Dejar las huellas

Entrevista a Jorge Boccanera 

por O. Picardo


 





Jorge Boccanera estaba empacando su ropa para viajar a Nicaragua cuando dábamos las últimas correcciones a esta entrevista. Poco le faltaba para andar por las viejas calles de la bella Granada, una de las ciudades coloniales más antiguas de América. Otro viaje, otra huella en el interminable ir y venir de este poeta argentino cuyo nombre y obra es de los más reconocidos en Latinoamérica.


Estas huellas son de exilio y también de aventura, de búsqueda y también de encuentros. Tal vez, esto mismo sea una de las razones por las cuales su voz suena en su propio país, como una de las voces más originales y difíciles de encasillar. En su palabra vive lo rioplatense, pero también vibra el son profundo de América. Boccanera es un equilibrista en una difícil cuerda floja: intenta unir, como muy pocos, las lejanías del idioma de las grandes selvas del norte y los ruidos del triste bandoneón del sur.


Su poesía sustenta esa vieja lucha por la expresión de una imposibilidad, muerde el polvo pero con la boca del que ha besado “las piernas a la poesía”. Cuando lo leemos, no se puede estar ajeno a las instantáneas diáfanas de sus imágenes y emociones. No sólo elabora una erótica, sino que deslumbra diciéndole a la mujer del prójimo: “…ni siquiera/ me llamo como dices, pero/ puedes quedarte,/ hay un poco de sopa, algo de vino,/ afuera está lloviendo en otro idioma.”


Otra cosa es oirlo: habla el familiar y el amigo que vuelve de lejos, con el acento de una lengua que no ha dejado de sonar muy nuestra.







Osvaldo Picardo: En tu poesía se mantiene un diálogo con la tradición poética latinoamericana. Raúl González Tuñón, Neruda, Gelman, Homero Manzi, los cronistas, Jorge Teillier, Vallejo… Hay un concierto de ecos que te acompañan…




Jorge Boccanera: Yo soy un sobreviviente de mi infancia y mi infancia son las voces entreveradas del puerto de Ingeniero White, al sur de Buenos aires. En esas calles polvorientas cada persona que pasaba era una bandera, una lengua, una historia distinta. Esas resonancias, esos pasos, seguramente suenan en mi imaginación. Después vinieron las lecturas de Whitman, Neruda, Bécquer, Vallejo, más las revistas de historietas, un género al que le debo mucho. Sobre las influencias, las vecindades, hay líneas disímiles: Jorge Teillier, Enrique Molina, Homero Manzi, Luis Cardoza y Aragón, Juan Gelman, Eliseo Diego y seguramente muchos más. Aquí habría que hablar de cómo se da en cada quién la cocina de sus obsesiones; el diálogo de esencias, las correspondencias subterráneas y, sobre todo, la lucha de contrarios, ese núcleo de fuego que tensiona cada poema.







OP: “El Ladrilllo” es un grupo de poetas que está en tus comienzos literarios. ¿Quiénes estaban con vos?




JB: El núcleo de “El Ladrillo”, por el que pasaron varios escritores, lo conformaron poetas que hoy siguen produciendo: María del Carmen Colombo, Vicente Muleiro, Adrián Desiderato, más el artista gráfico Jorge Sposari. A 35 años de su creación, veo al grupo como una experiencia breve e intensa que en apenas tres años de la turbulenta década de los 70 (entre la ferocidad de la Triple A y la masacre del golpe militar) llevó adelante sin sectarismo, numerosas expresiones culturales: lecturas, encuentros con escritores de diversos puntos del país; trabajamos con músicos y teatristas populares.




OP: ¿Qué relación los unía a Olga Orozco? ¿Podemos decir que las diferencias que existían entre el surrealismo argentino y la poesía del 60 alcanzaron una suerte de síntesis en tu generación, entre el compromiso social y la palabra poética?




JB: Ella era la madrina del grupo. De “El Ladrillo” salieron libros, revistas, discos, posters, exposiciones. La pluralidad del grupo se evidencia en las poéticas de aquellos escritores que nos fueron cercanos: de la textura surrealizante de Olga al teatro del absurdo de Agustín Cuzzani. Recuerdo que publicamos poemas de Roberto Santoro donde hablaba de los desaparecidos; luego él mismo sería una víctima. También otro poeta cercano, Carlos Higa, fue secuestrado y desaparecido. Pienso que mucha de la poesía de esos años se movía en base a dos movimientos: la búsqueda y el cuestionamiento; vale decir: entre la experimentación formal y la mirada crítica.




OP: ¿Qué ha quedado en tu poesía de aquel teatro del absurdo o del surrealismo? ¿Hay alguno de tus libros en que las imágenes jueguen con estas cosas?




JB:De todas esas experiencias, de todos esos diálogos, seguro que algo se ha filtrado en mi escritura. Creo que el legado importante de un artista a otro es la libertad. Me explico: los poetas denominados “fundadores” por los críticos –Girondo, Vallejo, Cardoza y Aragón, Pellicer, Díaz Casanueva, De Rokha, entre muchos- se abstuvieron de fundar una escuela; vale decir que transitaron por fuera de declaraciones, manifiestos, puntos programáticos, ortodoxias, modas, dogmas; de modo que su mensaje fue una invitación para que cada quien echara mano a todo aquello que en su criterio le diera mayor intensidad a su palabra.




OP: ¿Puede decirse que tu poesía siempre estuvo cerca de la canción popular intentando borrar los límites entre poesía culta y popular?




JB: Bueno, no es casual que uno de los poetas que se acercó a “El Ladrillo” fuera Cátulo Castillo, el autor de “La última curda”. Vengo de un hogar musical, mi viejo cantaba tangos en una orquesta de Bahía Blanca. Lo cierto es que nunca dejé de escribir letras de canciones, es algo que me da mucho placer. Respeto mucho el género de la cancionística, una expresión que en nuestro país tiene artistas de la importancia de Atahualpa Yupanqui, Discépolo, Manuel J. Castilla, Spinetta, Fandermole, para citar algunos. Claro que las letras están articuladas a la posibilidad de encontrar un socio, un músico con el que uno se identifique en el armado, en la composición. Te cuento que hace años, cuando yo vivía exiliado en México, me escribió Piazzolla. Había leído mi poema “Fueye” y me habló de la posibilidad de hacer algo juntos. ¡Casi me muero del susto! Fue por el 83, cuando él vivía en Uruguay. No pudimos vernos sino años después y lamentablemente él no estaba bien de salud.




OP: Los viajes, la aventura y el exilio están presentes en tu palabra. La alimentan así como crean o cierran distancias entre “cantar y contar” las cosas de la vida, los personajes, las “bestias en un hotel de paso”, que es el título de otro de tus libros. En La sordomuda hay un poema que me gustaría escucharte comentar: “Exilio” que, por alguna razón, dejaste afuera de la última antología Marimba.




JB: El que nace en un puerto, lleva el viaje puesto. Dicen que mi poesía tiene la respiración del viaje; de hecho acaba de salir un CD con mis poemas en México dichos por mí, titulado Jadeo del viaje. Diría que sé de dónde parto pero nunca adónde voy a llegar, porque me imantaron los tipos de la fábula de los arrabales. El viaje es iniciativa, azar, elección, fascinación por el recorrido, juego, riesgo, imaginación, búsqueda, encuentro con nuevos interrogantes. Y eso alcanza a mi poesía pero también las historias de vida que escribo: vida como movimiento, viajes hacia la gente. El escritor se fascina con lo diferente y siente la extrañeza de sí mismo, se deja construir por lo diferente. “Exilio” quedó afuera de Marimba porque esta antología nunca es la misma.




OP:Tenés una manera muy propia de recopilar y antologarte a través de un libro como, por ejemplo, Marimba que lleva cinco ediciones. ¿Cómo es que se fue dando esta forma de publicar tu obra?




JB: Es verdad, Marimba, que ahora tendrá una nueva edición en Venezuela, sufrió de una edición a otra, algunas modificaciones: se sumaron poemas inéditos, letras de canciones, etc. Trato de que cada antología sea representativa de lo que hago, y como han sido parciales –no hay una que recopile todos los libros que escribí- a veces incluyo en una, lo que suprimí en otras, de manera de hacer un libro un tanto diferente.




OP: Pero, ¿esa diferencia entre una y otra Marimba, por ejemplo, está pensada de acuerdo a algún criterio que te lleva a repensar los poemas ya escritos y publicados?




JB: No tengo una respuesta a esa pregunta; en general trato de agrupar en una antología, cuando me toca hacerla, aquellos textos que creo me representan mejor; pero el asunto siempre va por caminos insondables, o por cuestiones prácticas. Por ejemplo, este año sale en Colombia una antología en una colección popular llamada “Un libro por centavos”, tiran 15 mil ejemplares, y es de formato pequeño, lo que obliga todavía a una selección más rigurosa.




OP: Estás a cargo de la cátedra de Poesía Latinoamericana de la Universidad de San Martín ¿Cómo ves lo que está pasando en esa poesía...?




JB: Es imposible estar al tanto de todo, ¿no? Yo coordino la cátedra de Poesía Latinoamericana de la Universidad Nacional de San Martín; tomo especialmente aquellas voces de ruptura surgidas en los inicios del siglo XX; hay allí una cantera de nombres y experiencias literarias fundamentales. Aparte de los poetas fundadores, que cité antes, están otros menos conocidos pero igualmente significativos: Joaquín Pasos, Salomón de la Selva, Pablo A. Cuadra y luego Westphalen, Molina, Gangotena, etc. Ya existen muchos ensayos sobre vanguardia que recopilan sus manifiestos y textos programáticos. A mí me interesa más el entramado que se da por debajo de lo declarativo y el modo en que los ismos que vienen de Europa se “embarran” aquí, se reformulan. Así que estamos lejos de un traslado mecánico de esos ismos; lo que hay es debate y refutación. No nos olvidemos que el poeta nuestro, grande, de la vanguardia es un indio, Vallejo, quien expone sus diferencias con las modas y ortodoxias. En esta perspectiva, la poesía latinoamericana agrega a la búsqueda experimental un rasgo de identidad desglosado en indigenismo, criollismo, nativismo y negritud.




OP: En gran parte de la poesía de todas las épocas, el tema de los exilios se mantiene constante. Pero siempre es distinto de un poeta a otro, como en tu poesía…




JB: Todo exilio es desgraciado en tanto significa -como se ha dicho- un desterradero de identidades. No voy a repetir lo que significaba como sanción para los griegos, esa dislocadura de un hombre perdido para su comunidad y para sí mismo. Lo dijo Martín Fierro: “es triste dejar sus pagos/ y largarse a tierra ajena”. En mi caso el hecho de haber salido muy joven, con 23 años, le dio al hecho un vuelco en un sentido de intercambio, solidaridad, diálogo, aprendizaje. Esto lo conversé bastante con un exiliado emblemático, Augusto Roa Bastos, quien muy joven debió dejar el Paraguay. Decía que había ganado en experiencia, algo que no se le había dado luego como exiliado “diplomado”. En el mismo sentido, Cortázar instaba a trocar la diáspora en ágora, convertir el exilio en una “violenta y hermosa fuerza”. El destierro fue también un espacio de lucha, de denuncia contra la Junta Militar. El tema está en el poema “Exilio” y en muchos de mis textos; hay que tener en cuenta que el poeta se mueve en los márgenes y escribe desde el reverso del idioma; hace sus preguntas con una pierna colgando en el vacío…




OP: En el exilio se aprenden hasta los silencios del idioma …algo de esto decía Roa Bastos…




JB: A Roa lo visité en Asunción poco antes de que falleciera; me dijo: “escribo en el lenguaje del exilio… el exilio ha sido mi maestro”. En lo meramente social el transterrado reconstruye una solidaridad en los gestos del país que recibe. En el México hospitalario donde viví, además de la cohesión hacia el interior de la comunidad de exiliados argentinos, había ya una trama de destierros superpuestos: españoles, guatemaltecos, bolivianos, salvadoreños, uruguayos, nicaragüenses, chilenos, con quienes se desarrolló un sistema de cruces que multiplicó los elementos de intercambio. La solidaridad y el diálogo fueron sustanciales, más allá de lo que significa para uno la pérdida de su tierra. Pero ese desterradero de identidades, fue también para mí una energía.




OP: Recuerdo tu poema que define al lugar como "el animal más grande de la tierra"...




JB: Es un poema que habla de exiliados que “cargan sus pedazos de tiempo” y “clavan sus zapatos en el barro”. Dormimos en los huecos que dejan las pezuñas de un animal enorme, fabuloso, pero no lo sabemos. Habitamos un universo de lugares trastocados, por eso cada uno funda su lugar, su estar, algo que va más allá de lo meramente geográfico. Toca, más bien, cuerdas metafísicas. Por eso esperamos que alguien nos diga el camino; uno de sus versos dice: “¡Ah, si el silencio dijera sus lugares!”. Para traducir el libro sagrado de los guaraníes, el antropólogo alemán Kurt Unkel se sumergió en ese universo hasta convertirse en un “nimuendaju”, vale decir: “el que crea su propio lugar”. Y uno hace de su errancia, abrigo.




OP: Sordomuda es un libro que se edita en Costa Rica en el ´91 y parece señalar un punto de concentración lírica alrededor del tema de la poesía y el lenguaje. Hay un trabajo muy especial en este libro que encarna en el personaje de la pordiosera que “te muestra la lengua por sólo una moneda…” Y al final, en el poema “Burlesque”, esa misma lengua se transforma en “la punta de un iceberg”.




JB: La hechura de Sordomuda fue fatigosa, compleja. Mucho tiempo de corrección. Para mí corregir, más que rectificar, es ratificar aquello que se perfila como posible, pulir lo que está bien. Sordomuda fue un deshuesadero de percepciones, ideas, emociones e imágenes, que reformulaba continuamente. Uno cuando escribe el poema también lo va hablando, hasta un punto en que debe callarse porque empieza a hablar el poema. Conversé mucho con este libro. El tema es la poesía misma, aunque no sólo desde lo conceptual -como usualmente se ha tratado el asunto- sino de un modo más teatral, con personajes: esa niña pordiosera que me cuenta el mundo desde su mudez.




OP: Es como en una de esas historietas que te gustaban de chico…




JB: ¡Cómo no! Yo leía mucho a Oesterheld y las revistas Hora Cero y Frontera. Reconozco que en mi poesía hay influencia de la historieta; de hecho hay personajes -el domador de leones, los espantapájaros, la contorsionista, el motociclista, el luchador, el bufón del rey, el callado, las bestias- y por supuesto la Sordomuda. En el clima del comic yo incluiría la secuencia de un poema visual, con movimiento, como “Marimba” y varios de Sordomuda por el tono irónico, grotesco, tremebundo ligado a situaciones de aventura que, en este libro remiten expresamente a la creación. Hay algo de cuadro de historieta en algunos símbolos, como cuando la poesía, pordiosera o reina, aparece amarrada junto al poeta, espalda con espalda, en un campamento rodeado de centinelas.




OP:Tu último libro Palma Real ha logrado recientemente el VIII Premio Casa de América, en Madrid. La imagen de la selva, que a vos te acompaña desde hace años, logra en este libro una presencia profunda. ¿Qué hay en esa selva de la Palma Real?




JB: Palma real es la voz del follaje, de sus personajes; de esa selva que en lugar de crecer, imagina. La vida de las grandes urbes da un código rígido, cerrado, una jerga santo y seña que a ratos en lugar de hacer el diálogo más fluido, incomunica. Y que, primero que nada, aturden, no dejan expresar al silencio. Yo viví largos años en Costa Rica, y en algunos de sus lugares me atrapó el resoplido del silencio en medio de la hojarasca. En el libro trato de mostrar ese todo encaramado que es el bosque, cuya suma siempre da un número poderoso que se pudre en el día. En ese espacio, dan sus aforismos los pájaros y los reptiles, y Ana Frank camina sin miedo de la mano de Rimbaud.

El libro surgió en 1995 y le pude soltar la mano en 2008. Se inició en Dos Ríos de Upala, donde el poeta Norberto Salinas me regaló un laurel negro con el que hice con mis manos una biblioteca. A medida que iba trabajando la madera, sentí que entraban a mi casa todas las texturas del verde de lugares de gran exhuberancia: Corcovado, Tortuguero, Barra del Colorado, los bosques de La Tigra. En Monteverde, bien arriba, en la montaña, alguien escribió para el viajero “deja sólo tus huellas”…

Hans Magnus Enzensberger

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Hans Magnus Enzensberger:
Más Ligero que el aire (Leichter Als Luft)

Traducción de José Luis Reina Palazón
para La Pecera



Nació en Kaufbeuren (1929), en la Algovia bávara.
Más conocido por nosotros como ensayista crítico que como narrador o poeta, ha pensado su poesía como un instrumento que debe provocar y causar reacciones sociales. Alternó su polémica obra ensayística (Detalles, Política y delito, Migajas políticas, ¡Europa, Europa!) con la escritura teatral, la novela documental (Durruti, Interrogatorio de La Habana),  el documental cinematográfico y la poesía. Desde 1965 edita la revista alemana “Kursbuch”. Fue premio Büchner en 1963 y recientemente Premio Príncipe de Asturias.
 Ha traducido a César Vallejo al alemán.
En su poesía fue derivando, con lapsos de silencio prolongados,
 hacia un objetivismo épico o civil en la línea de Brecht o Kästner.
Para Enzensberger, lejos del concepto de “poesía pura”, el poema no cumple con un fin en sí, sino que se pone al servicio de otros fines: para lo cual, en alemán, se ha acuñado el término «Gebrauchslyrik».
 El sentido de la protesta y de la crítica frente a la ideología burguesa, se une a un tono “docto” que halla su expresión en las baladas ideológico-culturales de Mausoleum (1975). Este libro marca un hito importante en su obra. Surge tras un silencio lírico que duró más de diez años y en cuyo transcurso (1968)
proclamó la «muerte» de la literatura.





LÉXICO DE PAÍSES

Lástima del imperio del dragón Druk-Yul *,
del que sólo muy pocos saben dónde está situado,
y de la República del Salvador
con sus veteranos comandos paramilitares;
verdadera lástima de la desesperada, democrática y
popular República de Argelia;
lástima también, aunque por otras causas,
de la Confederación Helvética,
que está cubierta de extractos de cuentas y jeringuillas -
preocupaciones que no hay que confundir
con las plagas de la Morada de la Paz**
y de la República de los Hombres Honorables***;
lástima, eternamente lástima de la República Federal
de Yugoslavia, incluidas sus antaño
autónomas regiones cubiertas de melancolía;
lástima aunque sea por otras causas,
de los Estados Unidos de América
y de los numerosos habitantes de los mismos,
que se abrazan, cada uno por su cuenta, acechando
en su garage, a su totalmente personal escopeta de caza;
¡ lástima, en nombre de Dios, de Abú Dhabi Dubai Scharja
Ra el-Khaima Fujaira Um al-Kaiwain und Ajman,
los  Emiratos Árabes Unidos ! lástima también,
lástima, aunque en menor cantidad
de la República Federal Alemana y Micronesia,
sí incluso de la Serenísima República de San Marino,
bajo sus tiendas de recuerdos suspirante,
de la inconsolable Democracia Helénica
y del ímprobo y probado Medinat Yisr´aél;
por no hablar de la inmensamente trastornada
Federación Rusa
y el aún más inmenso
Zhongua Renmin Gonghe-guo****;
y ay, ay, de la roja, verde, color de barro
República Ruandesa con sus 6 211 518
habitantes restantes, así como de muchas otras
en regiones con sambenito y cilicio
en las que raramente pensamos.

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*Druk-Yul = Bhutan;
**Morada de la Paz = Myanmar, früher Burma;
***República de los Hombres Honorables = Burkina Faso; Medina Yisr´aél = Israel;
****Zhonghua Renmin Gonghe-guo = China.



HONG KONG  1997

¿ Habeis visto a los constructores de esta ciudad
esos acróbatas analfabetos
que se suben al cielo en andamios de bambú ?
¿ Habeis comprados los pantalones más baratos
del mundo y dormido en las camas más caras ?
¿ Habeis tosido en el humo del templo,
olido los diluvios de perfumes,
que suben de las cloacas ?
¿ Habeis visto el traqueteo en los garitos de juego
y los aullidos en la bolsa los habeis oido ?
¿ habeis visto los turistas,
cómo se refriegan los ojos,
agotados del shopping, gigantes gambas rosas
detrás del cristal oscuro de sus autobuses ?

No, esta ciudad en la que se marchitan cien flores
no puede existir. Eso es una fantasmagoría,
una alucinación, una falsificación,
una ópera de ciencia ficción, una maravilla movediza.



AESCULUS HIPPOCASTANUM

Cuán pequeño eres, qué infantil en comparación
a su majestad, y ella es rica en la ocasión.
Millones de gorritos blancos reparte por ahí,
discretamente manchados de amarillo y carmesí.

Mucho más tarde oyes cómo fuera estalla
un débil, sordo sonido en el asfalto, bayas
de verdes estrellas matinales. En el erizo
blanca piel, de la que a ti rodar hizo

brillo y esmalte, enigmáticos y veteados,
de un ombligo gris argénteo tocados,

y tú te inclinas y simplemente vas a tomar
lo que nadie puede comprar y todos tener,

el pequeño, perfecto regalo brillante.
Y joven. Sólo tú eres viejo y gigante. 





LA GRAN DIOSA

Ella remienda y remienda,
encorvada sobre su huevo de zurcir,
un final del hilo entre los labios.
Día y noche remienda.
Siempre nuevas carreras, nuevos agujeros.

A veces cabecea,
sólo un momento,
un siglo entero.
De repente despierta
y remienda y remienda.

¡ Qué pequeña se ha vuelto,
pequeña, ciega y arrugada !
Con su dedal tantea
los agujeros del mundo
y remienda y remienda.

Cómo se hace un cuadro. Abel Robino en Torrefactum'09, España

Abel Robino invitado a Torrefactum'09, Simposio de Arte Contemporáneo de Torrecillas en Cameros (La Rioja, España) Abel Robino, poeta y artista plástico, nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1952. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de La Plata. Es Master en Artes Plásticas. En 1982, las circunstancias históricas lo forzaron a exiliarse en Francia, donde reside actualmente. Su obra poética publicada comprende los siguientes libros: Obsesión (1978), Las especies de la noche (l982), El estado de la quietud (1986), Hiel por hiel (1997) y Poemas (2004). Como artista plástico ha expuesto en varios países de América y Europa, entre ellos: Argentina, Brasil, Cuba, Francia, Bélgica, Alemania y Suecia....