afirmamos. Por el contrario el yacer o descansar –keistai, jacere, liegen- del para sí es de otro tipo, descansa sobre; en el caso del para sí humano se trata de descansar o apoyarse sobre una “naturalidad”, que es su propia naturalidad, y que deviene no natural en virtud de su propia dynamis, su capacidad de trascender –ir más allá- y negar la naturalidad sobre la que descansa. Y ¿de qué hablamos cuando hablamos de “disposiciones” (Bestimungen) “naturales”, qué quiere decir aquí “naturales” cosa que es a todas luces impropio? Una sola cosa: altamente probables, aunque no necesarias. Lo humano comparte dos mundos, reposa sobre una naturalidad, el modo de ser originario de la psique, cerrada sobre sí, que tiende a la omnipotencia, la repetición, y el autocentrado, pero a su vez, a diferencia de la regularidad natural es una subjetividad desfuncionalizada, su imaginación le permite crear otra cosa, y en consecuencia cambiar, ir más allá de su propia disposición. Cambiar quiere decir ante todo cambiar-se. El hombre se autocrea a partir de la nada y se proyecta hacia el futuro, y en ese sentido viene desde el futuro, dicho en las palabras de Sófocles en Antígona, “desde la nada avanza hacia lo que vendrá”. Y la posibilidad de un cambio compromete toda nuestra personalidad, los afectos, el deseo y la imaginación –la “guía de la razón” en palabras de Kant-.  Para que haya cambio, individual o social, tiene que haber a la vez, rechazo –afectivo- de lo existente, la posición –imaginaria- de otra cosa radicalmente nueva que antes no era, y las ganas, el deseo de esa otra cosa.  Por supuesto que no podemos ver esto, cosa que se ha dicho muchas veces en filosofía, como la concurrencia de facultades aisladas, sino como una unidad inescindible. El rechazo de lo existente no es nunca meramente afectivo, requiere también la vuelta sobre sí para examinarse, la crítica relativamente lúcida, en la medida de lo posible, de la situación heredada, la re-flexión. El afecto esta atravesado por la reflexión y la reflexión atravesada por el afecto. Como lo reconoce bellamente Rousseau:

Es grande y hermoso ver surgir al hombre casi de la nada por sus propios esfuerzos, disipar por la luz de su razón las sombras en las que lo ha encerrado la naturaleza, elevarse sobre si mismo, volar por medio de su espíritu en las regiones celestiales, atravesar como el sol la vasta expansión del universo con pasos gigantescos, y lo que es aun más grande y difícil, volver sobre sí mismo para estudiar al hombre y conocer su naturaleza, sus deberes y su fin. 9

El sujeto humano se hace así mismo a partir de nada, pero es capaz de volver sobre sí, tomar distancia y examinarse lúcidamente. Examinarse quiere decir mirar lo que está debajo, oculto, ahora sí, el sub-jectum, el suelo que pisamos y sobre el que descansamos sin reparar en él, nuestros propios supuestos, los idola tribu. Y en consecuencia, decidir, en este caso libremente.

Claro que tomar esta decisión no es asunto sencillo, requiere un gigantesco cambio antropológico y social, Castoriadis lo llama antropolítico. Para poner las cosas en blanco y negro, que dejemos de preocuparnos solo por nuestros propios asuntos para terminar dormidos frente al televisor y recobremos la pasión por los asuntos comunes, por la participación política. Requiere nuevos individuos. Cosa que no es imposible porque ya ha sucedido en la historia. No otra cosa son las revoluciones. Incluso la nuestra, nuestra propia revolución emancipadora. Es posible. No requiere de santos ni mártires, precisa de hombres que estén dispuestos a dedicar parte de su tiempo a la comunidad. Convencidos lúcidamente de que su propia libertad no puede ser sin la libertad de los otros. Para esto hay que querer la igualdad y la libertad, pero también hay que razonar sobre la libertad y la igualdad, sobre sus condiciones y su alcance, y ponerlas en práctica. Requiere un cambio de valores, dejar atrás la primacía de lo económico propia del capitalismo, el atragantamiento del consumo que lo reduce todo a la nada, y comenzar a valorar la libertad y la igualdad como la libertad y la igualdad de todos. Porque, contra la superchería liberal contemporánea, no puedo ser libre sino soy igual a los demás, ni igual si no soy libre. La libertad no es ni puede ser la libertad del 10% de la población. Y debemos dar razón de la igualdad y la libertad, ahí es donde la razón, la capacidad de confrontar ideas, se diferencia del argumento de la fuerza. Igualdad y libertad solo pueden ser comunes, es decir, universales, su alcance debe ser universal, de lo contrario “algo huele mal en Dinamarca”, algunos, por lo general, la inmensa mayoría, habrán enajenado su propia libertad, su propia vida, y eso, a la corta o a la larga, afecta nuestra propia libertad. Al menos por motivos egoístas: la mala calidad de ciudadanía de los demás afecta nuestra propia ciudadanía. Como bien sabían los revolucionarios de 1789, todo eso requiere de la cooperación de la fraternidad. La fraternidad es el lugar donde los afectos meten la cola, porque además de igualdad y libertad, fraternidad, ¿y qué es la fraternidad?. El afecto entre hermanos, vale decir entre iguales, pero iguales en este mundo, en la comunidad política, el lazo afectivo, Aristóteles lo llamada philía, que cimienta la unión de la comunidad. De modo que para cambiar es cuestión de crear nuevos afectos.

En el mundo de las cosas que pueden ser de uno u otro modo, este cambio es posible, aunque no necesario, y puede no ser. Está en nosotros que así sea, es nuestra exclusiva responsabilidad. Del mismo modo que no hay recetas ni curas milagrosas para el cambio, el teléfono del “llame ya” está ocupado, no existen las recetas que estamos malacostumbrados a esperar, porque en la historia no hay leyes. Lo que sí puede haber en la historia es ganas, responsabilidad  e imaginación: creación.


1. Jean-Jacques Rousseau, Consideraciones sobre el gobierno de Polonia
2. S. Freud, El proceso económico del masoquismo
3, 4, 5. Aristóteles, Etica a Nicómaco, I, II, VI
6. K. Marx, El manifiesto comunista.
7. Pensemos en la pretensión de necesidad, de una ciencia única, de autofundación de la razón y los procedimientos de que hacen gala el hegelianismo –y sus variantes-, la filosofía “analítica” del lenguaje, el estructuralismo y el mismo Habermas.
8. Veamos al respecto la pretensión de Russell de un “atomismo” lógico, pretensión que como mínimo podríamos tildar de ingenua, de una “experiencia en bruto” que nos pondría en presencia de la cosa en sí. Y cuánto de esa pretensión “ingenua”, no crítica, hay en la concepción del lenguaje en Wittgenstein.
9. Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre las Ciencias y las Artes

Three Irish Poets - An Anthology
Selección y versiones de Fernando Scelzo.
(Publicado en La Pecera Nro. 12) 


Paula Meehan


Paula Meehan nació en 1955 y fue educada en dos distritos famosos de la clase obrera de Dublín, se graduó en la universidad de la trinidad y en la universidad del este de Washington. Ha conducido talleres en muchas comunidades de la ciudad, en prisiones y universidades. Entre los premios que ella ha ganado están el Martin Toonder (1995), Butler Literary Award (1998) y el  Denis Devlin (2002). Continúa viviendo en Dublín





The Pattern – El modelo

Poco me queda de ella,
una máquina de coser, una alianza de compromiso,
unas cuantas fotos, la picadura de su mano
sobre mi cara en una de nuestras guerras

cuando nos habíamos resentido y apartado.
Según algunos es el destino de la hija mayor.
Desearía ahora que hubiera durado hasta que
yo fuese adulta. Podríamos haber tenido un nuevo comienzo

como mujeres sin etiquetas como madre, esposa,
hermana, hija, a ver qué suerte corríamos de ahí en más.
A los cuarenta y dos se fue dios sabe dónde.
Nunca he vuelto a visitar su tumba.

*
Primero refregaba el piso con jabón Sunlight.
hasta donde alcanzaban sus brazos. Cuando sus rodillas
no daban más, frenaba y tomaba un té, después volvía a empezar
por la puerta con agua de lavanda. El olor
se filtraba por el departamento hasta alcanzarnos,
sus crías ahuyentadas a la pieza.

Y mientras enceraba y pulía el piso
¿habrá visto su propia cara esclarecerse?
¿habrá capturado un tenue destello de su propio ser?
¿le habrá dicho su espejo lo que el mío me dice?

La veo encogerse de hombros y seguir
sabiendo que la historia la ha puesto de rodillas.

Nos dejaba entrar y patinar
en medias. Crecíamos solemnes como planetas
en una intrincada órbita a su alrededor.

*
Se inclina sobre ropa púrpura,
los hijos más chicos ya hace rato están en la cama.
Últimos días de verano. Con frío como para un fuego,
trabaja con una luz moribunda
para rehacerme un viejo vestido.
Mañana es el primer día de vuelta al colegio.
*
‘Pura lana de cordero. Le quedan muchos usos todavía.
Sabés, yo lo usé cuando salí con tu papá.
Supuestamente me quedaba en lo de una amiga,
tu abuelo nos agarró en la esquina.
Me arrastró del pelo – entonces tan largo como el tuyo –
frente a toda la cuadra.
Llamó a tu papá todos los nombres bajo el sol,
pendejo, sinvergüenza; no necesito decirte
cómo me llamó a mí. Me hundió la cabeza
bajo la canilla de la pileta, tomó un cepillo
y un jabón de lavar y con agua helada me fregó
cada rastro de lápiz labial y polvo facial.
Cristo, que era un verdadero tirano, tu abuelo.
Será sobre mi cuerpo muerto que alguien toque un pelo de tu cabeza’.

*
Debe haberse quedado despierta la mitad de la noche
para terminarme el vestido. Lo encontré aireándose al fuego,
tres cuadernos nuevos en la mesa y un plumín
brillante de bronce, San Cristóbal amarrado a un hilo de plata,
como si me embarcara a un peligroso viaje
por mundos sin descubrir. Usé ese vestido
con poca gracia. Para mí decía pobreza,
un estigma de segunda mano. Crecí lo necesario

para darlo en Navidad. Comprendía
el mundo externo a nuestro departamento palmo a palmo
cada día después del colegio, y unía cada sorprendente
calle a cada manzana a cada barrio. Miraba
el río Liffey batiéndose hacia el mar
y el ir y venir de los barcos,
segura de que un día me llevaría
a Zanzibar, Bombay, y la tierra de los Etíopes.

*
Hay una foto suya tomada en el Phoenix Park
sola en un banco rodeada de rosas
como si hubiera nacido para jardines.
Mira fijamente como si fuera inconsciente
que una mano humana sostuviera la cámara, envuelta
completamente en su propia sombra, el mundo más allá de ella
hecho ya un sueño, ya perdido. Tiene
ocho meses de embarazo. Su última vez.

*
Sus agujas de acero chocan y hacen chispas,
un carbón descansando como único otro sonido
o su esporádico murmullo
en alguna parte difícil del diseño.
Prefiere los tonos apropiados:
Verde musgo, mostaza, beige.

Soñé una bata de un color
tan puro que se convirtió en palabra.

A veces he tenido que arrodillarme
ante ella una hora a la luz del fuego,
una madeja entre mis brazos estirados,
mientras enrollaba la lana en ovillos.
Si yo nadaba como un barrilete muy alto
entre las sombras del cielo raso
o volaba como un pez en los estanques
de luz pulsante, ella tiraba firmemente
de la tanza, y me aterrizaba en sus rodillas.

Con lenguas de fuego en sus ojos oscuros,
ella decía, ‘Uno de estos días tengo que
enseñarte a seguir un modelo.







Notas
1 Juego de palabras entre “Received Pronunciation”, nombre de la pronunciación británica estándar, y su sentido (y traducción) literal de “pronunciación recibida”. Alude a la dominación lingüística de Irlanda (el inglés por el gaélico), pero al mismo tiempo a las diferencias de pronunciación entre un país y otro.

2 Juego de palabras: la pronunciación de pomegranate – granada, en inglés – es similar a la de pomme (manzana, en francés) más la de granite (granito, en inglés).


(Continúa en La Pecera 12, con poemas de Mary O’Malley y Eavan Boland )