Poesía de la Argentina de entresiglos

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“Pasajeros aliviados de la muerte”


Poesía de la Argentina de entresiglos


(1980-2008)

Osvaldo Picardo[1]
I. Cuando la narrativa defiende a la poesía
Desde los años ochenta del siglo XX, la vitalidad demostrada por la poesía argentina ha sido notable en contra de toda previsión pesimista por las sucesivas crisis políticas y económicas de la postdictadura. Podría hasta exagerar, sin demasiado margen de error, afirmando que mientras que la dictadura militar (1976-1983) afectó la capacidad de historizar e inmovilizó y hasta amordazó a la narrativa, la poesía salió casi intacta del mismo proceso, aún teniendo en cuenta la cantidad de poetas exiliados, muertos y desaparecidos en aquellos años de terror.
No fue tan extraño que, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, del año 2008, el escritor Ricardo Piglia, desde el campo de la narrativa y el ensayo, eligiera el tema de la poesía para un significativo discurso inaugural[2]. No era para menos, cuando una de las máximas distinciones en el mundo de habla hispana acababa de ser otorgada a uno de los grandes maestros de la poesía, Juan Gelman[3].
Sin embargo, estas reivindicaciones no dejan de ser contradictorias, porque en el mercado editorial y en el ámbito de los medios de prensa gráficos y audiovisuales, la narrativa sigue siendo el género dominante para el gran público.
La historia de este fenómeno tiene su inicio en el Buenos Aires de los ´80, con la aparición feliz de la democracia. Si bien alcanzó a la música, la narrativa y el teatro, fue principalmente en la poesía donde obtuvo su mayor impacto movilizador. A pesar del desaliento de nuestras repetidas crisis, se multiplicaron talleres y revistas acompañando el boom de las pequeñas editoriales y la irrupción tecnológica de internet.
Todo este proceso no tuvo un aumento proporcional de un público lector, ni de las políticas que lo alentaran. Al contrario, se produjo un doble movimiento; por un lado, la histórica concentración en la ciudad de Buenos Aires que ignora o ensombrece lo que se produce en el interior del país[4]; y, por otro lado, el estallido de la recepción al dispersarse los pocos lectores tradicionales y transformarse en efímeros espectadores de cafés literarios o solitarios navegantes de la red.
Ya el poeta salteño Santiago Sylvester, en una reciente nota[5], se remonta a 1824, a nuestra primera antología, para señalar, sin margen de duda, que desde entonces hasta las modernas historias de la literatura como la de Martín Prieto[6] , existe “la costumbre ya asentada de decir “poesía argentina” para referirse, sin conciencia de la limitación, a la poesía de Buenos Aires y su zona de influencia”.
En cuanto a esto, la necesidad de alumbrar otras geografías más allá de la ciudad de Buenos Aires tiene una dimensión como la señalada por Sylvester, pero además se hace más intensa al extender el dominio de lo impreso, a las cada vez más comunes prácticas sociales y mediáticas, por las que los poetas salen de su rincón, se agrupan y se relacionan con el espacio público a través de las cuantiosas presentaciones de libros, las no menos numerosas performances, talleres en hospitales y cárceles, etc. Son prácticas que se inscriben en lo que se viene observando como un proceso de “democratización de la creatividad” y que, muchas veces, ha servido mezquinamente a fines políticos y de consumo.
Los intentos por remediar o paliar las circunstancias han llevado también a cambiar los discursos poéticos y sus formas de escritura. Los cambios de la historia alcanzan ya los registros y paradigmas de la subjetividad: son cambios en la manera de sentir (fingir y pensar) la vida y su realidad.
2. Bajo la niebla de la postdictadura
Como se verá, el mapa de entresiglos se nos desdibuja bajo la niebla y entre llamativos cambios y contradicciones.
Si algo ha venido caracterizando a la poesía argentina de entresiglos, es tanto su resistencia a desaparecer como la inmensa diversidad de tonos, voces y modelos a los que responde la no menor cantidad de libros publicados y la mayoría de ellos con muy precaria circulación.
Pero esa diversidad ha caído bajo cientos de intentos clasificatorios que se reconocen parciales y reduccionistas. Todos saben que el encuadre de la diversidad, disuelve las diferencias y hace que ésta deje de ser lo que era. Un ejemplo es cómo a finales de los años ´80 se fueron esbozando varías clasificaciones teóricas tales como neorrománticos, objetivistas y “neobarrosos” [7] que llamativamente no alcanzaban nunca a abarcar a una mayoría de poetas a quienes se los dejaba descatalogados justamente por ser “independientes”. Acertadamente esto lo ha señalado el poeta y crítico de cine Héctor Freire cuando afirma que “hay poetas que no pueden encasillarse en una determina línea poética”, y enumera a modo de ejemplo a escritores de la talla de Luis Tedesco, Mario Sampaolesi, Esteban Moore, Luis Benítez, Abel Robino, Alejandro Schmidt, Rogelio Ramos Signes, Ricardo Costa, César Cantoni, Hugo Mujica … La conclusión no puede ser más que la evidencia misma de que “en los 80 conviven varias líneas o direcciones, varias revistas o publicaciones, y ninguna escuela determinada.” [8]
Por otro lado, las grandes líneas poéticas trazadas durante esos años ya habían sido individualizadas en las décadas anteriores, como la llamada “poética del desencanto”, o bien la poesía que, en 1981, Santiago Kovadloff caracterizaba por su “lenguaje conjetural, intencionalmente balbuceante y sagazmente contradictorio”[9]. También, entonces, la voluntad de mostrar las diferencias con la poética anterior obligaba a frases exageradas como: “ahora los poetas escriben para saber qué quieren decir”...
Lo cierto y consabido es que a comienzos de los ochenta, ya estaba la revista “Ultimo Reino” que dirigía Víctor Redondo y que, según los poetas nucleados en ella, “retoma (reinventa) los aspectos fundamentales del romanticismo, sobre todo del alemán”. En esos años aparecen tres revistas más[10]: “Xul” que dirigía Santiago Perednik con una línea de relectura de la vanguardia y del experimentalismo; la siguiente revista “La Danza del Ratón” fue dirigida por Javier Cófreces y Jonio González.
El poeta y plástico, exiliado en Francia, Abel Robino junto a Bernardo Schiavetta[11] intentó definir esta revista a partir del “registro coloquial del lenguaje” así como de la distancia con “toda preocupación trascendentalista” que se leían en sus páginas. Algunos otros críticos han querido ver en la labor inicial de la misma, el antecedente del objetivismo “que se define con mayor precisión a partir de 1986 con la aparición de “Diario de Poesía”…”[12]
Estas tres revistas eran nuevas pero no las únicas, porque coexistían con publicaciones anteriores como “El Ornitorrinco”, aparecida en 1977 y dirigida por el escritor Abelardo Castillo, que dio cabida a la famosa polémica “Exilio y Literatura” con Julio Cortázar.
El valor de estos esfuerzos reside en que lograron constituir un ambiente para la restauración del sistema, que la dictadura había quebrado. Miguel Gaya, desde La Danza del Ratón, lo describía certeramente: el poeta estaba “solo frente a su propia voz”. Con la democracia, se reconstruyen relaciones y espacios donde es posible discutir y hablar de la poesía. Vuelve a circular un corpus de autores silenciados y marginados al olvido como Juan Gelman, Juana Bignozzi, Joaquín Giannuzzi, Francisco Madariaga, Leónidas Lamborghini, Olga Orozco, Hugo Gola, Mario Trejo, Roberto Juárroz, Gianni Siccardi, entre otros muchos. En el mismo sentido, fue valioso el hecho de las múltiples lecturas públicas. Lo pudimos ver en 1984, cuando Diana Bellessi organizó uno de los más ambiciosos ciclos de lectura en el Centro Cultural San Martín, que convocaba poetas de todos los puntos del país y de todas las generaciones y poéticas.
Ese trabajo titánico de reconstrucción del ambiente poético y de ediciones y reediciones, aún hoy no ha concluído y hay un largo camino por recorrer. Sólo recién en 1998 se editó Despedida de los ángeles, una selección de poemas de la obra de Miguel Ángel Bustos, realizada por el poeta Alberto Szpunberg para la editorial Libros de Tierra Firme. Y recién en 2007, se publica el libro editado por la SEA (Sociedad de Escritores y Escritoras de la Argentina) “Palabra viva. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974-1983.”
Las infinitas contradicciones de la historia hicieron que Víctor Redondo fuera el presidente de la institución encargada del esfuerzo por reunir y editar ese libro. El poeta neorromántico y director de Último Reino había sido duramente tratado por las polémicas acusaciones que se le hicieron a la revista, principalmente desde Xul, asociando equívocamente el discurso poético del neorromanticismo a la dictadura militar.
El caso no está lejos de ser una clave para entender la euforia de los ochenta y la frivolidad de los noventa: tanto como se puede observar en esa polémica como la que luego sobrevendrá entre objetivistas y neobarrocos, estaba ya instalada la sospecha política y una profunda crisis de la subjetividad individual y social, como una de las consecuencias inmediatas de los años de plomo. Va en este sentido la interpretación de Jorge Monteleone[13], para quien la poesía de principios de los ochenta estuvo marcada por un lenguaje culposo que se debatía entre la corrupción de la mirada y la desconfianza en el discurso. De ahí que revistas como Último Reino alimentaran la idea de un lenguaje imposible, y otras como Xul recurrieran al concretismo y lo visual en un intento de materializar lo no dicho, lo negado y lo desaparecido.
Las interpretaciones abundan desde mediados de los ochenta, tanto como los balances y retrospectivas concitados por el arribo del nuevo siglo.
Detrás de las clasificaciones prefabricadas de neobarrocos, objetivistas, neo-realismo, noventismo, etc. se ocultaron consensos y criterios de selección que, la mayoría de las veces, sólo buscaron consolidar una poética con que se identificara a un grupo que fuera, más o menos, funcional o “amigo”; fue así que se terminó construyento una nueva “literatura” institucional, que, todavía hoy, en Buenos Aires, comprende lo tratado como “literatura” tanto en la Universidad en general como en los suplementos literarios.
Las reflexiones que Daniel Freidemberg hace en el libro “Tres décadas de poesía argentina. 1976-2006”[14], confirman la existencia de un consenso selectivo que propició esa “literatura”. Habiendo sido también Freidemberg uno de los fundadores de Diario de Poesía y por lo tanto, protagonista en la construcción del aparato, sus palabras adquieren el tono de una especie de conclusión de época: “El propio concepto de “literatura” o la idea de qué se puede esperar de la literatura cambia en los ochenta, para ser otra cosa distinta...” afirma Freidemberg, y agrega que se establece un “aparato de órdenes de lectura” que al imponerse funcionó “como suelen funcionar las vanguardias en el poder: nada que les resulte ajeno entra en el campo de lo que se puede llamar “literatura”, todo lo que participe de la onda viene ya con un handicap alto, aún pavadas o imposturas que, si no contaran con esa autorización, nadie las iba a considerar seriamente”.
Esta forja de un aparato de órdenes de lectura incluiría la antología “Monstruos” y otras muchas publicaciones hasta el “Boceto Nro. 2...” que Daniel G. Helder y Martín Prieto publican en la revista de Beatriz Sarlo (Punto de Vista), en 1998. Sin embargo, el consenso establecido para una nueva concepción de la literatura es anterior. La recepción que se hizo de la poesía de Joaquín Giannuzzi en los años 80[15], así como la de muchos otros poetas precedentes (Juan L. Ortiz, Alberto Girri, Raúl G. Aguirre, Juan Gelman, etc.) intentaba la apropiación del modelo poético bajo la óptica del autodenominado objetivismo. Es correcto lo que dice Carlos Battilana[16] refiriéndose a la labor importantísima de Diario de Poesía que estableció “un programa de lecturas, un canon y un modo de concebir la poesía y la crítica”, pero dejaron afuera necesariamente la valoración de ciertas tensiones, principalmente reduciendo lo emocional a los márgenes y a las contradicciones supuestamente extorsivas y cómplices de un sentimentalismo tanto social como intimista[17]. La construcción -más que de un neo objetivismo- de una subjetividad colectiva y generacional fue de la mano de las operaciones criticas que imponían una escritura de “la aprehensión del Zeitgeist” para medir “su coeficiente artístico”[18]. Las consecuencias inmediatas llegan hasta el punto de sentir y descalificar por demasiado literarios y cultos a poetas como Girri o al mismo Gelman.
Ante el irresuelto mandato, queda poco margen para descubrir el modo propio de lectura al que invitan los poemas de conocidos y desconocidos, fundamentalmente desde su especificidad poética. Es decir, desde esa otra manera de escribir que no se produjo únicamente para ser leído de acuerdo con claves generacionales o de grupo, sino por una necesidad imperiosa de la existencia o por la extraña energía que libera la palabra poética.
3. La novedad envejecida
Pero ¿qué es lo que se mantiene constante a lo largo de estas últimas décadas? ¿Qué es lo que perdura de acuerdo a la famosa definición de “Literature is news that stays news”, la novedad que sigue siendo novedad?
Actualmente, estamos ante un cierre de etapa, una vuelta de hoja que está por leerse.
En primer lugar, puedo arriesgarme a decir que la etapa de la posdictadura, en lo que respecta a la poesía más que en la literatura y en otras artes, entra en la agonía de su fin, aunque sus consecuencias sobre la subjetividad sigan estando presentes, ya sea como reacción o acatamiento a lo político y lo cultural del presente.
Los primeros síntomas podemos leerlos en la producción incoativa de los poetas de los noventa, compuesta en su mayoría por escritores de Buenos Aires, que crecieron durante la dictadura militar, vivieron su adolescencia durante el alfonsinismo posterior y publicaron durante el menemismo final. Hoy son “jóvenes” que tienen más de 40 años.
En 1995, Daniel Freidemberg, publica la primera antología que los reúne[19], allí habla de “un cambio, algo todavía difícil de precisar pero nuevo...” Intenta definirlo con el término “fisura”, en su doble significado (el convencional de “grieta”, y el del cronolecto de los ´90, “estar deshecho”, “cansado”). Nota en ellos un trabajo del lenguaje, en busca de nuevas y audaces posibilidades, “libre ya del deber de cumplir con cualquier otra función”. Pintan un clima, en que se da el registro violento, sarcástico o cínico de un mundo deslucido, corren el “riesgo de caer en la simpleza, la insignificancia y la literalidad”. Muchos de esos poetas caben dentro de estos lineamientos generales, tal es el caso de Fabián Casas, Martín Gambarotta, Washington Cucurto, etc. Pero otros parecen estar por desarrollar una estética vinculante con la tradición literaria como es el caso, entre otros, de Beatriz Vignoli.
Sólo al comparar la “poesía en la fisura” de Freidemberg con el “espectáculo” que la continúa, años después, podemos delimitar mejor el campo textual del que muchos otros jóvenes fueron excluídos. El libro "Monstruos. Antología de la joven poesía argentina" [20], donde el poeta Arturo Carrera es el antólogo, completa como contrapunto la novedad de ese fin de siglo.
La propuesta de esa poesía no es una relación apacible con el lenguaje o con el mundo. Se había hecho carne la influencia viva de un poeta importantísimo de los años ´50, Leónidas Lamborghini (1927), que aconsejaba para su poética "asimilar la distorsión y devolverla multiplicada" entre la risa y el grotesco, mediante un acercamiento a "lo trivial de las hablas", al "sermo plebeius". Esta tendencia marca dos grandes espacios de escritura en el corpus de Arturo Carrera: a) los que responden a la distorsión plebeya (Gambarotta, Cucurto, Alejandro Rubio, Daniel Helder, etc ); y b) los que no responden, sino por “diferencias” en el tratamiento del lenguaje y del objeto poético (Guillermo Piro, Silvio Mattoni, Sergio Raimondi, Edgardo Dobry, etc).
El poeta Emiliano Bustos (1972), de la misma generación, ha observado que “el último tramo de los ´90 es verdaderamente rico, y le agrega al aire general, al menos, un riesgo lúdico para salir del árido planteo inicial, de la yerma pensión realista...” [21] Nos remite a dos gestos generacionales: realismo y juego. Ese realismo es gesto/impostura. “Existe en los ´90 poéticos, en su aire general, - continúa Bustos- un paso hacia la prosa, lento, definitivo, del que sólo se vuelve como espía”. Esta observación es muy intuitiva y certera. La distorsión plebeya como dominante en la poesía hace, por ejemplo, que un verso convencional como “el viento tañe entre las hojas” funcione de impostación sarcástica, marcando las diferencias entre la escritura espía y el convencional lenguaje poético. La intención está en evitar que el lector prevenido, la tribu, pueda identificarlo con la conciencia pequeño burguesa. La escritura es así copia y versión antilírica, parodia sin tragedia, felicidad sin pasión.
La aparente apatía de la poesía de los ´90 no consiste en liquidar los sentimientos sino en oponerse a la espontaneidad de la pasión. Hay un consenso general de que esas pasiones que iban del amor libre hasta el compromiso revolucionario, se agotaron junto al modelo subjetivo de los padres y abuelos. Lo político definido como recorte parcial de la experiencia, hoy es, a diferencia de los años ´60 y ´70, una materia opinable y difusa, que carece de la profundidad ideológica para construir la experiencia vital y literaria de la época.
4. Radar en la tormenta
La poesía, sin embargo, sigue demostrando una vitalidad increíble en tiempos tan difíciles como los que señalaba Ricardo Piglia; resistida, como lo fue siempre, por el mercado y resistiendo volverse mercancía, abre en el vértigo de la vida moderna un espacio íntimo y verdadero, “la poesía está en el límite”, casi cayendo del otro lado, circulando por donde puede: busca laderas, grietas y nuevos cauces. Aparece donde nadie la esperaba y nos sorprende con títulos y autores.
En el último año, la Editorial Adriana Hidalgo rescató a Arnaldo Calveyra (1929), poeta entrerriano radicado en París desde 1960. La misma editorial tiene, ahora en prensa, la obra reunida de Diana Bellessi, con casi 1.200 páginas. Se prepara también la edición de Palma Real, el libro con el que Jorge Boccanera obtuvo el VIII Premio Casa de América. Ediciones del Dock nos regaló "Un arte callado", el libro póstumo de Joaquín Giannuzzi (1924-1984). Salieron libros de Arturo Carrera, Javier Cófreces, Alejandro Nicotra, Irene Gruss, Javier Adúriz, Alejandro Schmidt, una antología de poetas mujeres de las últimas generaciones, etc. Avasalla la innumerable cantidad y variedad de la poesía en Argentina.
La época de entresiglos ha dado inicio a una labor inexhausta por recomponer una tradición siempre inconclusa y en debate. A ello han contribuído las editoriales universitarias como la Editorial de la Universidad Nacional del Litoral que ha publicado recientemente la obra de Hugo Padeletti, o las editoriales “independientes” como Último Reino, Libros de Tierra Firme, Ediciones del Dock, Alción, Recovecos, del Copista, Martin, Ciudad Gótica, etc.
Del mismo modo, se han empezado a consolidar las publicaciones alternativas como la ya conocida Vox de Bahía Blanca, o el caso de Cuadernos Orquestados: una colección de plaquettes que comienza en el año 2005 y que dirige Abel Robino, con edición artesanal de Ernesto Girard. Al mismo tiempo que la edición gráfica, se publica su versión virtual en la red realizada por Fernando Orellana. Este tipo de publicaciones reúne poetas de una cierta trayectoria, de distintas generaciones, relacionados, en este caso, con la ciudad de La Plata. Entre los poetas publicados están Horacio Castillo, César Cantoni, Horacio Preler, Rafael Felipe Oteriño, etc.
El panorama de las ediciones es de una extensión tan inmensa como lógicamente desatendida por ser casi inabordable. Por eso mismo, muchas veces se acude a las antologías aunque nunca dejen de ser arbitrarias y caprichosas. Sin poder quebrar, lamentablemente, esa regla señalaré la antología que acaba de publicar Ediciones en Danza. Esta editorial que está integrada por la gente de la revista La Danza del Ratón, ha venido destacándose por la publicación de poetas habitualmente soslayados o inéditos. Así lo han hecho con el sanjuanino Jorge Leonidas Escudero (San Juan, 1920), con el pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz (Santa Rosa, 1932), con la santafecina Beatriz Vallejos ( Santa Fe, 1922-2007) y también con José Luis Mangieri ( Bs.As., 1924), recientemente fallecido y que llevara adelante otra de las históricas editoriales de poesía, Libros de Tierra Firme.
Última poesía argentina (2008) es la antología de este sello más recientemente publicada en el país. Su principal criterio fue seleccionar poetas argentinos nacidos después de 1977, un punto de arranque significativo para señalar una etapa generacional de los nacidos y formados durante y después de la dictadura, “la generación de los hijos de los desaparecidos”. El recorte cronológico nace de una sospecha de novedad, que me permite pensar en lo expresado anteriormente sobre el cierre de la etapa posdictatorial y el inicio de una escritura distinta y sin ruidos de fondo.
Los compiladores son también poetas: Gabriela Franco (1970), Eduardo Mileo (1953) y Javier Cófreces (1957). En un breve y modesto prólogo que no propugna ninguna escuela, hablan del esfuerzo que debieron hacer para seleccionar los 32 poetas antologados de entre más de 300 de todo el país. "El recorrido -explican- que ofrece la selección final no pretende establecer una tendencia estética única o representativa, sino, por el contrario, dar cuenta de la pluralidad y riqueza de las voces que están produciendo hoy poesía ".
Sería muy valioso detenerse en un estudio más pormenorizado que el que podemos hacer ahora, pero señalaré rápidamente algunas coincidencias y diferencias de época En primer lugar, hay multiplicidad de temáticas y estilos, aunque continúa predominando, no obstante, un realismo icónico en que se dan cita obligada lo degradado y lo trivial, lo rantifuso y kitsch. Y aunque “no hay afán por construir una épica” no se huele aquel gesto/impostura que señalara Bustos, ni tampoco un rechazo al registro reflexivo o culto. Tampoco existe, usando una nominación de los noventa, una voluntad “antiprímula” que evite los elementos de la naturaleza, privilegiando únicamente lo urbano.
La lista de los poetas incluidos nos revela algunos nombres conocidos y otros no tanto: Florencia Abadi, Mariano Blatt, Guillermo Bravo, Nicolás Cambón, Martín Carlomagno, Soledad Castresana, Javier Foguet, Natalia Fortuny, Griselda García, Carlos Godoy, Sebastián González, Adriana Kogan, Rosa Lesca, Juan Esteban Linares, Laura Lobov, Silvia Mellado, Gabriela Milone, Guadalupe Muro, María Cecilia Perna, Paula Peyseré, Martín Pucheta, Gonzalo Quevedo, Noelia Rivero, Martín Rodríguez, Josefina Saffioti, Victoria Schcolnik, Eugenia Segura, Dante Sepúlveda, Mariana Suozzo, Alejandro Villamañe, Germán Weissi y Guadalupe Wernicke.
Hasta acá he llegado. Seguramente muchas de mis afirmaciones puedan ser revisadas y corregidas, pero el espíritu que las ha animado fue el de entender y comprender, a la distancia, la escritura de poesía para inmensas minorías, su difícultosa y a veces imposible edición y su útopica lectura. Son estos los ideogramas dibujados en el agua de una época entre dos siglos y después de una infame dictadura.
Alfredo Veiravé (1928-1991) tiene entre sus bellísimos poemas, uno que él mismo usaba muchas veces para despedirse y que suena hoy con el mayor de los sentidos. El poema es “Radar en la tormenta” y dice así:
Y alguna vez, no siempre, guiado por el radar
el poema aterriza en la pista, a ciegas,
(entre relámpagos)
carretea bajo la lluvia y al detener sus turbinas, descienden
de él, pasajeros aliviados de la muerte: las palabras.
Mayo 2009, AECI,Madrid.

[1] Osvaldo Picardo es Argentino, poeta, traductor, editor y crítico literario. Fundador y director de la revista cultural La Pecera. Su último libro publicado es Pasiones de la línea (Ed. En Danza, Bs.As. 2008)
[2] Ricardo Piglia (1940) es el autor de Respiración artificial y Plata quemada entre otras novelas. Fue invitado a inaugurar la 34ta. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde dio un discurso en que defendió encendidamente a la poesía.
[3] El poeta argentino Juan Gelman (1930) recibió el Premio Cervantes correspondiente al año 2007. Gelman, de 77 años, se impuso por mayoría del jurado, entre inmejorables candidatos como Gabriel García Márquez, Nicanor Parra, Mario Benedetti, Juan Marsé, Juan Goytisolo, Ana María Matute, Antonio Muñoz Molina y Blanca Varela.
[4] Según la Cámara Argentina del Libro, en el 2006, “el 64 por ciento de las editoriales se concentra en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; el 17,5 por ciento tiene sede en la Provincia de Buenos Aires y el 18,5 por ciento restante se halla en el interior de nuestro país”.
[5] El país amputado . Clarín, suplemento literario Ñ del Sábado 30 Agosto de 2008, Bs.As., Argentina.
[6] Breve historia de la Literatura Argentina, Taurus, Madrid, 2006
[7] Freidemberg, Daniel «Poesía argentina de los años 70 y 80. La palabra a prueba», Cuadernos Hispanoamericanos, 517-519, julio-septiembre 1993, Madrid, p.139-143. Dice: “resumido, éste era el panorama poético que describí a principios de 1988: a) una extrema diversidad de poéticas, una proliferación de individualidades en la que apenas podían distinguirse, a lo sumo, algunas grandes direcciones; b) desde hacía cuatro o cinco años, la ausencia de cualquier movimiento con una propuesta definida (más exactamente: desde que los integrantes del grupo Último Reino abandonaron la cohesión en torno de cierta actitud que había sido caratulada como «neorromántica»); c) el fenómeno literario y periodístico-cultural del neobarroco; d) la incipiente emergencia de una suerte de «objetivismo» sustentado en el discurso de la prosa y el tono impersonal («un lenguaje despojado de artificios, donde lo poético no es evidente y debe ser buscado»); e) una heterogénea cantidad de elaboraciones de la herencia del coloquialismo de los años 60, ya libres de excesos confidenciales o sentimentales, de efectismos y de la creencia ingenua en la posibilidad de transmitir inmediatamente un sentimiento o una idea”.
[8] Freire, Héctor: Poesía Buenos Aires de los 80. En La Pecera, 12, Ed. Martin, Mar del Plata, 2008
[9] Gruss, Aulicino, Boido y otros Lugar Común, Selección y prólogo de Santiago Kovadloff , Ediciones El Escarabajo De Oro , 1981, Bs.As.
[10] Para un mejor panorama, aconsejo remitirse como ya señalamos al ensayo de Freire. También al primer capítulo de Jorge Fondebrider en Tres décadas de poesía argentina, 1976-2006, Libros del Rojas, Bs.As.2006.
[11] La poesía argentina de hoy, en Río de la Plata, París, Nro. 7, 1988
[12] Genovese, Alicia: La doble voz. Poetas argentinas contemporáneas, Ed. Biblos, Bs.As, 1998, pág. 45
[13] “Una mirada corroída-Sobre la poesía argentina de los años ochenta”, Jorge Monteleone, Ed. de Belgrano, 1998, en Revista Paradoxa, 7, Rosario, 1993. Ver también “Culturas del Río de la Plata, Vervuert Verlag, Frankfurt, 1995
[14] Tres décadas de poesía argentina, 1976-2006 Op. cit., págs. 143-184
[15] Ver para este tema “Polémicas de la poesía argentina” en La Pecera Nro 4, Ed. Martin, Mar del Plata, verano 2003; y también “Una lectura errónea” en la revista La Pecera Nro. 7, Ed.Martin, Mar del Plata, otoño 2004
[16] “Diario de poesía: el gesto de la masividad” en Violencia y Silencio. Literatura latinoamericana contemporánea de Celina Manzoni (ed), Ed. Corregidor, Bs.As. 2005, p.160
[17] Esto mismo lo he explicado en Carta de Buenos Aires, en Cuadernos Hispanoamericanos, 703, enero 2009, Madrid, págs 53-58.
[18] Helder y Prieto en un artículo conjunto afirman sobre la poesía denominada del noventa: “su coeficiente artístico no deberá medirse… por su nivel cultural o por el largo de sus raíces en la tradición, sino más bien por su grado de aprehensión del Zeitgeist…”. Boceto Nro 2 para un…de la poesía argentina actual”, en Punto de Vista, Nro 60, Bs.As. abril de 1998.
[19] “Poesía en la fisura” , Ediciones del Dock, Bs.As. 1995
[20] Selección y prólogo de Arturo Carrera. Presentación de José Tono Martínez., Buenos Aires, F.C.E, 2001
[21] Hablar de Poesía, Nro. 3, junio 2000.

Oro nestas piedras - fragmento del documental sobre el poeta Jorge Leonidas Escudero

Oro nestas piedras es un largometraje en formato digital . El rodaje se realizó durante dos viajes a San Juan, en diciembre de 2005 y enero de 2007. Durante esos días se registró al escritor en su cotidianeidad, conversando en su casa y en el bar con sus amigos, haciendo sus recorridos habituales y leyendo sus textos. Como la obra de Escudero está fuertemente arraigada en la oralidad, su voz -hablando y leyendo- es el hilo conductor de la película. Directores: Cristián Costantini, Leandro Listorti, Claudia Prado Entrevistas: Cristián Costantini, Leandro Listorti, Claudia Prado, Leticia El Halli Obeid Cámara: Leandro Listorti, Leticia El Halli Obeid Edición: Cristián Costantini, Leandro Listorti, Claudia Prado Sonido: Luciano Fusseti Música: Santiago Arias, Andrés Hayes, Tomás Lebrero, Jano Seitún Diseño: Julieta Rocco blog: www.oronestaspiedras.blogspot.com