Carta de Buenos Aires

por Osvaldo Picardo [1]

Estimado amigo, vivimos extraños dilemas. No hay más remedio: la literatura necesita de lectores y hay que llamar la atención de la manera que sea. Poco importa que vivas en Mar del Plata, como es mi caso, en Buenos Aires o en la isla de Crusoe.

Con los Blogs, el YouTube, o el Facebook la fama parece una linda vecina que golpea a la puerta. Y esa puerta también te abre un escape a la crisis económica, una escalera contra incendio que te lleva a la isla Neverland de los escritores.

Hoy como nunca es posible encontrar casi a todos los narradores y poetas argentinos en algún sitio web. No sólo su obra sino también el más incipiente pensamiento canturreado bajo la ducha de la mañana. Hay quienes ya los llaman “la Generación Google”, por sus habilidades en materia informática y por el peculiar estilo que impone la cultura de la pantalla.

Esta clase de fenómenos tecnológicos también seduce con promesas de vendedor ambulante: promesas que tienen más de aventura de una sola noche, que del amor constante más allá de la muerte...

Veo a diario cientos de escritores, éditos e inéditos, en el océano de los gigabytes, apostando a que sus botellas de náufragos no sólo sean halladas sino también justificadas y valoradas. Construyen así la maquinaria de la autorreferencia y desnudan una intimidad, ahora pública, inmediatista y lustrosa como bajo los efectos del Photoshop.

¿Es una vuelta al autor? Se preguntan amigos, críticos y editores, ahora renegando del otrora amadísimo Roland Barthes, que en los años 60 había decretado la muerte del autor y el grado cero de la escritura.

¿Un regreso, entonces, en primera persona y libre ya de la cárcel del papel o de sus aparatos mercantiles? ¿Una resurrección del viejo demiurgo y de un olvidado arte de la palabra…? Usted, estimado amigo, sabe que no es así. Nadie queda embarazado ni tampoco satisfecho con el scriptus interruptus de tanta pantalla navegada. Mostrarse y hacerse ver sigue siendo tanto o más importante que dejarse leer. Pero “dejarse leer” era una virtud de la literatura. Agregaremos: Una virtud difícil de conseguir que no significaba ni concesiones ni simplificaciones al gran público.

Hubo en Argentina –ciertamente aún los habrá- poetas que se dejaban leer. Gianni Siccardi (1933-2002) supo enseñarnos, con su finísimo humor, que existía una ineludible diferencia entre desnudar una emoción y quedar “en bolas” ante la gente. Lo decía pausado, más bien bajo, solamente para los entendidos en nudismo.

Nunca creyó de sí mismo ser un poeta importante. Sin embargo, compartió noctámbulos bares y vespertinas salas con Juan Gelman o César Fernández Moreno. Fundó cuatro revistas de poesía. Dedicó una buena porción de su tiempo a enseñar la música y el silencio entre palabras. Fue traductor y prologuista de memorables antologías como la de Eugenio Montale y Salvatore Quasimodo, preparadas para el Centro Editor de América Latina. Tampoco produjo una obra innumerable: “Poesía junta” (1960), “Cinco poetas” (1961), “Travesía” (1967), “Ella” (1989), “Fragmentos” (1995), “Ella y otros poemas” (1999) y “El mirlo” que apareció dos años después de su muerte.

Sin embargo, el mundo de este poeta adquiere una levedad envidiable, en el punto justo entre el murmullo y la explosión:

Para ver

el mirlo cierrra los ojos

es que ha aprendido

a no abusar

de la complicidad del infinito.

La limpia precisión con que va descubriendo cada cosa, provoca la emoción inesperada, casi el zumbido de la bala rasante, que hiere sin tocarnos. Gianni tiene la inmediatez justa para el contagio de la exaltación, por ejemplo cuando dice “he debido tomar locamente palabras para ordenar mi corazón”, o también: “la miro solamente para darle mis ojos”…

Da vueltas alrededor de las pocas palabras que nos van quedando y al fin, da con la expresión que se deja leer sin urgencias, minuciosa, con la gula obscena de la mejor poesía.

Llaman la atención las voces como la de Siccardi que son hoy ignoradas. No es simplemente una queja tanguera sobre la indiferencia del mercado hacia la Cenicienta Poesía. Usted, mi amigo, sabe que no se puede negar ni dejar de tener en cuenta, la primacía de la narrativa o de cualquier otro mejor género, sobre el de la vieja Musa Erato. Tampoco Usted dejará de lado el fiero problema que significa desmantelar formas instituidas de leer -o de no leer- la obra de escritores que no están precedidos por cierto consenso generacional o por la crítica universitaria y periodística. Pienso, por ejemplo, en los casos más recientes de Juan C. Bustriazo Ortiz (La Pampa, 1932), o Leónidas Escudero (San Juan, 1920) que tras una vida escribiendo, recién a poco de su fin, empezaron a ser descubiertos y publicados.

Leónidas sigue siendo, con sus casi 90 años, el minero andino, el buscador de oro en las montañas de la infancia, que escribe como habla, jugando como un niño, inventando un lenguaje que sin dejar de ser el nuestro extrae la mejor vena criolla del interior del país, de tal modo que cada poema se vuelve una aventura entre vallejiana y gauchesca:

Les diré que me encuentro adolorido

por mujer que me desposeyó de ella,

Me deshojó de su árbol como si a usté

de pronto lo dejan sin agarrarse de algo,

como que se me cayeran los pantalones

en medio de un baile como de urgencia

necesitar ir a mear y no hallar dónde.

Así de desvalido.

….

En ningún peor caso me he visto;

pero aseguran los intrusos ques buena medecina

visitar lejanos países. Bien,

¿pero a dónde he ir que no mesté sperando

la susodicha esa para castigarme

solamente porque la quiero?

Juan Carlos Bustriazo Ortiz es algo más jovencito, apenas si tiene 76 años: Una verdadera ofensa para nuestro exagerado culto al poeta joven y genial.

Escudero y Bustriazo resultan extrañamente experimentales, quedan en las fronteras de la tradición literaria, sin que nunca se propusieran experimentar ni ser vanguardistas. Son hombres de algún modo “naturalmente” poetas que no fueron entendidos ni atendidos sino hasta ser ya “viejos”. Como si la juventud o la vejez, la marginalidad o la centralidad, etc. tuvieran que ver directamente con la apreciación de una escritura original y valiosa.

Pero ¿no sucede también lo mismo con poetas reconocidos a los que, antes de ser leídos o apenas leídos, ya se los considera “viejos”, “conservadores” o “difíciles”, tal el caso de Borges, Marechal, Molinari, Girri, Juarroz, etc.?

Usted conoce el enorme prejuicio que consiste en juzgar a la poesía desde conceptos pseudoteóricos y extraliterarios, anteponiendo permanentemente autores marginales o nuevos que no son ni lo uno ni lo otro.

En un suplemento prestigioso del diario Clarín, se ratificaba, no hace mucho, la consabida sospecha de que “la marginalidad tenga algunos beneficios...”. Y luego se añadía, con mayor precisión, que “la poesía sigue siendo un fenómeno interesante...” Poco importa, tal vez, si aludía a unos cuantos nombres más o menos conocidos en el ambiente cultural de Buenos Aires. Lo que sí debe importarnos es que se diga hoy y que lo diga un poeta como Jorge Aulicino, uno de los fundadores y ex-colaboradores de Diario de Poesía, la principal publicación que hubo a mediados de los 80, después de la dictadura. En su infaltable blog, Aulicino apunta a lo que se ha vuelto el centro de un problema de la escritura contemporánea; se pregunta ¿qué es hoy una imagen? y entiende que la misma ya no define al lenguaje poético, ni como antes, ni como lo hacían “los viejos” formalistas rusos. Y explica, con gran claridad, que “el minimalismo y el objetivismo del siglo que pasó han avanzado hacia la aspiración suprema de que sea comprendido como una composición lo que es mera enunciación. Lo ha hecho, lo hace, hasta el ridículo. Cosas como: "Tato y yo caminamos por la Costanera. /Tato odia los pejerreyes. / Volví a casa en colectivo / Me falta un diente".

Es por esto, estimado amigo, que no podemos dejar de revisar “formas de leer” que determinan tanto el olvido como la exclusión, y que, también, determinan “formas de pensar” unívocas.

Las lecturas “erróneas” o “mandatos de lectura” excluyeron necesariamente cierta sentimentalidad, desterrando lo emocional a los márgenes o criticando las contradicciones supuestamente complacientes de un intimismo hipócrita, burgués y capitalista. Ese mandato de lectura nacía afuera de la poesía; nacía en el seno de la revista “Litoral” a principios de los 80 y se entendía como una nueva resistencia que exigía la “sensibilidad cero”. Hasta tal punto se llegó, que Osvaldo Lamborghini identificaba a González Tuñón y “la cosa llorona” de su poesía con “el gran enemigo”. De este modo se iniciaban las poéticas de los años 80 que incluirían a neobarrosos y objetivistas con sus pequeñas diferencias narcisistas, coincidiendo en la certeza de que se había agotado la poesía entendida hasta entonces como “experiencia poética” representada por los poetas del sesenta y sus antecedentes vallejianos y románticos.

El destierro del sentimiento y el dominio de un realismo chato produjo deformaciones agotadoras y redujo el espacio de los lectores a la fantasmagoría de brevísimas reseñas en los suplementos periodísticos. Usted puede confirmarlo solamente con el simple ejercicio de ir a una librería del centro para buscar un libro de poesía.

Una de las claves para entender el actual dilema de la poesía argentina es la obra de Joaquín Giannuzzi, por la que Usted sabe que siento una particular devoción. Este año, acaba de publicarse postumamente Un arte callado que recopila sus poemas inéditos. Su memoria es indiscutible y forma parte del canon, pero su incorporación al mismo sólo fue posible a partir de la década de 1980, cuando el poeta y editor Javier Cófreces desde la histórica revista La danza del Ratón, lo presentaba como un poeta de culto para los más jóvenes, aunque Giannuzzi tenía por ese entonces, más de sesenta años y cargaba una larga trayectoria. No por nada lo llamábamos cariñosamente “el viejo”.

Nos solíamos encontrar, a la tardecita, en el café que está en la esquina de Corrientes y Callao, cerca de su casa en calle Tucumán. Ahí, junto a otros amigos, en un tono quejoso pero lleno de ternura, abría las puertas a la poesía que él definía como “fiesta del sentido”. Porque, desde sus primeros poemas, nos enseñaba “que el lugar del sentido está en el centro/ de lo que somos, una/ especie de retorno a la primera/ interrogación, una/ dulcísima vuelta hacia el asombro”.

Esta poesía tiene, hoy mismo, una constancia maravillosamente exasperada que se resiste a desaparecer, es otra manera de escribir que no se produjo únicamente para representar el papel de “escritor” o para ser leído de acuerdo con claves generacionales o de grupo.

Es sólo poesía.

En Cuadernos Hispanoamericanos, Número 703, Enero 2009, AECI,Madrid.


[1] Osvaldo Picardo es Argentino, poeta, traductor, editor y crítico literario. Fundador y director de la revista cultural La Pecera. Su último libro publicado es Pasiones de la línea (Ed. En Danza, Bs.As. 2008)

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