Vuelve obligado

Otra hermosa locura del amigo Abel Robino: Faubourg Buenos Aires crea otro "micro territorio nacional" en el metro de Paris

El pozo y el péndulo



El pozo y el péndulo

De la servidumbre voluntaria

 
Miguel Loreti 
(publicado en La pecera Nro. 12)



En la Noche de Varennes de Etore Scola, Mastroianni oficia de Casanova. En una caminata por el bosque entona con voz cascada un inolvidable Catálogo de Leporello. Hanna Schygulla hace las veces de la condesa de la Borde, una cortesana que lleva furtiva los atuendos reales al encuentro de su Señor, hasta esa noche Rey de los franceses. Hay una escena memorable, sola en la habitación de la posada, Hanna ha vestido un maniquí con los atuendos del rey y se postra ante el muñeco con unción reverencial. Si el hombre es su estilo, un rey es su atuendo. Y Luis va a merecer la guillotina porque escapa a escondidas despojado de sus vestimentas, tratando de pasar inadvertido. El mismo se ha destituido. Cómo olvidar la expresión de arrobo de la condesa allí arrodillada ante el muñeco. Siempre me intrigó qué podía haber detrás de esa mirada brillante y entregada. Sin duda no se trataba de una escena íntima, por allí pasaba la historia, después de todo estaban en medio de una revolución y a Luis le iba a costar algo más que el trono.

Veo a la condesa de la Borde postrada frente al maniquí y no puedo dejar de pensar en la historia. La historia es el campo de la libertad, después de todo, la libertad viene al mundo por el hombre, y sin embargo, en la inmensa mayoría de las sociedades conocidas reina la dominación y su contracara, el sometimiento. Aún hoy en día, cuando creemos ser libres, nos pasamos la vida obedeciendo, en el trabajo, en nuestra vida política, en todos los rincones de nuestra vida cotidiana. Seguimos sin chistar –lo que es una forma inadvertida de obedecer- patrones de consumo dictados por otros. Como Hanna, nos arrodillamos embelezados ante el Consumo. Allí donde creemos ser libres, en la elección de la compra, ni siquiera reparamos en que no hemos sido nosotros los que decidimos la oferta. Es una especie de Libertad Basura. En una cadena de tiendas de hamburguesas, la chica de la caja nos advierte con una sonrisa que somos “libres”, podemos combinar nuestra hamburguesa de 1023 maneras diferentes, 2 a la séptima menos uno, la combinatoria de los siete ingredientes. Claro que siempre nos queda una última posibilidad, la 1024, que no está escrita, decidirnos por el cero, no comer nada y mandarlos donde se merecen, al diablo. No somos nosotros los que decidimos, nuestra vida es vivida por Otro. Vivimos en sociedades fuertemente jerárquicas, donde unos pocos toman las decisiones. Nuestra constitución lo dice con todas las letras: el pueblo no delibera ni gobierna. El intento de mitigarlo con una cláusula pseudo condicional sino a través de sus representantes, no mejora la cosa. Pasado en limpio: el pueblo toma decisiones si y solo si ha enajenado su voluntad a otro. Porque esos “representantes” de representantes no tienen nada, forman una casta cerrada que se ha apropiado del poder público. En la ciudad de Buenos Aires, en los últimos 20 años, desde el retorno de la llamada democracia, los cargos de gobierno quedaron en manos de solo 3000 personas, siempre los mismos, apenas uno de cada mil. Y creemos vivir en democracia. Rousseau llamaba a las cosas por su nombre, si un pueblo tiene jefes que gobiernen por él, eso es una aristocracia1. A decir verdad se trata de una oligarquía, porque la aristocracia es el gobierno de los mejores. La sola comparación con la Atenas clásica, pone las cosas en su lugar, un ciudadano ateniense del siglo V tenía oportunidad de ocupar un cargo público por lo menos tres veces en su vida.
Si damos un paso más y echamos una mirada retrospectiva a la historia, encontramos una sucesión apabullante de hechos de violencia, guerras y excesos, apenas salpicada por unas pocas islas de paz. Los momentos de libertad son raros y fulgurantes. Ante semejante cúmulo de atrocidades la visión “racionalista” de la historia se desnuda a nuestros ojos como lo que es, una expresión de deseos. Hegel decía que la historia se mueve con el sol de este a oeste, siguiendo el camino de la Razón. Desde esta perspectiva, producto del Capitalismo, que tiene como antecedentes a la perfectibilité rusoniana y la Providencia calvinista, esa acumulación de atrocidades se “justifica” en virtud de un fin fetichizado, que gobierna desde fuera el curso de los acontecimientos. Y verdaderamente pretende “justificarse” porque a los ojos de Hegel, la historia es un Tribunal, y dicta un Juicio Universal. Weltgschichte ist Werltgericht. La visión del Progreso, con la misma P mayúscula que la Providencia. En lo esencial, Marx lo siguió a pie juntillas.
La cosa no cambia demasiado si consideramos la institución de la sociedad. Una vez dejado atrás el umbral de las sociedades llamadas primitivas, sociedades igualitarias y sin Estado, recordemos a Clastres, en la abrumadora mayoría de las sociedades relativamente complejas, desde las primeras sociedades “agrarias”, predominan la dominación y la sumisión. Como si una vez instaurado el Estado no fuésemos capaces de desembarazarnos de él. Clastres acota que esa transición parece ser irreversible.
Es usual hoy en día atribuir este estado de cosas a la figura fantasmática del “poder”. En el mejor de los casos aspiramos a desembarazarnos del poder, cuando no nos resignamos a soportarlo “amablemente”. Aunque la confusión merezca ser disipada. La dominación no es sinónimo de poder, es una relación asimétrica y permanente. Pero todo poder no es dominante. El poder es una relación asimétrica no necesariamente permanente, solo cuando es permanente se convierte en dominación. Como en un juego, hoy gana uno y mañana puede ganar otro. Algo de eso decía Aristóteles cuando hablaba de la educación y la política, enseñar a gobernar y a ser gobernados, porque solo hay democracia si el poder lo tiene uno hoy, y otro mañana. Pero, hasta un juego pude dejar de ser juego, abierto, en una sociedad atravesada de cabo a rabo por la dominación y el dinero. Las cartas están echadas de antemano.
¿Por qué ese predominio de la dominación? La “explicación” racionalista (cf. Engels) no explica nada, apenas un hecho con otro hecho. Una vez logrado el primer excedente social, recién abandonada la “penuria” primitiva, otro hecho, la “fuerza” se encarga de instaurar la asimetría permanente, la desigualdad y la dominación. Desde esta perspectiva no hay ninguna razón que explique por qué el reparto debía ser desigual. ¿Por qué motivo ese primer excedente no podría haber sido distribuido de manera igualitaria? No hay respuesta “racional-funcionalista” a esta pregunta sino solo la aserción de un hecho. Pero un hecho no explica nada solo se muestra en la pura desnudez de su facticidad.
Hay otro hecho concomitante que llama nuestra atención, esas mismas sociedades no solo han “aceptado” la dominación, sino que no han sido capaces de cuestionar su institución, la han supuesto fuera, a resguardo de cualquier cuestionamiento. Han renunciado a preguntar. La mayoría de las sociedades conocidas no solo son desiguales, ante todo “olvidan” el hecho de su autoinstitución, y la imputan a un poder extrasocial y absoluto. Sea como sea ese poder absoluto deviene su fundamento, fundamento inconmovible porque al haber sido separado de la historia y de lo humano ha sido puesto al resguardo de toda pregunta y de toda duda. Credo quia absurdum. De eso no se habla. Es el verdadero fundamento inconmovible de la verdad. Digamos que ese olvido es la economía que se dan las sociedades para salvaguardar su institución. El mundo es así, es como es, nos guste o no, por lo general debe gustarnos, estamos fabricados para que nos guste, y su naturaleza está fuera de toda duda. La duda misma debe ser castigada y excluida. La mayoría de las sociedades creen y no reflexionan. Cierran los ojos y olvidan. De ahí que Kant en el mismo escrito en que reconocía la abrumadora adhesión a la servidumbre, nos incitara a reflexionar, a pensar por nosotros mismos, sin amos ni guardianes, atrévete a pensar. Claro que ese “olvido” no es gratuito, tiene sus consecuencias. Al cerrar los ojos, renunciamos a mirar, a sabiendas o no, y con ello cerramos la puerta a todo examen de nosotros mismos, de las condiciones en que vivimos, de la sociedad en que vivimos. ¿Las cosas son simplemente así, o podrían ser de otro modo?. Cerramos las puertas al cambio, más allá de las micro alteraciones propias de lo humano y de lo histórico. Entre otras cosas renunciamos a preguntarnos si es aceptable y digno el estado de sumisión al que estamos sometidos. Una cosa lleva a la otra. Al cerrar las puertas a la interrogación, estamos cerrando las puertas de nuestro mundo, lo convertimos en un mundo cerrado, clausurado, que solo tiende a perseverar en su ser. Aunque eso se parezca demasiado a una existencia meramente biológica, casi podríamos decir, vegetal. La vida es eso que nos pasa mientras estamos haciendo otra cosa.
Llegados a este punto, a lo sumo podemos afirmar este hecho: en la inmensa mayoría de las sociedades predomina la dominación y el olvido de su autoinstitución, y ese predominio, establecido una vez que se alcanza cierto umbral de complejidad social, por lo general suele ser irreversible. Por lo general y no necesariamente, porque no se trata de una irreversibilidad necesaria, ya que conocemos contraejemplos. Conocemos sociedades que han impugnado lo heredado y establecido. El mero hecho de que nos estemos preguntando el por qué de esta dominación generalizada, constituye un contraejemplo. ¿Por qué unas sociedades son capaces de cuestionar la dominación y su autoinstitución y otras no? No por casualidad, la palabra política habla en griego, antes de Grecia podían existir luchas por el poder, técnicas más o menos elaboradas para adquirirlo, usarlo y conservarlo, pero no existía la política, la pregunta lúcida y deliberada acerca de qué es la sociedad, una palabra para designar a lo propio de la sociedad, y que antes era un jeroglífico, una palabra sagrada, hieros, estaba privatizada. Porque la política empieza por eso, por la pregunta de qué es la sociedad y la inevitable comparación con nuestra propia realidad social. ¿Es la sociedad en que vivimos una sociedad justa?. Y más radicalmente, ¿qué es la justicia? Pregunta tan impensable en el Egipto faraónico como a orillas del Jordán, del Tigris o del Ganges.
Por eso no es difícil comprender que con la modernidad, junto al renacimiento de esa actitud crítica de lo heredado, aparezca la pregunta sobre la naturaleza de la dominación. Por qué la mayoría de los hombres permanecen en servidumbre? Formulada por Kant, en su escrito sobre la Ilustración, datado en 1784, poco antes de la Revolución Francesa. Conocemos también la respuesta del propio Kant: Por comodidad y cobardía.
Doscientos años antes, un protoiluminista, contemporáneo de Montaigne, se encargó de refutarlo por anticipado. Etienne de la Boetie, en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Lo extraordinario del Discurso de la Boetie es su lucidez, pone la pregunta por la servidumbre sobre el tapete y la deja ahí desnuda y en suspenso. No se preocupa por respuestas apresuradas. Para que el hombre pueda preguntarse por el por qué de la dominación generalizada, es necesario que previamente se haya puesto en un lugar para preguntar, que haya roto la clausura del olvido de la autoinstitución, que se haya abierto a la interrogación, a la duda, que quiera saber y quiera al saber, caso contrario la pregunta misma deviene imposible, queda fuera del horizonte de lo pensable, es lisa y llanamente inimaginable. Si no pensamos que las cosas pueden ser de otro modo, no es posible preguntarnos por su naturaleza. No podemos preguntar por la naturaleza de la dominación, si no vislumbramos –y queremos-, aunque sea oscuramente, que la dominación puede ser erradicada.
Cómo es posible se pregunta La Boetie que la inmensa mayoría se someta a Uno solo. La misma pregunta vale si reemplazamos a ese Uno por unos pocos. No puede tratarse de la fuerza, por más fuerte que fuere ese Uno, será abrumadoramente más débil que la inmensa mayoría. Tampoco se debe a la cobardía. No solo encontramos incontables valientes que arriesgan la vida por su Señor o por la Nación, ejércitos enteros están dispuestos a morir por ese Uno que los somete y que respetan Y qué decir de los mártires,  dispuestos a soportarlo todo por una idea gaseosa. Podríamos decir lo mismo de la comodidad o el conformismo. ¿Cuántos sinsabores y privaciones por defender la cultura heredada?
La Boetie razona: la servidumbre no es posible si no es voluntaria. La disparidad de fuerzas entre la mayoría y los pocos es tan aplastante que no hay otra explicación, la servidumbre no puede imponerse por la fuerza, solo se explica si es aceptada de buen grado, y esto quiere decir que las mayorías la aceptan de buen grado. Lo conmovedor del Discurso de La Boetie es que deja la pregunta en suspenso, flotando en el aire, sin cerrarla, de modo que todavía hoy nos inquieta y sigue preguntando.

Hablar de sometimiento es hablar de poder, de un poder ejercido y de un poder otorgado. El poder es siempre el poder de un quién, sea individual o colectivo. Y es también consustancial con la sociedad, habrá sociedades sin estado pero no hay sociedades sin poder. Poder es ante todo una capacidad de hacer, dynamis, una fuerza –kratos, libido-. Capacidad propia de todo ser vivo, de todo sujeto o para sí. Claro que en el caso de los sujetos humanos, esa capacidad, mediada por una imaginación desfuncionalizada, no se dirige hacia un objeto típico, sino que es indeterminada por su objeto, y condicionante de nuestra relación con él. Debemos reconocer en el ser humano una fuerza o capacidad para hacer, que nos impulsa hacia delante –libido- y abre un futuro. Sin ese poder fundamental no habría vida ni humanidad. Y es un poder por lo general invisible y olvidado. En el plano social se corresponde con la capacidad para crear sociedades y crearlas en su inagotable variedad.  Esta sociedad y no otra. Hay sociedades porque alguien las hace, y ese alguien, la sociedad misma, debe tener la capacidad, fuerza, para hacerlas. Claro que por lo general esta fuerza permanece oculta. Poder hacer que está por debajo de y debemos diferenciar del poder visible, explícito, lo que comúnmente conocemos por poder, el poder que reconoce el estructuralismo, que suele olvidarse de la génesis, de la producción y movimiento de los hechos históricos. Este poder, el poder que vemos, es el que se hace cargo de las funciones básicas que permiten la autoconservación de la sociedad: el gobierno, la administración de la justicia, la legislación y la administración de la coacción organizada. Pero este poder visible y sus prácticas son deudores del primero, del olvidado poder instituyente, sin el cual no habría ni sociedad ni humanidad. Ni poder visible alguno. Y deudor por su forma y su sustancia.
Poder que debemos diferenciar de la coacción que no es sino uno de sus aspectos derivados. Y tenemos que hacerlo porque la confusión entre poder y coacción es corriente hoy en día. Poder es capacidad, dynamis, no es algo “negativo” ni restrictivo según la imagen corriente cuando hablamos de “Poder” y de los “poderosos” o peor aún, con reminiscencias kafkianas, del “Sistema”. Esta acepción del poder como coacción se vuelve predominante en una sociedad en la que ha sido enajenado y privatizado. Por otra parte, para que haya sociedad, debe haber una violencia originaria, el núcleo de la subjetividad, ese haz alucinado de deseos y pulsiones a-sociales, ese “pequeño monstruo”,  debe ser domeñado por la sociedad. Esa doma es la primera violencia –poder- que la sociedad ejerce sobre la subjetividad. Coacción es la capacidad que tenemos de hacer que otro haga lo que queremos que haga. Por lo general, por la fuerza, por un mayor poder. La coacción se da en una oposición entre poderes. La suma coacción es hacer que alguien haga de buen grado lo que quiere otro, sin oposición, cosa que implica una previa interiorización de la coacción. Es el lugar de la moral y la “voz de la conciencia”, que más que voz es un susurro, aunque más audible que un grito. Individuos y sociedades existen porque han interiorizado la coacción, fruto de aquella violencia originaria. Esa es la tarea de la paideia -educación, crianza- desde nuestra más tierna infancia, encargada de formarnos –Bildung, Bilden- como lo que somos. La identificación –interiorización- de modelos, comportamientos sociales, lenguaje, costumbres, moral, creencias y formas de pensar, desde el lavarse los dientes hasta creer en Dios Todopoderoso Creador del cielo y de la tierra, o en la Ciencia que todo lo sabe y todo lo puede. Figuras con las que nos identificamos y a imagen de las cuales queremos ser. Y que sostienen la unidad de la sociedad a la vez que le dan sentido.
Esta violencia y formación –la producción del individuo- se realiza por medio de una negociación entre la psique y la sociedad, la psique se deja domeñar, aunque nunca totalmente, a cambio de ser dotada de sentido, y de un sentido total y coherente. De ahí en más, mi sentido será el sentido de la sociedad, su madeja de significaciones, valores. De modo tal que el olvido de esta violencia sea garantía de permanencia del sentido. El individuo es una parte total de la sociedad, la sociedad andante. Gran parte de lo que pueda ver  ya habrá sido visto, en este sentido, conocer es reconocer al modo de la anamnesis platónica.
Lo contrario, el que la represión –individual o social- haga tabla rasa con el núcleo psíquico, supone atribuirle un poder absoluto y total, infinito, una nueva representación de la Fuerza del Destino. Cuando la represión, como todo lo humano, es profundamente finita.
No solo la servidumbre, la institución misma de la sociedad, es aceptada de buen grado por el individuo, y más aún, es querida por él, es lo más valorado, su verdadero axioma.

La Boetie diría que es “voluntaria”. Aunque en verdad no se trate de una sumisión verdaderamente voluntaria, lo voluntario es deliberado, y en esta formación / coacción no hay deliberación alguna. La cultura heredada deviene un hábito –hexis- mecánico e involuntario. La adhesión masiva –identificación primariamente afectiva, valoración, querer- de los individuos a la cultura heredada es lo que explica el funcionamiento de la sociedad, no hay violencia o coacción externa que pueda explicarla, una sociedad funciona y se mantiene porque los individuos han sido producidos para reproducirla, se identifican con sus valores porque han sido formados para eso, desde la cuna. Y se identifican de modo inconciente, no reparan en ello. No hay sociedad que se mantenga por la violencia por un lapso prolongado. Las revoluciones mismas triunfan, no por la violencia, sino porque la imagen imperante del poder ha sido destituida en el corazón de la mayoría. El olvido de la institución de la sociedad es la garantía –el fundamentum inconcussum- de su permanencia. La mayoría de los individuos y las sociedades viven en ese olvido, sin cruzar jamás el Leteo. El jardín de los cerezos de Chejov se cierra con el reconocimiento de este olvido, en boca del viejo criado al que han “olvidado” a su vez en la casa después de cerrarla con llave, “Mi vida a pasado y yo no he vivido nada”.

Claro que esta identificación masiva todavía no explica por qué la dominación es mayoritariamente aceptada en casi todas las sociedades conocidas. Una cosa es que los individuos se identifiquen con los valores de la sociedad en la que viven y que los forma, y otra que en la sociedad predomine la desigualdad y la dominación. Debe haber algo en la subjetividad que tienda a instituir la desigualdad y la sumisión, aunque ese “algo” no sea fatal ni necesario, pero si tan altamente probable que parezca “natural”.
Ese “algo” debe ser buscado en las disposiciones de los estratos primordiales de la subjetividad: la omnipotencia y la compulsión a la repetición -pocas cosas hay tan “conservadoras” como la compulsión a la repetición-. Como todo ser vivo –para sí- el estado originario de la psique es la clausura, cerrada sobre sí, sin ventanas, al modo de la mónada leibniziana, dice Castoriadis, persevera en su elemento, solo vive en él y todo lo traduce a su lenguaje, la representación. La omnipotencia, esa “virtud” cartesiana, es omnipotencia en la representación –alucinación-. Es el modo de ser de un sujeto que persevera en su elemento, bei sich. En el elemento de la representación, la representación todo lo puede. El perseverar en su ser, conatus esse preservandi,  le viene a la psique de su mismo ser vivo, es lo propio de todo para si, autoconservación,  pero autoconservación quiere decir a su vez, primacía del sí mismo. De ahí la tendencia a la repetición, la repetición no es sino la economía de la autoconservación.
Para la psique tales disposiciones son “naturales”, en rigor cuasi naturales porque su imaginación desfuncionalizada puede romper la clausura, alterarla y poner otra cosa. Es esa capacidad creativa la que quiebra la naturalidad de la subjetividad humana, transformándola en no natural.  No hay que hilar demasiado para comprender que tales disposiciones cuasi “naturales” favorecen la adhesión a las jerarquías y a la desigualdad, dicho de otro modo, jerarquía y desigualdad le vienen como anillo al dedo, se corresponden mucho mejor que la igualdad con la voluntad de poder, la repetición y el autocentrismo.
Por otra parte, no podemos dejar de notar en todo este proceso una cierta economía de la autoconservación. La aceptación de la sumisión implica un cierto placer en el sufrimiento, con claros puntos de contacto con un fenómeno ampliamente difundido, reconocido y estudiado en el psiquismo individual, lo que Freud2 llamara la atención como la economía del masoquismo. Hay en todo esto un cálculo entre el valor presente del sufrimiento, que releva de la situación existente de sometimiento, y el incierto valor futuro de sufrimiento asociado a lo desconocido.
En El pozo y el péndulo de Edgar Allan Poe podemos verlo figurado con toda claridad. El personaje es encerrado en una prisión en penumbras. A poco de estar encerrado percibe el zumbido de una cuchilla afilada que se balancea como un péndulo sobre su cabeza, la cuchilla baja y se aproxima más y más, amenazante. El personaje comienza a tantear a oscuras las paredes, y a poco se da cuenta de que en el centro de su celda hay un pozo. Digamos que es llevado a una situación en que puede optar entre ser despedazado por el filo de ese péndulo que se aproxima o saltar al pozo. Pero no lo hace, entre el riesgo de lo incierto y la certeza de una muerte segura, la economía de la autoconservación prefiere lo segundo. Se ha dicho que la maestría de Poe, el carácter del cuento, reside en que no nos dice jamás lo que hay en el pozo, deja librado a nosotros poner allí la suma de todos nuestros miedos. En rigor, no es así, Poe no podía poner nada en el pozo, sencillamente porque en el pozo no hay nada, o lo que hay es el abismo como tal, lo incierto de la libertad. Autoconservación y repetición prefieren, encuentran placer en, la magnitud de sufrimiento de lo conocido.
Solo por un esfuerzo podemos detenernos, suspender nuestras disposiciones cuasi “natu
rales” a la autoconservación, y decidir otra cosa, autoalterarnos. Porque nuestra subjetividad tiene una “naturaleza” no natural, capaz del cambio y la creación, de trascender la repetición. Sencillamente nuestra imaginación, no canónica y desfuncionalizada, es capaz de poner otra cosa, lo que no es, y sustraerse a la situación presente. Esa autoalteración es la libertad.

Queda claro que no podemos hablar de “fatalidad” de la dominación. No hay fatalidad ni necesidad en los asuntos humanos, que pueden ser de uno u otro modo. Aristóteles3 es claro en este punto y debemos reconocer su profundo sentido crítico y su ecuanimidad. Cosa que no parece abundar en el pensamiento contemporáneo. Es preciso reconocer la complejidad de la realidad y del saber mismo, contra Parménides –y la profusa tradición parmenídea-, el ser no es uno, sólido y continuo. Lo real es complejo, se dice de muchas maneras, y cada región de la realidad tiene su propia medida y en consecuencia requiere su propia exactitud. Debe haber una correspondencia entre la medida de lo real y la exactitud del saber, lo que tiene alcance ontológico. Lo histórico social introduce un corte profundo en el ser, crea un nuevo mundo. De modo que podemos distinguir entre el mundo de las cosas que son como tienen que ser y presentan cierta regularidad, es el dominio de lo universal y lo necesario, lo matemático y la física, sobre los que reposa la técnica, y otro mundo, el de las cosas que pueden ser de un modo u otro, el reino de la práctica y de la libertad, de lo humano. En el mundo histórico social no hay regularidad ni universalidad, es el reino de lo contingente. La libertad no es regular. Es “tan insentato –paraplesios- pedirle exactitud a la retórica como juicios probables a la matemática”4. La ciencia –episteme- es saber de lo universal. En la política, la ética o la psicología no puede haber ciencia, no hay episteme ni teoría, lo que hay es frónesis, sabiduría práctica, ligada a la oportunidad, kairos. A lo imperioso y urgente de la oportunidad, y en este caso, la medida y exactitud, akribeia –criba, cedazo- es la suficiente segun su necesidad y uso para los requerimientos de la práctica. Juzgamos en condiciones inciertas y con tiempo siempre escaso. Dicho de otro modo, tiempo y saber son finitos. Bien vale la comparación con Descartes. Para Descartes el error se debe al apresuramiento, juzgamos antes de alcanzar ideas evidentes, claras y distintas. Pero, ¿quién mide ese antes y cuál es la medida? Aristóteles lo juzgaría de imprudente, carente de frónesis, porque justamente el juicio práctico se da en relación a la oportunidad –kairos- y debe ser oportuno, y la medida del tiempo no es infinita, omnipotente, sino finita, la suficiente para las necesidades de su uso en la práctica.
Pero no solo nuestro conocimiento es precario y finito, Aristóteles va más allá, destituye la “vanidad imaginaria” de autosuficiencia de la razón. La razón no puede fundarse a sí misma5. La capacidad de argumentar, de fundar unos argumentos –logoi- sobre otros, de transmitir la verdad y dar razones –logon didonai-, no puede dar razón de sí misma, intento que nos llevaría a una argumentación al infinito, tiene su límite en los arjé, las últimas razones, que son infundadas, son valoradas por sí mismas, axiomas. El mismo principio de no contradicción, la base de toda lógica, es infundado. No puede ser fundado porque requiere de si mismo para fundarse. Algo por el estilo dice Hegel en la Introducción a la Fenomenología, no puede haber introducción a la ciencia, porque o bien no es ciencia, o requiere de la misma ciencia. La ciencia, arguye Hegel, demuestra su cientificidad en la absoluta necesidad de su despliegue, para aprender a nadar hay que tirarse al agua.
No hay fatalidad ni necesidad en el mundo socio histórico. No hay leyes de la historia, en el sentido de las leyes de la físico matemática. Nuestra libertad está ciertamente condicionada, no flota en el aire, se da siempre dentro de ciertas circunstancias, pero nunca completamente determinada. Demos un paso más, si el mundo de lo socio histórico fuera el reino de la necesidad y objeto de la “ciencia”, no habría posibilidad de deliberación ni de democracia. La deliberación –bouleusis, confrontación de las ideas – requiere que la materia pueda ser de uno u otro modo, no podemos deliberar sobre lo necesario y universal, sino solo sobre lo contingente. No hay deliberación que valga ante 2 + 2 = 4, o sobre el teorema de Pitágoras. .Aristóteles lo tiene bien claro, hay democracia porque el mundo humano es el mundo de la doxa, de las cosas cambiantes y contingentes. Si la política fuera una ciencia, es el argumento de Platón en El Político, tendríamos que seguir sus indicaciones sin chistar, y soportar las prescripciones del Rey Filósofo, sentado a nuestra cabecera, soplándonos al oído, es lo que dice Platón, parakatetémenos, sentado a nuestra vera. Primo hermano del Dios cristiano que conoce cada uno de nuestros cabellos. Un delirio monstruoso. Goya sabía algo de eso: los sueños de la razón crían monstruos. Es el camino que va del Rey Filósofo a los totalitarismos contemporáneos. En eso Marx y Platón coinciden, la política es asunto de unos pocos, los pocos que logran elevarse a la comprensión del movimiento histórico6.
No es mi intención demorarme en polemizar aquí, pero buena parte del pensamiento contemporáneo es un rosario de confusiones y supuestos metafísicos no aclarados en torno de estos temas centrales tratados con tanta profundidad por Aristóteles. Y no solo de confusión, de trivialidad y Olvido7.

La identificación cartesiana del para sí con el sujeto fue desafortunada. Lo que llamamos, siguiendo a Descartes, “subjetividad” es un para sí en el sentido que auto organiza su experiencia, crea su propio mundo, la experiencia nunca es una experiencia en bruto, sino organizada a priori según las reglas de cada para sí, es categorial8. De lo que se sigue que cada mundo propio es cerrado sobre sí, monádico. Pero el para sí no es un sujeto, en el sentido en que lo llama Descartes, no es un fundamento, algo que sub-yace como un suelo sobre el que nos afirmamos. Por el contrario el yacer o descansar –keistai, jacere, liegen- del para sí es de otro tipo, descansa sobre; en el caso del para sí humano se trata de descansar o apoyarse sobre una “naturalidad”, que es su propia naturalidad, y que deviene no natural en virtud de su propia dynamis, su capacidad de trascender –ir más allá- y negar la naturalidad sobre la que descansa. Y ¿de qué hablamos cuando hablamos de “disposiciones” (Bestimungen) “naturales”, qué quiere decir aquí “naturales” cosa que es a todas luces impropio? Una sola cosa: altamente probables, aunque no necesarias. Lo humano comparte dos mundos, reposa sobre una naturalidad, el modo de ser originario de la psique, cerrada sobre sí, que tiende a la omnipotencia, la repetición, y el autocentrado, pero a su vez, a diferencia de la regularidad natural es una subjetividad desfuncionalizada, su imaginación le permite crear otra cosa, y en consecuencia cambiar, ir más allá de su propia disposición. Cambiar quiere decir ante todo cambiar-se. El hombre se autocrea a partir de la nada y se proyecta hacia el futuro, y en ese sentido viene desde el futuro, dicho en las palabras de Sófocles en Antígona, “desde la nada avanza hacia lo que vendrá”. Y la posibilidad de un cambio compromete toda nuestra personalidad, los afectos, el deseo y la imaginación –la “guía de la razón” en palabras de Kant-.  Para que haya cambio, individual o social, tiene que haber a la vez, rechazo –afectivo- de lo existente, la posición –imaginaria- de otra cosa radicalmente nueva que antes no era, y las ganas, el deseo de esa otra cosa.  Por supuesto que no podemos ver esto, cosa que se ha dicho muchas veces en filosofía, como la concurrencia de facultades aisladas, sino como una unidad inescindible. El rechazo de lo existente no es nunca meramente afectivo, requiere también la vuelta sobre sí para examinarse, la crítica relativamente lúcida, en la medida de lo posible, de la situación heredada, la re-flexión. El afecto esta atravesado por la reflexión y la reflexión atravesada por el afecto. Como lo reconoce bellamente Rousseau:

Es grande y hermoso ver surgir al hombre casi de la nada por sus propios esfuerzos, disipar por la luz de su razón las sombras en las que lo ha encerrado la naturaleza, elevarse sobre si mismo, volar por medio de su espíritu en las regiones celestiales, atravesar como el sol la vasta expansión del universo con pasos gigantescos, y lo que es aun más grande y difícil, volver sobre sí mismo para estudiar al hombre y conocer su naturaleza, sus deberes y su fin. 9

El sujeto humano se hace así mismo a partir de nada, pero es capaz de volver sobre sí, tomar distancia y examinarse lúcidamente. Examinarse quiere decir mirar lo que está debajo, oculto, ahora sí, el sub-jectum, el suelo que pisamos y sobre el que descansamos sin reparar en él, nuestros propios supuestos, los idola tribu. Y en consecuencia, decidir, en este caso libremente.

Claro que tomar esta decisión no es asunto sencillo, requiere un gigantesco cambio antropológico y social, Castoriadis lo llama antropolítico. Para poner las cosas en blanco y negro, que dejemos de preocuparnos solo por nuestros propios asuntos para terminar dormidos frente al televisor y recobremos la pasión por los asuntos comunes, por la participación política. Requiere nuevos individuos. Cosa que no es imposible porque ya ha sucedido en la historia. No otra cosa son las revoluciones. Incluso la nuestra, nuestra propia revolución emancipadora. Es posible. No requiere de santos ni mártires, precisa de hombres que estén dispuestos a dedicar parte de su tiempo a la comunidad. Convencidos lúcidamente de que su propia libertad no puede ser sin la libertad de los otros. Para esto hay que querer la igualdad y la libertad, pero también hay que razonar sobre la libertad y la igualdad, sobre sus condiciones y su alcance, y ponerlas en práctica. Requiere un cambio de valores, dejar atrás la primacía de lo económico propia del capitalismo, el atragantamiento del consumo que lo reduce todo a la nada, y comenzar a valorar la libertad y la igualdad como la libertad y la igualdad de todos. Porque, contra la superchería liberal contemporánea, no puedo ser libre sino soy igual a los demás, ni igual si no soy libre. La libertad no es ni puede ser la libertad del 10% de la población. Y debemos dar razón de la igualdad y la libertad, ahí es donde la razón, la capacidad de confrontar ideas, se diferencia del argumento de la fuerza. Igualdad y libertad solo pueden ser comunes, es decir, universales, su alcance debe ser universal, de lo contrario “algo huele mal en Dinamarca”, algunos, por lo general, la inmensa mayoría, habrán enajenado su propia libertad, su propia vida, y eso, a la corta o a la larga, afecta nuestra propia libertad. Al menos por motivos egoístas: la mala calidad de ciudadanía de los demás afecta nuestra propia ciudadanía. Como bien sabían los revolucionarios de 1789, todo eso requiere de la cooperación de la fraternidad. La fraternidad es el lugar donde los afectos meten la cola, porque además de igualdad y libertad, fraternidad, ¿y qué es la fraternidad?. El afecto entre hermanos, vale decir entre iguales, pero iguales en este mundo, en la comunidad política, el lazo afectivo, Aristóteles lo llamada philía, que cimienta la unión de la comunidad. De modo que para cambiar es cuestión de crear nuevos afectos.

En el mundo de las cosas que pueden ser de uno u otro modo, este cambio es posible, aunque no necesario, y puede no ser. Está en nosotros que así sea, es nuestra exclusiva responsabilidad. Del mismo modo que no hay recetas ni curas milagrosas para el cambio, el teléfono del “llame ya” está ocupado, no existen las recetas que estamos malacostumbrados a esperar, porque en la historia no hay leyes. Lo que sí puede haber en la historia es ganas, responsabilidad  e imaginación: creación.


1. Jean-Jacques Rousseau, Consideraciones sobre el gobierno de Polonia
2. S. Freud, El proceso económico del masoquismo
3, 4, 5. Aristóteles, Etica a Nicómaco, I, II, VI
6. K. Marx, El manifiesto comunista.
7. Pensemos en la pretensión de necesidad, de una ciencia única, de autofundación de la razón y los procedimientos de que hacen gala el hegelianismo –y sus variantes-, la filosofía “analítica” del lenguaje, el estructuralismo y el mismo Habermas.
8. Veamos al respecto la pretensión de Russell de un “atomismo” lógico, pretensión que como mínimo podríamos tildar de ingenua, de una “experiencia en bruto” que nos pondría en presencia de la cosa en sí. Y cuánto de esa pretensión “ingenua”, no crítica, hay en la concepción del lenguaje en Wittgenstein.
9. Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre las Ciencias y las Artes

Three Irish Poets - An Anthology
Selección y versiones de Fernando Scelzo.
(Publicado en La Pecera Nro. 12) 


Paula Meehan


Paula Meehan nació en 1955 y fue educada en dos distritos famosos de la clase obrera de Dublín, se graduó en la universidad de la trinidad y en la universidad del este de Washington. Ha conducido talleres en muchas comunidades de la ciudad, en prisiones y universidades. Entre los premios que ella ha ganado están el Martin Toonder (1995), Butler Literary Award (1998) y el  Denis Devlin (2002). Continúa viviendo en Dublín





The Pattern – El modelo

Poco me queda de ella,
una máquina de coser, una alianza de compromiso,
unas cuantas fotos, la picadura de su mano
sobre mi cara en una de nuestras guerras

cuando nos habíamos resentido y apartado.
Según algunos es el destino de la hija mayor.
Desearía ahora que hubiera durado hasta que
yo fuese adulta. Podríamos haber tenido un nuevo comienzo

como mujeres sin etiquetas como madre, esposa,
hermana, hija, a ver qué suerte corríamos de ahí en más.
A los cuarenta y dos se fue dios sabe dónde.
Nunca he vuelto a visitar su tumba.

*
Primero refregaba el piso con jabón Sunlight.
hasta donde alcanzaban sus brazos. Cuando sus rodillas
no daban más, frenaba y tomaba un té, después volvía a empezar
por la puerta con agua de lavanda. El olor
se filtraba por el departamento hasta alcanzarnos,
sus crías ahuyentadas a la pieza.

Y mientras enceraba y pulía el piso
¿habrá visto su propia cara esclarecerse?
¿habrá capturado un tenue destello de su propio ser?
¿le habrá dicho su espejo lo que el mío me dice?

La veo encogerse de hombros y seguir
sabiendo que la historia la ha puesto de rodillas.

Nos dejaba entrar y patinar
en medias. Crecíamos solemnes como planetas
en una intrincada órbita a su alrededor.

*
Se inclina sobre ropa púrpura,
los hijos más chicos ya hace rato están en la cama.
Últimos días de verano. Con frío como para un fuego,
trabaja con una luz moribunda
para rehacerme un viejo vestido.
Mañana es el primer día de vuelta al colegio.
*
‘Pura lana de cordero. Le quedan muchos usos todavía.
Sabés, yo lo usé cuando salí con tu papá.
Supuestamente me quedaba en lo de una amiga,
tu abuelo nos agarró en la esquina.
Me arrastró del pelo – entonces tan largo como el tuyo –
frente a toda la cuadra.
Llamó a tu papá todos los nombres bajo el sol,
pendejo, sinvergüenza; no necesito decirte
cómo me llamó a mí. Me hundió la cabeza
bajo la canilla de la pileta, tomó un cepillo
y un jabón de lavar y con agua helada me fregó
cada rastro de lápiz labial y polvo facial.
Cristo, que era un verdadero tirano, tu abuelo.
Será sobre mi cuerpo muerto que alguien toque un pelo de tu cabeza’.

*
Debe haberse quedado despierta la mitad de la noche
para terminarme el vestido. Lo encontré aireándose al fuego,
tres cuadernos nuevos en la mesa y un plumín
brillante de bronce, San Cristóbal amarrado a un hilo de plata,
como si me embarcara a un peligroso viaje
por mundos sin descubrir. Usé ese vestido
con poca gracia. Para mí decía pobreza,
un estigma de segunda mano. Crecí lo necesario

para darlo en Navidad. Comprendía
el mundo externo a nuestro departamento palmo a palmo
cada día después del colegio, y unía cada sorprendente
calle a cada manzana a cada barrio. Miraba
el río Liffey batiéndose hacia el mar
y el ir y venir de los barcos,
segura de que un día me llevaría
a Zanzibar, Bombay, y la tierra de los Etíopes.

*
Hay una foto suya tomada en el Phoenix Park
sola en un banco rodeada de rosas
como si hubiera nacido para jardines.
Mira fijamente como si fuera inconsciente
que una mano humana sostuviera la cámara, envuelta
completamente en su propia sombra, el mundo más allá de ella
hecho ya un sueño, ya perdido. Tiene
ocho meses de embarazo. Su última vez.

*
Sus agujas de acero chocan y hacen chispas,
un carbón descansando como único otro sonido
o su esporádico murmullo
en alguna parte difícil del diseño.
Prefiere los tonos apropiados:
Verde musgo, mostaza, beige.

Soñé una bata de un color
tan puro que se convirtió en palabra.

A veces he tenido que arrodillarme
ante ella una hora a la luz del fuego,
una madeja entre mis brazos estirados,
mientras enrollaba la lana en ovillos.
Si yo nadaba como un barrilete muy alto
entre las sombras del cielo raso
o volaba como un pez en los estanques
de luz pulsante, ella tiraba firmemente
de la tanza, y me aterrizaba en sus rodillas.

Con lenguas de fuego en sus ojos oscuros,
ella decía, ‘Uno de estos días tengo que
enseñarte a seguir un modelo.







Notas
1 Juego de palabras entre “Received Pronunciation”, nombre de la pronunciación británica estándar, y su sentido (y traducción) literal de “pronunciación recibida”. Alude a la dominación lingüística de Irlanda (el inglés por el gaélico), pero al mismo tiempo a las diferencias de pronunciación entre un país y otro.

2 Juego de palabras: la pronunciación de pomegranate – granada, en inglés – es similar a la de pomme (manzana, en francés) más la de granite (granito, en inglés).


(Continúa en La Pecera 12, con poemas de Mary O’Malley y Eavan Boland )




Diana Bellessi

-->“Tener lo que se tiene”

Entrevista a Diana Bellessi










La poesía de Bellessi se ha vuelto imprescindible en la literatura argentina. No se puede discutir su nombre ni su lugar entre las grandes voces de la actualidad. Sin duda, Bellessi tiene lo que hay que tener para decir lo que dice y escribe. Así, “Tener lo que se tiene”, se llama el libro de 1.200 páginas que la Editorial Adriana Hidalgo acaba de publicarle. Es un volumen con toda su poesía reunida que incluye otro libro inédito del mismo nombre.

Su palabra “vive / y sueña en la delicadeza de lo real”… sin que desaparezcan de lo real lo que lo subleva y lo hace más y más humano: “esa magia/ del engranaje simple y certero que nadie/ puede explicar pero todo el mundo entiende”. Mirar y cantar abren un diálogo de descubrimientos, que hacen de su escritura todo un ejercicio de encantamiento y, recién luego, de entendimientos.

También ella, la Diana que escucho hablarme al teléfono, desde pleno monte del delta argentino, fascina con una charla sin orillas. Me cuenta del pájaro que en estos días volvió a aparecer en los árboles de las riberas. Hacía tiempo que no se le veía por el lugar. Es una reina mora, entre los que viven aquí: zorzales y mirlos y carpinteros y colibríes, garzas y biguás… “y unos búhos pequeñitos a los que se les dicen tamborcitos por su cantar; de vez en cuando se avista un martín pescador, un relámpago sobre el río, o un azulejo, o hace apenas unos días, esa reina mora...”

De este modo, entre llamadas telefónicas y correos electrónicos, pude adentrarme en su mundo y en su isla en el delta del Paraná, metáfora del tesoro de un largo recorrido por América y la existencia.



Osvaldo Picardo: Me gustaría empezar por una cuestión que hace a las ediciones de tus libros. Algunos de ellos, no sólo se demoraron antes de ser publicados, sino que también parecen haber sido coetáneos de otros libros, ya sea en sus escrituras o reescrituras.



Diana Bellessi: Hay una cronología de edición que no siempre se corresponde con la de escritura; los libros pueden tardar en publicarse, de hecho Buena travesía, buena ventura pequeña Uli, por ejemplo, fue publicado veinte años después de haber sido escrito. Por eso, en la poesía reunida que acaba de aparecer, se respeta la cronología de escritura y se aclaran luego las fechas de edición. En realidad, cuando estoy entregada a un libro, sólo escribo dentro de esa casa, es decir, en el registro de ese tono y esa voluntad específica de enunciado, que incluye tanto la autonomía de cada poema como la estructura discursiva que va apareciendo a medida que el libro crece.



OP: Tus largos viajes por América te impusieron ciertas condiciones para escribir, ¿cómo hacías?



D.B: He viajado mucho, y suelo escribir brevísimas anotaciones cuando lo hago, sobre todo frases de la gente, o nombres locales de aquello que llama mi atención. Pero escribir, verdaderamente, lo hago cuando vuelvo a casa. Salvo en un período largo de viaje en mi juventud, en el que vagabundeé con mi mochila durante casi seis años; entonces hice de cualquier lugar mi casa y mantuve una constancia de escritura. Buena ventura, buena travesía pequeña Uli fue un libro escrito en el camino, por ejemplo, y otros que por ahora decidí mantener inéditos.



OP: Danzante de doble máscara es un libro de los años 80 en el que hay una referencia a la crónica de América y a la de los inmigrantes italianos. ¿Te preocupaba recuperar un pasado propio que coincidía con el de Argentina?



DB: La pregunta en torno a quiénes somos es intensa para cualquier argentino, y lo era aún más décadas atrás. En mi caso, por otra parte, al provenir de una familia humilde del campo y migrar luego hacia la ciudad letrada, con los beneficios y los trastornos que esto implica, la pregunta se hizo más acuciante; y al reconocer mi pertenencia al continente, a la Patria Grande, en parte por esos años de viajar y vivir en muchos países latinoamericanos, las dos máscaras, los dos orígenes culturales, el europeo y el americano -siempre en conflicto por la característica colonial e imperial del primero- estallaron en mi cabeza y en mi escritura. La senda que encontré para empezar a hablar de ello fue ese libro, o quizás ya venía hablando de ello antes, y es algo que no se acaba, pero se fue volviendo más íntimo, y en un registro entendido más y más como conflicto de clases.



OP: ¿Podríamos decir que hay un tono propiamente “bellessiano” en el que tu “yo” habla mirando atrás, desde la evocación y, al mismo tiempo, desde lo que se descubre?



DB: Si bien siempre miramos el más actual de los presentes desde la evocación de un pasado, diría que sólo Crucero Ecuatorial se caracteriza por haber sido escrito como una evocación, la evocación de un viaje o de sus fragmentos, algunos años después de haberlo llevado a cabo. Salvo en el caso de aquellos escritos claramente como un relato del ayer que me constituye -“Detrás de los fragmentos” de Danzante de doble máscara, por ejemplo-, siento que mis poemas nacen siempre convocados por algo del más inmediato presente, aunque el presente esté lleno de pasado, sin duda, en la mirada que elige ver lo que ve, lo que recorta, y en la emoción que le suscita.



OP: En tu poesía, el relato, la memoria, el canto aparecen como insoslayables actos de escritura. Diría que intentan encantar el oído despertando otras voces, otros ritmos, otros fraseos, en una antesala del lenguaje adonde se debe viajar para recuperar lo perdido...



DB: Suelo decir que yo, o el sí mismo, está lleno de otros, como el presente del pasado y también del sueño del futuro: pero hay algo incandescente que de pronto se ve o se oye –en mi caso es siempre “afuera”, en el mundo de los seres y las cosas-, la puerta que se abre y a través de la cual el corazón y la mirada tienden su red, el pensamiento lo hace después. Esa es la gracia del presente, su constante gloria. Y la puerta abierta reúne a menudo a tus parientes del ayer y a tus nuevos parientes, la sombra de unos se fusiona con la de otros, y ahí se encuentra el yo lírico, en medio de ese diálogo que el misterio de la poesía organiza a su manera.



OP: ¿No hay algo arcaico, ritual y mítico en esa forma poética del presente? ¿No hay también en el uso de ciertas palabras e imágenes una magia ancestral que enciende ese presente?



DB: Escapo a las grandes palabras, se convierten en puertas selladas por donde no entra el aire. Pero todos somos lo que hemos sido y, al mismo tiempo, el esfuerzo y el gozo constante de quebrar la repetición, entrar a un camino nuevo. La ruptura de alguno de esos términos, que incluyen paradojas inesperadas, memoria y cambio, relectura de la memoria y cambio, nos enferma como sujetos y enferma a las sociedades a las que pertenecemos. En cuanto a tu mención de la palabra “magia”, te citaría una canción de Leonard Cohen: “Magic is alive, God is afoot”. La Magia está viva, Dios viene caminando.



OP: Cuando leés tus poemas se puede sentir con claridad el ritmo de los versos, su particular fraseo y capacidad de encantamiento. ¿Cómo trabajás este aspecto del poema? ¿Pensás el poema para ser leído en voz alta ante un público?



DB: La poesía nació cantada en mí; porque me gusta cantar escribo poesía, es mi forma de hacerlo. No, no pienso el poema para ser leído en voz alta ante un público, es un hecho demasiado íntimo escribir como para que eso esté presente; pero el ritmo, la sintaxis musical entera es de entrada, para mí, el sentido del poema; no es algo que comparezca luego, nace con el poema, es parte de su decir. Sí me ha sucedido que corrija algo pequeño dentro del poema, después de haber leído en voz alta delante de los otros, como si sólo allí lo hubiera percibido.



OP: ¿Querés hablarme de tu experiencia con la lectura de poesía en las cárceles? Alguna vez dijiste que sólo se canta en la cárcel...



DB: En cuanto a mi expresión “se canta dentro de la jaula, como el canario”, está dirigida a señalar que se canta dentro de los rigores del oficio, que hay que aprender, que no termina de aprenderse nunca, y que a su vez abre nuevas aventuras, o mejor sería decir que lo que busca expresarse en cada nuevo libro busca también su forma; es así como lo logra, con grandes novedades a veces o con sutiles cambios de tono y de acento. Volviendo puntualmente a tu pregunta sobre leer poesía en las cárceles, quisiera señalar la receptividad de esa audiencia, la emoción directa con la que reciben los versos, sin mediaciones, y que se transmite intensamente al que lee.



OP: En "Buena travesía, buena ventura pequeña Uli" del 74, hay un intento, logrado, por hacer surgir otras voces con sus historias marginales a cuestas. ¿Podés contarme a partir de acá cómo lo biográfico y lo ficcional se van uniendo en tu escritura?



DB: No, no puedo, porque nada me parece biográfico y tampoco nada me parece ficcional en lo que escribo; es esa otra realidad, la de la poesía; y las historias de los otros, marginales o no, en la amorosa alteridad de quien las mira, son también las propias, las de los parientes, como ya te dije, y uno arma su propia parentela por vocación, por proyección, por extracción de clase social y demanda de pertenencia… Así que ahí se va, escuchando, respondiendo entre los otros.



OP: En aquellos años ochenta constituiste parte de una de las publicaciones del género más importantes de Argentina: Diario de Poesía y también, desarrollaste una gran actividad coordinando talleres y lecturas…



DB: Sí. Previamente, en los años más oscuros de la dictadura, establecí contacto con la gente de la revista La danza del ratón, y colaboré con ella; recuerdo especialmente charlas fecundas con Jonio González, uno de sus directores; un poco después conocí a los poetas de Último Reino, en cuya revista también publiqué, así como en la editorial; y luego tuve la fortuna de encontrarme con José Luis Mangieri, quien fue mi amigo y mi editor. Estas fueron mis alianzas en los ochenta, junto a ellos y también con otros artistas independientes llevamos a cabo muchos ciclos de lectura; guardo con especial afecto uno que llamamos “Arte Plural”, que duró más de un año convocando a poetas de diferentes tendencias, reiniciando un diálogo que se había quebrado durante la dictadura, y que reunió también a compositores de música contemporáneos. A muchos de ellos los sigo considerando mis compañeros de ruta, mis amigos cercanos, como a Eduardo Mileo por ejemplo, o a Susana Villalba, entre otros que sería largo enumerar. Estos ciclos de lectura incluyeron diálogos y discusiones muy esclarecedoras y, a menudo, remataban con una fiesta, una milonga cruzada por la salsa, la cumbia y el rocanrol… Estábamos saliendo de las catacumbas y fue una corta primavera intensa y alegre. En este contexto, fui invitada a formar parte del comité de redacción de Diario de poesía, donde colaboré por varios años; revista cuya permanencia, sumada a la variedad de materiales que publica, tanto en lo relativo a poesía argentina y latinoamericana como a traducciones, le ha valido el prestigio del que goza.



OP: ¿Hay una escritura que podamos llamar femenina o se trata de una práctica del compromiso social que nos lleva a tomar posiciones incluso en la escritura?



DB: No hablaríamos de una escritura que podamos llamar “masculina” –por otra parte identificada con el canon que se considera central-, creo que es una categoría falsa; no obstante se trata, sin duda, de señalar una subalternidad de orden social que puede implicar la observación de algunas particularidades, temáticas o formales, en un tiempo histórico determinado. Sí me gustaría marcar que, en los ochenta, muchas poetas mujeres, inquietas o furiosas y particularmente alegres, sentimos gran curiosidad por lo que hacían las otras, nos leímos y establecimos un diálogo entre nosotras que considero de tremenda importancia; y quisiera también señalar que, desde entonces hasta nuestros días, muchos de los mejores libros de poesía publicados en el país pertenecen a varias generaciones de poetas mujeres.



OP: ¿Cuánto te cambia la poesía, si es cierto que la poesía puede cambiarnos?



DB: La poesía te cambia en un registro íntimo, sin aspavientos, porque es la pequeña voz del mundo, la prima lenta y retrasada que va detrás, pero en el mismo tren del habla de la gente, que va adelante.



OP: ¿Alguna vez pensaste en escribir otro género?



DB: No. Sólo imagino el poema. Aunque también escriba algunas reflexiones en prosa, siempre como resultado de alguna demanda, conferencias por ejemplo; a menudo son metástasis de algo sentido o pensado previamente en el poema, pero que, abordando el umbral del ensayo, se enuncia, por supuesto, de otra manera.



OP: El jardín es un libro que parece mostrar un quiebre en tu producción, aunque nunca dejás de establecer un diálogo con tus poemas anteriores. ¿Cómo surge Eljardín?



DB: Vaya a saberse cómo… Lo que puedo señalar ahora, en la perspectiva de la distancia, es que ese libro fue escrito en los años posteriores a la última dictadura, mientras se hacía claro que el retorno de las instituciones no significaba el fin de la injusticia. También en un momento de mi vida en que hice abandono del monte o bosque extraordinario para ocuparme del jardín, de las pequeñas cosas en el recortado espacio de la vida, del cuidado que requieren, del aprendizaje interminable, de la pasión, diría, como pasión que cuida. Y también de los sueños que no se olvidan. Pero creo que el verdadero quiebre se da en el libro posterior, Sur.



OP: Sur y La Edad Dorada son libros donde se contempla desde una mirada emocional capaz de cambiar la realidad observada… Son libros que quieren unirnos fraternalmente con la vida…



DB: A mediados de los ochenta fui invitada a dar la cátedra de Letras en la escuela de compositores e intérpretes de Sadaic. Enseñar implicó para mí ponerme a estudiar. Releí el Renacimiento y el Siglo de Oro español y el Modernismo, me entrené en la tradición de versificación de la lengua castellana y abrí mi oreja de una forma nueva. Los músicos populares –en un vasto arco que incluía ritmos urbanos y folklóricos- me enseñaron muchísimo; soy una hija de la tradición de ruptura que en la mitad de su vida fue a mirar hacia atrás sin dejar de mirar hacia delante. Esos fueron los años en los que escribí Sur; lo que buscaba expresarse empezó a encontrar su forma, primero en los gráciles versos de arte menor, y luego, naturalmente, en el endecasílabo y otros metros más extensos. Sin embargo he mantenido, creo, la síncopa del siglo veinte, la cesura inquietante e inestable en un lugar no previsto de la sintaxis, el encabalgamiento suave a veces o encabritado, las rugosidades, la violencia y el descaro de mi época; no como una voluntad apriorística, sino como una necesidad expresiva. Esta aventura comienza en Sur, y continúa, por eso lo considero un libro de quiebre en mi producción, aunque muchos otros elementos están ya presentes en libros anteriores y me parece que no es difícil advertirlos en la lectura completa de lo que he escrito hasta ahora.



OP: ¿Qué hay de la naturaleza, de esos pájaros y plantas que están en tu poesía, con una sorprendente capacidad contemplativa? ¿Qué ha tenido que ver lo zen y lo franciscano, o Juan L. Ortiz con todo ese mundo que contraponés a lo urbano?



DB: Mi lectura de Juan L. es muy tardía, pienso que todavía no lo he leído verdaderamente, como él se lo merece. Mi trato con el taoísmo y con la poesía china leída en traducción, sobre todo en inglés, es muy antiguo. Pero creo que el verde y el bicherío, omnipresentes en mi escritura, vienen de la más remota infancia, de haberme criado en el campo de la llanura santafesina, en las parcelas escasas que mi familia arrendaba y trabajaba por entonces. Los largos años de vivir en el delta del Paraná, donde paso todavía extensas temporadas, hicieron el resto.



OP: Ciertas lecturas se hacen presentes en tu obra: Simone Weil, Meister Eckhart, etc... ¿Por qué ese lado casi místico de tu poesía? Pienso en ese libro que termina con Buda mostrando una flor o en ese poema del mirlo negro que de repente te hace pensar en "la resurrección de la carne"...



DB: Porque han sido lecturas intensas y prolongadas, tanto el genio de Simone Weil como el de Levinas me acompañaron durante años. La filosofía, un amor tan temprano para mí como el de la poesía, es un campo de lectura que transito con frecuencia. En cuanto al Maestro Eckhart, que roza las posiciones del Zen dentro de una tradición cristiana que nunca lo miró con buenos ojos, es para mí un puente entre la sabiduría de oriente y la de occidente, y, de algún modo, un familiar de San Juan de la Cruz, poeta al que amo. Gautama viene después, cuando mis lecturas budistas se abrazan también con las de los poetas sufies del Islam. Un cierto ecumenismo como verás. Preguntar por qué sería como preguntar por qué en algún momento de la vida se leen la Biblia o El Chilam Balam, El Kurán o La Palabra Resplandeciente… Porque son grandes libros que han dado diferentes culturas, porque son la herencia de nuestra común humanidad.



OP: ¿Tenés alguna creencia religiosa?



DB: No. Creo que tengo la gracia de la fe, la fe de creer que la vida tiene sentido, en todas sus manifestaciones.



OP: Tu poesía reunida acaba de salir editada por Adriana Hidalgo. Incluye un libro inédito que además le da nombre a toda la obra, Tener lo que se tiene . Es un título que desafía e inquieta nuestra época …



DB: El libro inédito que acompaña esta edición de la poesía reunida se llamó así no sólo porque hay en él dos breves poemas con ese título, sino por algo en el tono y el acento del mismo. Terminó dándole nombre al tomo entero quizás porque ha llegado el momento en mi vida de aceptar que ya no seré ni haré lo que los ideales de la juventud reclamaban, aunque ojalá la pelota no haya caído tan lejos de la cancha; se tiene lo que se ha hecho, lo que se ha podido hacer, y diría, dulcemente, que es bastante.


 
Dejar las huellas

Entrevista a Jorge Boccanera 

por O. Picardo


 





Jorge Boccanera estaba empacando su ropa para viajar a Nicaragua cuando dábamos las últimas correcciones a esta entrevista. Poco le faltaba para andar por las viejas calles de la bella Granada, una de las ciudades coloniales más antiguas de América. Otro viaje, otra huella en el interminable ir y venir de este poeta argentino cuyo nombre y obra es de los más reconocidos en Latinoamérica.


Estas huellas son de exilio y también de aventura, de búsqueda y también de encuentros. Tal vez, esto mismo sea una de las razones por las cuales su voz suena en su propio país, como una de las voces más originales y difíciles de encasillar. En su palabra vive lo rioplatense, pero también vibra el son profundo de América. Boccanera es un equilibrista en una difícil cuerda floja: intenta unir, como muy pocos, las lejanías del idioma de las grandes selvas del norte y los ruidos del triste bandoneón del sur.


Su poesía sustenta esa vieja lucha por la expresión de una imposibilidad, muerde el polvo pero con la boca del que ha besado “las piernas a la poesía”. Cuando lo leemos, no se puede estar ajeno a las instantáneas diáfanas de sus imágenes y emociones. No sólo elabora una erótica, sino que deslumbra diciéndole a la mujer del prójimo: “…ni siquiera/ me llamo como dices, pero/ puedes quedarte,/ hay un poco de sopa, algo de vino,/ afuera está lloviendo en otro idioma.”


Otra cosa es oirlo: habla el familiar y el amigo que vuelve de lejos, con el acento de una lengua que no ha dejado de sonar muy nuestra.







Osvaldo Picardo: En tu poesía se mantiene un diálogo con la tradición poética latinoamericana. Raúl González Tuñón, Neruda, Gelman, Homero Manzi, los cronistas, Jorge Teillier, Vallejo… Hay un concierto de ecos que te acompañan…




Jorge Boccanera: Yo soy un sobreviviente de mi infancia y mi infancia son las voces entreveradas del puerto de Ingeniero White, al sur de Buenos aires. En esas calles polvorientas cada persona que pasaba era una bandera, una lengua, una historia distinta. Esas resonancias, esos pasos, seguramente suenan en mi imaginación. Después vinieron las lecturas de Whitman, Neruda, Bécquer, Vallejo, más las revistas de historietas, un género al que le debo mucho. Sobre las influencias, las vecindades, hay líneas disímiles: Jorge Teillier, Enrique Molina, Homero Manzi, Luis Cardoza y Aragón, Juan Gelman, Eliseo Diego y seguramente muchos más. Aquí habría que hablar de cómo se da en cada quién la cocina de sus obsesiones; el diálogo de esencias, las correspondencias subterráneas y, sobre todo, la lucha de contrarios, ese núcleo de fuego que tensiona cada poema.







OP: “El Ladrilllo” es un grupo de poetas que está en tus comienzos literarios. ¿Quiénes estaban con vos?




JB: El núcleo de “El Ladrillo”, por el que pasaron varios escritores, lo conformaron poetas que hoy siguen produciendo: María del Carmen Colombo, Vicente Muleiro, Adrián Desiderato, más el artista gráfico Jorge Sposari. A 35 años de su creación, veo al grupo como una experiencia breve e intensa que en apenas tres años de la turbulenta década de los 70 (entre la ferocidad de la Triple A y la masacre del golpe militar) llevó adelante sin sectarismo, numerosas expresiones culturales: lecturas, encuentros con escritores de diversos puntos del país; trabajamos con músicos y teatristas populares.




OP: ¿Qué relación los unía a Olga Orozco? ¿Podemos decir que las diferencias que existían entre el surrealismo argentino y la poesía del 60 alcanzaron una suerte de síntesis en tu generación, entre el compromiso social y la palabra poética?




JB: Ella era la madrina del grupo. De “El Ladrillo” salieron libros, revistas, discos, posters, exposiciones. La pluralidad del grupo se evidencia en las poéticas de aquellos escritores que nos fueron cercanos: de la textura surrealizante de Olga al teatro del absurdo de Agustín Cuzzani. Recuerdo que publicamos poemas de Roberto Santoro donde hablaba de los desaparecidos; luego él mismo sería una víctima. También otro poeta cercano, Carlos Higa, fue secuestrado y desaparecido. Pienso que mucha de la poesía de esos años se movía en base a dos movimientos: la búsqueda y el cuestionamiento; vale decir: entre la experimentación formal y la mirada crítica.




OP: ¿Qué ha quedado en tu poesía de aquel teatro del absurdo o del surrealismo? ¿Hay alguno de tus libros en que las imágenes jueguen con estas cosas?




JB:De todas esas experiencias, de todos esos diálogos, seguro que algo se ha filtrado en mi escritura. Creo que el legado importante de un artista a otro es la libertad. Me explico: los poetas denominados “fundadores” por los críticos –Girondo, Vallejo, Cardoza y Aragón, Pellicer, Díaz Casanueva, De Rokha, entre muchos- se abstuvieron de fundar una escuela; vale decir que transitaron por fuera de declaraciones, manifiestos, puntos programáticos, ortodoxias, modas, dogmas; de modo que su mensaje fue una invitación para que cada quien echara mano a todo aquello que en su criterio le diera mayor intensidad a su palabra.




OP: ¿Puede decirse que tu poesía siempre estuvo cerca de la canción popular intentando borrar los límites entre poesía culta y popular?




JB: Bueno, no es casual que uno de los poetas que se acercó a “El Ladrillo” fuera Cátulo Castillo, el autor de “La última curda”. Vengo de un hogar musical, mi viejo cantaba tangos en una orquesta de Bahía Blanca. Lo cierto es que nunca dejé de escribir letras de canciones, es algo que me da mucho placer. Respeto mucho el género de la cancionística, una expresión que en nuestro país tiene artistas de la importancia de Atahualpa Yupanqui, Discépolo, Manuel J. Castilla, Spinetta, Fandermole, para citar algunos. Claro que las letras están articuladas a la posibilidad de encontrar un socio, un músico con el que uno se identifique en el armado, en la composición. Te cuento que hace años, cuando yo vivía exiliado en México, me escribió Piazzolla. Había leído mi poema “Fueye” y me habló de la posibilidad de hacer algo juntos. ¡Casi me muero del susto! Fue por el 83, cuando él vivía en Uruguay. No pudimos vernos sino años después y lamentablemente él no estaba bien de salud.




OP: Los viajes, la aventura y el exilio están presentes en tu palabra. La alimentan así como crean o cierran distancias entre “cantar y contar” las cosas de la vida, los personajes, las “bestias en un hotel de paso”, que es el título de otro de tus libros. En La sordomuda hay un poema que me gustaría escucharte comentar: “Exilio” que, por alguna razón, dejaste afuera de la última antología Marimba.




JB: El que nace en un puerto, lleva el viaje puesto. Dicen que mi poesía tiene la respiración del viaje; de hecho acaba de salir un CD con mis poemas en México dichos por mí, titulado Jadeo del viaje. Diría que sé de dónde parto pero nunca adónde voy a llegar, porque me imantaron los tipos de la fábula de los arrabales. El viaje es iniciativa, azar, elección, fascinación por el recorrido, juego, riesgo, imaginación, búsqueda, encuentro con nuevos interrogantes. Y eso alcanza a mi poesía pero también las historias de vida que escribo: vida como movimiento, viajes hacia la gente. El escritor se fascina con lo diferente y siente la extrañeza de sí mismo, se deja construir por lo diferente. “Exilio” quedó afuera de Marimba porque esta antología nunca es la misma.




OP:Tenés una manera muy propia de recopilar y antologarte a través de un libro como, por ejemplo, Marimba que lleva cinco ediciones. ¿Cómo es que se fue dando esta forma de publicar tu obra?




JB: Es verdad, Marimba, que ahora tendrá una nueva edición en Venezuela, sufrió de una edición a otra, algunas modificaciones: se sumaron poemas inéditos, letras de canciones, etc. Trato de que cada antología sea representativa de lo que hago, y como han sido parciales –no hay una que recopile todos los libros que escribí- a veces incluyo en una, lo que suprimí en otras, de manera de hacer un libro un tanto diferente.




OP: Pero, ¿esa diferencia entre una y otra Marimba, por ejemplo, está pensada de acuerdo a algún criterio que te lleva a repensar los poemas ya escritos y publicados?




JB: No tengo una respuesta a esa pregunta; en general trato de agrupar en una antología, cuando me toca hacerla, aquellos textos que creo me representan mejor; pero el asunto siempre va por caminos insondables, o por cuestiones prácticas. Por ejemplo, este año sale en Colombia una antología en una colección popular llamada “Un libro por centavos”, tiran 15 mil ejemplares, y es de formato pequeño, lo que obliga todavía a una selección más rigurosa.




OP: Estás a cargo de la cátedra de Poesía Latinoamericana de la Universidad de San Martín ¿Cómo ves lo que está pasando en esa poesía...?




JB: Es imposible estar al tanto de todo, ¿no? Yo coordino la cátedra de Poesía Latinoamericana de la Universidad Nacional de San Martín; tomo especialmente aquellas voces de ruptura surgidas en los inicios del siglo XX; hay allí una cantera de nombres y experiencias literarias fundamentales. Aparte de los poetas fundadores, que cité antes, están otros menos conocidos pero igualmente significativos: Joaquín Pasos, Salomón de la Selva, Pablo A. Cuadra y luego Westphalen, Molina, Gangotena, etc. Ya existen muchos ensayos sobre vanguardia que recopilan sus manifiestos y textos programáticos. A mí me interesa más el entramado que se da por debajo de lo declarativo y el modo en que los ismos que vienen de Europa se “embarran” aquí, se reformulan. Así que estamos lejos de un traslado mecánico de esos ismos; lo que hay es debate y refutación. No nos olvidemos que el poeta nuestro, grande, de la vanguardia es un indio, Vallejo, quien expone sus diferencias con las modas y ortodoxias. En esta perspectiva, la poesía latinoamericana agrega a la búsqueda experimental un rasgo de identidad desglosado en indigenismo, criollismo, nativismo y negritud.




OP: En gran parte de la poesía de todas las épocas, el tema de los exilios se mantiene constante. Pero siempre es distinto de un poeta a otro, como en tu poesía…




JB: Todo exilio es desgraciado en tanto significa -como se ha dicho- un desterradero de identidades. No voy a repetir lo que significaba como sanción para los griegos, esa dislocadura de un hombre perdido para su comunidad y para sí mismo. Lo dijo Martín Fierro: “es triste dejar sus pagos/ y largarse a tierra ajena”. En mi caso el hecho de haber salido muy joven, con 23 años, le dio al hecho un vuelco en un sentido de intercambio, solidaridad, diálogo, aprendizaje. Esto lo conversé bastante con un exiliado emblemático, Augusto Roa Bastos, quien muy joven debió dejar el Paraguay. Decía que había ganado en experiencia, algo que no se le había dado luego como exiliado “diplomado”. En el mismo sentido, Cortázar instaba a trocar la diáspora en ágora, convertir el exilio en una “violenta y hermosa fuerza”. El destierro fue también un espacio de lucha, de denuncia contra la Junta Militar. El tema está en el poema “Exilio” y en muchos de mis textos; hay que tener en cuenta que el poeta se mueve en los márgenes y escribe desde el reverso del idioma; hace sus preguntas con una pierna colgando en el vacío…




OP: En el exilio se aprenden hasta los silencios del idioma …algo de esto decía Roa Bastos…




JB: A Roa lo visité en Asunción poco antes de que falleciera; me dijo: “escribo en el lenguaje del exilio… el exilio ha sido mi maestro”. En lo meramente social el transterrado reconstruye una solidaridad en los gestos del país que recibe. En el México hospitalario donde viví, además de la cohesión hacia el interior de la comunidad de exiliados argentinos, había ya una trama de destierros superpuestos: españoles, guatemaltecos, bolivianos, salvadoreños, uruguayos, nicaragüenses, chilenos, con quienes se desarrolló un sistema de cruces que multiplicó los elementos de intercambio. La solidaridad y el diálogo fueron sustanciales, más allá de lo que significa para uno la pérdida de su tierra. Pero ese desterradero de identidades, fue también para mí una energía.




OP: Recuerdo tu poema que define al lugar como "el animal más grande de la tierra"...




JB: Es un poema que habla de exiliados que “cargan sus pedazos de tiempo” y “clavan sus zapatos en el barro”. Dormimos en los huecos que dejan las pezuñas de un animal enorme, fabuloso, pero no lo sabemos. Habitamos un universo de lugares trastocados, por eso cada uno funda su lugar, su estar, algo que va más allá de lo meramente geográfico. Toca, más bien, cuerdas metafísicas. Por eso esperamos que alguien nos diga el camino; uno de sus versos dice: “¡Ah, si el silencio dijera sus lugares!”. Para traducir el libro sagrado de los guaraníes, el antropólogo alemán Kurt Unkel se sumergió en ese universo hasta convertirse en un “nimuendaju”, vale decir: “el que crea su propio lugar”. Y uno hace de su errancia, abrigo.




OP: Sordomuda es un libro que se edita en Costa Rica en el ´91 y parece señalar un punto de concentración lírica alrededor del tema de la poesía y el lenguaje. Hay un trabajo muy especial en este libro que encarna en el personaje de la pordiosera que “te muestra la lengua por sólo una moneda…” Y al final, en el poema “Burlesque”, esa misma lengua se transforma en “la punta de un iceberg”.




JB: La hechura de Sordomuda fue fatigosa, compleja. Mucho tiempo de corrección. Para mí corregir, más que rectificar, es ratificar aquello que se perfila como posible, pulir lo que está bien. Sordomuda fue un deshuesadero de percepciones, ideas, emociones e imágenes, que reformulaba continuamente. Uno cuando escribe el poema también lo va hablando, hasta un punto en que debe callarse porque empieza a hablar el poema. Conversé mucho con este libro. El tema es la poesía misma, aunque no sólo desde lo conceptual -como usualmente se ha tratado el asunto- sino de un modo más teatral, con personajes: esa niña pordiosera que me cuenta el mundo desde su mudez.




OP: Es como en una de esas historietas que te gustaban de chico…




JB: ¡Cómo no! Yo leía mucho a Oesterheld y las revistas Hora Cero y Frontera. Reconozco que en mi poesía hay influencia de la historieta; de hecho hay personajes -el domador de leones, los espantapájaros, la contorsionista, el motociclista, el luchador, el bufón del rey, el callado, las bestias- y por supuesto la Sordomuda. En el clima del comic yo incluiría la secuencia de un poema visual, con movimiento, como “Marimba” y varios de Sordomuda por el tono irónico, grotesco, tremebundo ligado a situaciones de aventura que, en este libro remiten expresamente a la creación. Hay algo de cuadro de historieta en algunos símbolos, como cuando la poesía, pordiosera o reina, aparece amarrada junto al poeta, espalda con espalda, en un campamento rodeado de centinelas.




OP:Tu último libro Palma Real ha logrado recientemente el VIII Premio Casa de América, en Madrid. La imagen de la selva, que a vos te acompaña desde hace años, logra en este libro una presencia profunda. ¿Qué hay en esa selva de la Palma Real?




JB: Palma real es la voz del follaje, de sus personajes; de esa selva que en lugar de crecer, imagina. La vida de las grandes urbes da un código rígido, cerrado, una jerga santo y seña que a ratos en lugar de hacer el diálogo más fluido, incomunica. Y que, primero que nada, aturden, no dejan expresar al silencio. Yo viví largos años en Costa Rica, y en algunos de sus lugares me atrapó el resoplido del silencio en medio de la hojarasca. En el libro trato de mostrar ese todo encaramado que es el bosque, cuya suma siempre da un número poderoso que se pudre en el día. En ese espacio, dan sus aforismos los pájaros y los reptiles, y Ana Frank camina sin miedo de la mano de Rimbaud.

El libro surgió en 1995 y le pude soltar la mano en 2008. Se inició en Dos Ríos de Upala, donde el poeta Norberto Salinas me regaló un laurel negro con el que hice con mis manos una biblioteca. A medida que iba trabajando la madera, sentí que entraban a mi casa todas las texturas del verde de lugares de gran exhuberancia: Corcovado, Tortuguero, Barra del Colorado, los bosques de La Tigra. En Monteverde, bien arriba, en la montaña, alguien escribió para el viajero “deja sólo tus huellas”…