11 marzo 2012

Rimbaud por John Ashbery

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Desde Rimbaud con amor



por Jordi Doce




Edicion Norton


Por una de esas casualidades que no parecen del todo casuales, la traducción de John Ashbery de las Iluminaciones de Rimbaud coincide en el tiempo con la edición española de El juramento de la pista de tenis (1962), quizá el libro más obediente a la vanguardia histórica del poeta americano, y desde luego su trabajo más francés, más teñido de coquetería parisina. Ashbery ha escrito que hace poco volvió a releer El juramento… y que, lejos de espantarse como preveía, disfrutó con la insolencia, el enorme descaro de su escritura juvenil. A juzgar por los inéditos que ha ido dando a conocer últimamente, parece que ese descaro ha vuelto a filtrarse en su escritura, dando más fuerza al impulso aleatorio, borrando la tenue lógica que unía pasajes y estrofas, dislocando incluso la sintaxis. Tal vez para espantar cualquier indicio de aburguesamiento, el patriarca improbable de la poesía norteamericana parece haber vuelto a sus fuentes, esa Francia personalísima que acotan, entre otros, Pierre Reverdy, Max Jacob, Raymond Roussel o, mucho antes en el tiempo, el Rimbaud de los grandes poemas en prosa. No es extraño, pues, que haya aceptado la propuesta del editor Bob Weil de traducir las Iluminaciones, convirtiendo el encargo en un homenaje a la tradición misma en que se educó.



Ashbery recuerda haber descubierto a Rimbaud a los dieciséis años, cuando «leí ‘O Saisons, O Chateaux’ y me pareció distinto de toda la poesía que había visto hasta entonces». Años después, en el prólogo a su primer libro, Some Trees (1956), Auden rastreó la influencia de Rimbaud en el joven poeta con palabras ambiguas que eran tanto un elogio como un reproche (o un paternal aviso a navegantes):


Si la pregunta de Wordsworth había sido: «¿Qué lenguaje emplean realmente los hombres?», Rimbaud se preguntó: «¿Qué lenguaje emplea la mente imaginativa?» En las Iluminaciones intentó descubrir esta retórica, y todo poeta que, como el señor Ashbery, tenga intereses análogos se enfrenta al mismo problema […] El riesgo para un poeta que trabaja con la vida subjetiva es […] darse cuenta de que, si quiere ser fiel a su naturaleza, debe aceptar extrañas yuxtaposiciones de imágenes, extrañas asociaciones de ideas, y siente la tentación de producir extravagancias premeditadas como si lo subjetivamente sagrado fuera por fuerza extravagante.

            En el fondo, el aviso de Auden es una confesión de sus propias limitaciones, y Ashbery supo encontrar una salida a este falso dilema, una tercera vía que preservaba el esplendor y la riqueza de enfoques de la visión imaginativa sin caer en un hermetismo intransitivo. Y lo hizo, en parte, gracias a Rimbaud y al propio Auden, de quienes aprendió que lo importante no era hacerse entender sino hacerse oír. O mejor dicho: que forjarse un clima verbal, un timbre distintivo, era la primera obligación del poeta. Y nadie que oiga el tono Ashbery, esa dicción a medias irónica, evasiva y seductora que es marca de la casa, puede permanecer indiferente: nunca queda muy claro lo que dice o deja de decir, pero es indudable su capacidad para enganchar al oyente, hipnotizarlo con la espiral de una digresión que difiere una y otra vez las conclusiones, los sentidos.
            

Así también, en gran medida, avanzan las Iluminaciones, y Ashbery las traduce con oído cómplice, atento a sus quiebros y requiebros, sus ágiles transiciones, esa forma peculiar que tienen de mezclar asombro y desdén, pasión y distancia, fervor y desacato. Si acaso, su Rimbaud suena un poco más templado y conversacional, con algo de la frivolidad satisfecha que le caracteriza. Y es curioso observar cómo la cercanía del francés le hace emplear un inglés algo más arcaico y germánico de lo habitual. No es mala estrategia. Al fin y al cabo, muchos de estos poemas se escribieron durante la «temporada» londinense de Rimbaud y algo hay en ellos de la concisión y economía de la lengua inglesa, esa música brusca que él asoció a su experiencia de la gran ciudad.


De manera quizá significativa, la traducción de las Iluminaciones ha coincidido en el tiempo con el regreso de Ashbery a la práctica del collage. Tras el descubrimiento de una caja con viejos collages realizados en los años setenta, la mítica galería neoyorquina Tibor de Nagy expuso en el otoño de 2008 una pequeña muestra que parece haber animado al poeta a retomar una práctica que le permite, una vez más, poner en juego su gusto por la ironía y su sensibilidad pop. Algunos de estos nuevos collages, como «Promontorio», remiten a pasajes de las Iluminaciones (libro para el que llegó a hacer una portada); otros, como era de esperar, son humoradas a costa de la iconografía culta. En todos, sin embargo, está eso indefinible que caracteriza la obra de Ashbery en su conjunto: frescura, vivacidad, gracia en estado puro.



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Las Iluminaciones de Rimbaud




John Ashbery

© Tom Sandler
Cortesía de The Griffin Poetry Prize



¿Qué son las Iluminaciones? En su origen, un fajo desordenado de páginas manuscritas sin título que Arthur Rimbaud le entregó a su antiguo amante Paul Verlaine en Stuttgart en 1875, con ocasión de su último encuentro. Verlaine acababa de salir de una prisión belga, donde había cumplido condena por herir de un disparo a Rimbaud dos años atrás, en Bruselas. Rimbaud pretendía que su assassin manqué hiciera entrega de aquellas páginas a otro amigo, Germain Nouveau, quien –pensaba– gestionaría su publicación.
            Esta actitud despreocupada hacia la que terminaría siendo una de las obras maestras de la literatura universal resulta desconcertante, incluso en alguien tan impredecible como su autor. ¿Era sólo que no quería derrochar en sellos? (Verlaine, más adelante, se quejaría por carta de que franquear el paquete le había costado «¡¡¡2,75 francos!!!») Más probablemente se debió a que Rimbaud había decidido ya abandonar la poesía por lo que terminaría siendo una carrera mercantil en África, donde traficaría con una mareante diversidad de artículos y materias primas (aunque no, al parecer, con esclavos, como algunos han supuesto). Después de todo, había cuidado la publicación de su libro anterior, Una temporada en el infierno, aunque tuvo que dejar el grueso de la tirada en el taller del impresor, a quien fue incapaz de pagar por falta de medios. Como Emily Dickinson, había visto que «las cabezas de los caballos / señalaban la eternidad». En la penúltima estrofa de «Adieu», el poema final de Una temporada en el infierno, había escrito: «Sin embargo, es la víspera. Recibamos todas las energías de vigor y de ternura real. Y, con la aurora, armados de una paciencia ardiente, entraremos en las espléndidas ciudades»[1].
            Este tono de despedida, así como la dificultad para fechar cada una de las Iluminaciones, llevó a los primeros críticos a conjeturar que Una temporada en el infierno había sido el adiós de Rimbaud a la poesía. Más recientemente ha quedado claro que las Iluminaciones preceden y siguen a ese poema. Algunas se escribieron en Londres durante su estancia en la ciudad con Verlaine; otras datan de una visita posterior a Londres con Nouveau, que copió algunas de ellas; otras, en fin, pertenecen al periodo francés que siguió a la horrible aventura bruselense. Aunque su orden definitivo no se debe a Rimbaud, la primera Iluminación («Después del Diluvio») contradice el «Adieu» de Una temporada en el infierno con una visión de frescura postdiluviana, una vez que la «idea del Diluvio» ha vuelto a decaer. Aquí, una liebre dice su oración al arco iris a través de la tela de araña, los tenderetes se levantan, los castores edifican, la sangre y la leche corren, los carajillos humean y el Hotel Espléndido se construye en el caos de hielo y noche del polo… En otras palabras, la vida sigue igual.
            La noche polar regresa en la Iluminación final, uno de los más grandes poemas jamás escritos. Aquí un «genio», una figura de naturaleza crística cuyo amor universal trasciende las constricciones de la religión tradicional, llega para salvar el mundo de «todo sufrimiento sonoro y móvil en la música más intensa». No obstante, pese a todo, «el canto claro de las desdichas nuevas» también debe reinar. ¿Cómo es posible? Según André Guyaux, uno de los dos responsables de la edición de Garnier que he seguido para mi traducción:

Esta asombrosa expresión implica que el futuro no será idílico ni puramente feliz, como «la abolición de todo sufrimiento…» parece indicar, sino que estas «desdichas nuevas» sonarán con mayor claridad y serán preferibles al sufrimiento causado por la superstición y la «caridades» cristianas del momento». El genio traerá con él una edad de alegría más triste pero también más sabia, una más alta conciencia que la vaticinada por Una temporada en el infierno, tal vez debido, justamente, a la orden que da la obra de ser «absolutamente moderno».

            Tendemos a olvidar que la «poesía moderna» es una institución venerable. El poema en prosa (término que el propio Rimbaud dio a sus Iluminaciones) había sido ya utilizado por Lautréamont y Baudelaire; Rimbaud mencionó a un amigo la influencia que la poesía en prosa de Baudelaire había tenido en su trabajo. El verso libre, hoy ubicuo, es empleado por Rimbaud en dos pasajes del libro. Sin embargo, si vamos a lo esencial, la modernidad absoluta era para él el reconocimiento de la simultaneidad de todo lo existente, la condición que alimenta la poesía a cada segundo. El yo es obsoleto. En la célebre formulación de Rimbaud, «Yo es otro» (Je est un autre). En el siglo veinte, las visiones conflictivas y simultáneas del objeto de los pintores cubistas, el empleo nivelador de todas las notas de la escala en la música serial, y las progresiones no jerárquicas de los cuerpos en movimiento en las coreografías de Merce Cunningham, son tres ejemplos entre muchos de esta desestabilización fecunda. Allá abajo, en la raíz de estas manifestaciones, el revoltijo cristalino de las Iluminaciones de Rimbaud, como una colección desordenada de transparencias de linterna mágica –según sus palabras, cada una de ellas era «un sueño intenso y rápido»–, sigue emitiendo pulsaciones. Si somos absolutamente modernos –y lo somos– es porque Rimbaud nos ordenó que lo fuéramos.

Traducción de Jordi Doce

© John Ashbery, 2011
Cortesía de Carcanet Press, UK



[1] Las citas de Rimbaud se dan por la traducción de Miguel Casado incluida en Arthur Rimbaud, Obra poética completa, ed. Miguel Casado y Eduardo Moga, DVD Ediciones, Barcelona, 2007. (N. del T.)

15 febrero 2012

Ley del nombre físico de las personas

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¿Qué hay en un nombre? 






por Osvaldo Picardo



Le decíamos Titi y era el verdulero de la cuadra. Lo conocí en la época de estudiante en La Plata, en los oscuros años de la dictadura. La frutería se convertía, cerca del mediodía, en un centro de atracción cuando el hambre dictaba su clase magistral para lograr fiado una ensalada de lechuga y tomate, junto a una manzana “sin gusano, please”.
Desde ahí, Titi miraba las ventanitas que, una a una, se alineaban sobre una pared blanca de tres pisos de alto, construcción precaria que no por nada llamábamos “el palomar”. Era nuestra casa de monoambientes para estudiantes, amigas y desconocidos de siempre.




También a esa hora, la Tana del segundo se asomaba apoyando las manos en el marco de la ventana y dejando a la vista sus enormes encantos. Titi la miraba sin dejar de acomodar las zanahorias y los zapallos. Y con una voz finita, arrastrando las erres como Cortázar, advertía con una sonrisa bajo la desmechada barba: “Empieza la función”. Venía a buscarla su novio, un señor mayor, siempre vestido con traje, anteojos negros y engominado hasta la quinta vértebra. Desde el auto, el Caracol, así lo habíamos bautizado, retribuía el saludo de la noviecita y quedaba fumando con la radio encendida. Arriba, la Tana se demoraba con su compañero de estudio finalizando la larga tarea de la mañana. Sin más palabras, el amigo verdulero titulaba aquello como “el misterio del cuarto cerrado”.


Nunca más lo volví a ver. Me quedó su nombre, es decir su apodo. La magia de cuatro letras con que volví a nombrar, como un mal aprendiz de brujo, la vida de los otros y esa otra parte de la historia que es también mía.


Los nombres y los apodos juegan una partida con las cosas más absurdas y olvidadas que nos rodean; pueden ocultar y revelar tanto como cambiar y fijar para siempre el destino y la suerte de una persona. Lo vemos en la literatura. Alguien, por ejemplo, que se llame Mr. Hyde como en la novela de Stevenson, o Cándido en la de Voltaire, o Doña Bárbara en la de Rómulo Gallego.


Pero ¿qué extraña decisión lleva a elegir un nombre a una criatura casi antes de nacer? Llamar Brian a alguien en la época de La cautiva de Echeverría ya era una rareza, y mucho más, si hoy en día, una amiga le pone así a su hijo. Por eso me fui a consultar el listado oficial, y en la “b” no sólo encontré al héroe romántico de Echeverría sino también: Bali, Balint, Ballard, Baltar, Baltasar con sus variantes con z y h, y hasta la botánica etiqueta de Bambú. Hace unos años, corrió por todos lados un conocido y triste caso, el de un tucumano a quien sus padres pusieron el desafortunado nombre de Candelario, por haber sido bautizado en una parroquia con el nombre de ese santo. Trabajó desde muy joven como mozo y ahí aprendió cruelmente que, además, llevaba el nombre de una marca de fiambres. Así obtuvo el inevitable sobrenombre de "salamín" y durante más de 40 años, lo soportó con estoicismo hasta que harto de bromas, inició los trámites judiciales que le permitieron cambiar de nombre.


El Registro Civil y las normativas legales aseguran para la sociedad ciertas costumbres culturales y desechan otras. La ley 18.248 y sus modificaciones sobre “Nombre de las Personas Físicas” no permite libremente el cambio, salvo que lo permita una resolución judicial mediando "justos motivos". Numerosos fallos han interpretado esta norma, fijando ciertos criterios de justicia. Recién con el nuevo milenio arriban algunas flexibles excepciones y tal vez, pronto, una esperada ley de identidad de género, que devuelva la dignidad y salud a muchos de nuestros conciudadanos condenados a un nombre y un sexo que no les pertenece.


Volviendo a la literatura, que a veces puede ser origen y no copia de la realidad, unos versos de Shakespeare me parecen elocuentes. Están en boca de Julieta, cuando su amor por Romeo se debate para superar la rivalidad de Montescos y Capuletos.






"¿Qué hay en un nombre? Esto que llamamos rosa
con cualquier otro nombre olería tan dulcemente"


Romeo and Juliet (II, ii, 1-2)






Julieta reflexiona como un filósofo del lenguaje. Existe una amistad falsa entre los nombres y las cosas, aunque también advierte que existe una inexplicable atracción de opuestos bajo el dominio del amor. La pregunta implica una respuesta engañosa a partir de la primera afirmación: “sólo tu nombre es mi enemigo. Porque vos sos vos mismo, seas o no Montesco”. Ella no está enamorada de un nombre. Para ella, solamente se trata de una convención, sonidos huecos que nada significan. Pero, sin saberlo, contienen la tragedia entera.


Nombrar a alguien, cuando se lo hace desde la pasión y con el sentido que ella impone, es como tejer con un ovillo de músicas mezcladas con coros y solistas. No sólo se entrevera la historia familiar y personal con el reconocimiento y pertenencia social, sino también, con algo desconocido de uno mismo. Podría decir que todo nombre adquiere su significado después de haberlo escuchado, nunca antes. El nombre de la Tana tiene en mis oídos la voz de Titi. El de Romeo, en cambio, necesitó varios años de lecturas, acercarme a esas páginas mudas y hacer un esfuerzo de imaginación para escuchar el texto. La distancia temporal y cultural que separa al lector de Shakespeare siempre abre un vacío que sólo se llena con lo que cada uno tiene.


Con el nombre propio, sucede algo parecido. El sentido sólo comienza a sonar en el oído del propietario, con la voz de otra persona; es su espejo sonoro, el reflejo y el eco. No por nada Platón, comparaba en el Cratilo la acción de nombrar con la rudimentaria acción de tejer. Este tejido resulta muy especial, inconsútil e inexplicable, viste y, a la vez, desnuda. Nombrar algo o alguien es imitar por medio de la voz ese especial tejido que lo constituye.


Cuando he vuelto a escuchar mi voz grabada, no siempre he podido o no he querido reconocerla; en cambio, el efecto fue distinto cuando, por alguna razón, he encontrado grabada en un viejo contestador la voz de un amigo o de mi madre. Hay música en las voces del cariño. Tonos y colores que nos devuelven a otras épocas. Pero tarde o temprano, olvidamos el sonido de una voz. No hay nada que pueda hacerse.


Yourcenar, cuyo verdadero nombre no era ese, hace decir a la narradora de Con los ojos abiertos: “Me daba cuenta cada vez más de que la manera más profunda de entrar en un ser, sigue siendo escuchar su voz, comprender el canto mismo de que está hecho”.


Me pregunto ¿quién puede recordar cuándo oyó por primera vez su nombre? Debe haber sido un momento importante, tal vez mágico.


La voz de quien nos llamó también nos dio vida.

08 febrero 2012

W. B. Yeats en argentino

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W.B.Yeats



"Quería ser pájaro" de Leonora Carrington




Alción Editora acaba de publicar, en Córdoba, Poemas Completos, de W. B. Yeats (1865-1939), con traducción, presentación y notas del poeta rosarino Eduardo D'Anna. "Sólo unas cuantas traducciones de los poemas de Yeats se habían publicado hasta ahora, y ninguna integral. Esperamos que la presenta pueda llenar ese vacío honrosamente", dice el traductor.


Por eso, es para celebrar la traducción de uno de los grandes poetas irlandeses del siglo XX que Alción Editora acaba de publicar, en Córdoba: Poemas Completos, de W. B. Yeats (1865-1939), con traducción, presentación y notas de Eduardo D'Anna, también dramaturgo, narrador y poeta cuyo último libro de poesía es Diario secreto de Marco Polo (Alción, 2011).

W.B.Yeats, conforma junto a T.S. Eliot y Ezra Pound un trío insustituible cuando se habla de poesía en lengua inglesa o se reflexiona sobre la contemporaneidad desde una mirada y un pensamiento en el que se combinan la tradición y la modernidad. El autor del memorable poema “Navegando hacia Bizancio” fue un irlandés comprometido con las luchas nacionales de fines del XIX, senador del recién constituido estado de Irlanda en 1922 y premio Nobel en 1923. Su obra es vastísima. Escribió además de poesía, teatro, memorias, ensayos, panfletos, prólogos, cartas y hasta reglamentos para sociedades secretas.

La edición cordobesa de Alción, reúne por primera vez, su poesía completa. Hasta ahora, creo que, en el país, sólo contábamos con el trabajo prolijo y autorizado de Delia Pasini, una antología bilingüe publicada en Losada en su colección 70 años.

El poeta irlandés había sido recientemente abordado en España, por Antonio Rivero Taravillo, en una edición bilingüe de Pre-Textos (2010); así como en otra edición de Lumen (2005), con prólogo de Seamus Heaney y traducción rimada de Daniel Aguirre. Otros intentos fueron los de Alianza (1990) con una difícil traducción de Enrique Caracciolo Trejo. Las demás ediciones han sido de poemas sueltos o de alguno de sus libros como es el caso de La escalera de caracol de Linteo (2010) en la traducción de Antonio Linares Familiar; o Los cisnes salvajes de Coole y La Torre de ediciones DVD, en traducción ambos de Carlos Jiménez Arribas. Como vemos tras una somera revisión de ediciones y traducciones, la Argentina viene perdiendo por goleada contra el excelente equipo dela Real Academia Española. El ingenioso trabajo de D´Anna nos devuelve ahora la posibilidad de la revancha.

El hecho mismo de una traducción habla de la historia secreta de un encuentro. El encuentro entre Yeats y D´Anna, nacido en 1948, nunca podría haber tenido lugar, por más viejo y andariego que se considere al rosarino. La coincidencia fue a partir de la experiencia de hace más de 40 años, que el traductor obtuvo cuando colaboraba en la legendaria revista Lagrimal Trifurca. En una nota al pie de la introducción (p. 11), D´Anna cuenta el significativo equívoco de poetas y editores a raíz del poema traducido en la revista y que llegó a manos del poeta chileno Jorge Tellier. “Es evidente que a Tellier le gustó el poema (y mi traducción) —dice D´Anna—, pues la misma con ligeros e insignificantes retoques, estaba entre sus papeles póstumos”. De ese modo, fue tomado por un texto del poeta chileno y como tal se publicó editado por Colihue en Bs.As., en 1999.

El equívoco ilustra con claridad de qué modo extraño se puede confundir un poema traducido con uno original, o como dice el español Sánchez Robayna: “lo que debe interesarnos es que un poema lo sea de verdad, es decir que ese poema sea un buen poema, haya sido o no fruto de la traducción”. D´Anna, como poeta, ha alcanzado esa proximidad por la cual se confunde copia y original.

Y hay otra proximidad también. La de un autor y su traductor. Puede ser que se conozcan o no, que sean contemporáneos o no, pero esta segunda proximidad hace que muchas traducciones por modestas o rudimentarias que sean, pongan en evidencia las carencias de la propia lengua y empujen a inventar las equivalencias necesarias. Es un proceso en que el diálogo entre dos culturas termina por hablar en una nueva lengua.




Algunas traducciones de poemas de Yeats 
por Eduardo D’Anna






LA HUESTE INAPACIGUABLE



En sus cunas de oro, ríen los hijos

de Dana, aplauden, y entrecierran

sus ojos, porque cuando las águilas,

de pesada ala blanca y frío corazón,

vuelen, cabalgarán el Viento Norte:

Beso a mi hijo que llora; lo aprieto

contra mi pecho, y oigo que nos llaman

a mi niño y a mí, desde las tumbas

estrechas, desesperados vientos

que van llorando sobre el mar errante,

que van revoloteando el Oeste en llamas,

que soplan los fantasmas quejosos

al golpear las puertas del Cielo

y del Infierno. Corazón, corazón,

te sacuden los vientos, y la hueste

no se aquieta, más bella que los cirios

a los pies de María.



MAJESTAD CAÍDA



Aunque las multitudes se juntaban

nada más que para ver su rostro,

los ojos de los viejos se apagaron

ya; solamente esta mano, cortesana

abandonada entre gitanos, balbuceando

sobre la majestad caída, testifica

que ya no está. Sus líneas,

el corazón que suavizó la risa,

ése está, está; pero registro

lo que se ha ido. Multitudes

se juntarán de nuevo, sin saber que

van por la calle donde caminó algo

hace mucho, como una nube ardiente.







LOS CISNES SALVAJES DE COOLE



Están los árboles en su belleza

otoñal, y secos en el bosque

los caminos; bajo la luz de octubre,

crepuscular, el agua quieta

refleja el cielo. Sobre su brillo, entre

las piedras, hay diecinueve cisnes.



Ha llegado el otoño diecinueve

sobre mí, desde que hice la cuenta

por la primera vez, y los veo

antes de que termine, echar el vuelo

dispersándose en grandes anillos

rotos, sobre sus alas clamorosas.



He visto estas brillantes criaturas

y ahora está triste mi corazón,

porque todo cambió desde que, entonces,

en esta costa, por la primera vez,

las escuché aleteando sobre mí,

que marchaba airosamente.



Incansables aún, amantes,

bogantes en la helada corriente,

compañeros, trepan el aire.

Sus corazones no han envejecido

aún, y pasión o conquista

maravillosas los esperan.



Patinan en el agua, hermosos,

misteriosos. ¿En qué lago, en qué

charca, se juntarán para construir

la delicia de unos ojos humanos,

mientras yo me despierto, y me doy

cuenta de que se han ido?





LOS ACADÉMICOS



Cabezas calvas que su pecado olvidan;

viejas, sabidas, respetables cabezas,

editando y anotando los versos

que los jóvenes, agitándose

en sus camas, con desesperación

en el amor rimaron, alabando

lo bello para oídos ignorantes.



Todo evasivo es, todo tose

tinta, todos gastan la alfombra

con sus zapatos, todos

piensan lo que otros piensan,

todos saben lo que sabe el vecino.

¿Qué dirían, Señor, si Catulo

fuera por esas sendas?







SOBRE UNA PRESA POLÍTICA[1]



Ella, que nunca tuvo mucha paciencia

en la infancia, ahora tiene tanta,

que una gaviota perdida en su miedo

volando hasta su celda, posándose,

se dejó tocar por sus dedos

y se dejó por ellos alimentarse.



¿Tocando el ala solitaria recordó

aquellos años, antes de amargarse

la mente, de volverla abstracta,

de hacer de su pensar un enemigo

para el pueblo: conduciendo ciega

a los ciegos que en la zanja yacen?



Cuando antaño la veía cabalgando

por el Ben Bulben, tras la caza,

la más bella de todo el condado,

agitada por su chúcara juventud,

parecía haber crecido limpia y dulce

como un pájaro en la roca o en el mar:



Acunada en el aire, cual si dejara

ése su nido por la primera vez

para volar hasta una roca alta,

a mirar todo bajo un dosel de nubes;

mientras bajo su pecho de tormentas

golpeado, las simas del mar gritan.






MIL NOVECIENTOS DIECINUEVE



I

Muchas cosas ingeniosas y encantadoras,

han desaparecido. Y parecían milagros

a la masa, protegidas del círculo

de la luna que las cosas comunes

tira abajo. Allí estaba, entre el bronce

ornamental y la piedra, una antigua

figura hecha de olivo... y también

han desaparecido los célebres marfiles

de Fidias, y todas las langostas

y todas las abejas doradas.



Nosotros también tuvimos lindos

juguetitos: leyes inconmovibles

por la queja, el soborno, la adulación,

o la amenaza; costumbres que derritieron

el viejo mal, como si fuera cera

al rayo del sol; la opinión pública

tanto tiempo en sazón, pensamos

que en el futuro subsistiría. 


Oh, qué fino pensábamos, porque pensábamos 


que los más malos bribones se habían muerto.

Los dientes caídos, las viejas tretas 


olvidadas, un gran ejército 


sólo para mostrar; ¿y qué importaba 


que ningún cañón se volviera reja 


de arado? El Rey y el Parlamento 


pensaban que a menos que un poquito 


de pólvora no ardiera, los trompeteros 


trompetearían hasta morir; faltaría gloria;

los caballos con sueño de los guardias

podía ocurrir que no hicieran cabriolas.



Ya los dragones montan los días, la pesadilla

cabalga sobre el sueño; una soldadesca

borracha, puede a la madre, asesinada

en la puerta de calle, llevársela

chapaleando en su sangre, y escaparse;

la noche suda en terror como antes.

En la filosofía despedazamos nuestra

manera de pensar, planificando someter

el mundo a reglas, que son comadrejas

peleándose en un agujero.



Quien pueda leer los signos sin naufragar

en cobardía, en lo semiengañoso

que intoxica de sombra los sesos; y que sabe

que no hay palabra que permanezca,

mientras salud, abundancia y paz de espíritu

gastándose en obras maestras del intelecto

o de la artesanía, dejan ningún honor

cual monumento poderoso, dejan

tan sólo comodidad: el triunfo puede

romperse en soledad fantasmal.



¿No quieren más confort todavía?

El hombre ama, pero ama lo que

se desvanece, ¿qué más se puede

decir? El país anda, osados

no se admiten, si alguien lo fuera

sería hallado incendiario, ese tipo

de fanático que en la Acrópolis

quemaría el leño, que haría pedazos

los marfiles famosos, o vendería

las abejas o las langostas.


II

Al envolverse los bailarines chinos

de Loie Fuller en un fluorescente

tejido, en una cinta flotante, pareció

que cayera entre ellos un dragón

del aire, haciéndolos girar, apurándolos

a apartarse de su sendero furioso;

así hace el Año Platónico: gira

cada vez, bien o mal, en el viejo cambio;

todos los hombres son danzantes; y andan

según el bárbaro martilleo de un gong.



III

Moralistas o poetas mitológicos

al alma sola comparan con un cisne;

comparación que me agrada: preocupado

espejo que nos mostrara, antes de irse

el breve brillo de su vida, su estado,

semiextendidas las alas para volar,

sacando pecho, orgulloso de verse

cabalgando esos vientos que anuncian

la noche que se aproxima.



En su propia meditación secreta

un hombre está perdido adentro

del laberinto que él se ha fabricado

en política o arte; los platónicos

dicen que ahí cuando debiéramos

salir fuera del cuerpo para andar,

se nos pega el hábito antiguo,

y que si nuestro trabajo pudiera

desvanecerse con nuestro aliento

tendríamos buena muerte, que el triunfo

sólo puede estropear nuestra soledad.



El cisne va en el cielo desolado:

una imagen salvaje, que da la rabia

para acabar con todo, para terminar

lo que mi trabajosa vida imaginó,

incluso lo imaginado apenas, lo a medias

escrito; pero queremos enmendar

todo error en que vemos afligirse

a los hombres, y esos vientos de invierno

soplan ahora, mostrándonos que estábamos

locos de la cabeza al tratar de soñar.



IV

Nosotros, que hace siete años,

hablábamos de verdad y honor,

chillamos con placer si contemplamos

darse vuelta a la comadreja,

y mostrarnos su diente.



V

Burlémonos de los grandes

con ese peso en el alma

que se afanan tanto y duro

por dejar sus monumentos,

y no piensan en el viento.



Burlémonos de los sabios;

con calendarios en donde

fijan sus ojos dolientes,

sin mirar las estaciones,

y ahora se duermen al sol.



Burlémonos de los buenos:

porque la bondad fantástica

será grata, pero enfermos

de soledad, piden tregua:

sopló el viento... ¿y dónde están?



De los burlones, burlémonos

después, ya que nunca ayudan

al bueno, al sabio o al grande,

para alejar la tormenta,

y comercian con la burla.



VI[2]

En los caminos, violencia de caballos;

algunos con hermosos jinetes, adornados

en sus finas orejas, agitando sus crines;

pero los cansados corren y corren

y se destrozan, se desvanecen,

con el diablo rondándoles la cabeza:

las hijas de Herodías han vuelto,

súbita ráfaga llena de polvo, y luego

un retumbe de patas, un tumulto

de imágenes, con su objetivo puesto

en ese laberinto; y puede alguna mano,

loca, atreverse a tocar una hija

pues todo gira con gritos amorosos,

con gritos de ira, de acuerdo al viento,

porque están ciegos todos.

Pero ahora se frenan, se posa el polvo;

dejan de cabecear. Sus grandes ojos

sin pensamientos, bajo la sombra

de su estúpido pelo color paja,

está el diablo insolente, Robert Artisson,

a quien la abandonada Lady Kyteler

trajo plumas doradas de sus pavos,

peines rojos de sus gallos.

                                                                               1919




Notas:
1.   Se refiere a Constance Gore-Booth, Condesa de Markievicz, ardiente patriota y republicana irlandesa, que tomó parte en la rebelión de 1916, y fue condenada a muerte, y luego indultada. Yeats se refiere a ella y a su hermana Eva en varios poemas.
2.La gente del campo ve a veces ciertas apariciones a las que llaman ahora ‘ángeles caídos’, ‘antiguos habitantes del país’, y que describen como cabalgando a veces ‘con flores sobre las cabezas de los caballos’. Sostuve en el sexto poema que estos jinetes, ahora que los tiempos han empeorado, se han entregado a lo peor. Mi último símbolo, Robert Artisson, fue un espíritu diabólico que anduvo mucho por Kilkenny al comienzo del siglo XIV. ¿No están también éstos que viajan a través de remolinos de polvo en el Año Platónico? (Nota de Yeats, Collected Poems, págs. 534/535).

17 enero 2012

POESÍA ARGENTINA Y DICTADURA

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LATENCIA: POESÍA Y DICTADURA

Por César Cantoni


Grupo Latencia. Cantoni, Klala Domián, Robino, Castillo, Coto, Chiesa, Buceta, Gago

En Argentina, los años 70 fueron utópicos y trágicos al mismo tiempo. La persecución de un mundo mejor, que llevó a algunos grupos a abrazar la lucha armada, desembocó, tras el golpe militar del 24 de marzo de 1976, en un mundo bastante peor, signado por el terrorismo de Estado. Muchos de los que apostaron a los ideales revolucionarios pagaron su elección con el silencio, el ostracismo, la cárcel, la tortura o la muerte. En este aspecto, los argentinos tenemos el triste mérito de haber universalizado una nueva categoría de ciudadanos: los desaparecidos. La Plata, cuyo carácter universitario contribuyó a nutrir ideológicamente a los cuadros militantes, sufrió con singular ensañamiento la represión castrense.
A principios de la década en cuestión, y pasando al ámbito estrictamente literario, la narrativa seguía disfrutando el llamado “boom latinoamericano”(1), mientras que la figura gigantesca de Pablo Neruda dominaba, por su parte, la escena poética. Neruda era un poeta emblemático en todo sentido: por su vida y por su obra. Su poesía, difundida y reconocida universalmente con el Premio Nobel en 1971, tenía múltiples atractivos para los jóvenes que empezábamos a deletrear sueños y versos; entre ellos, la sintonía amorosa y el registro social. Fuera de la existencia de otros creadores igualmente valiosos, Neruda era, por entonces, el poeta más influyente de la lengua española.
En medio del fervor revolucionario y el avasallante despliegue de la creación nerudiana, La Plata aparecía dentro del contexto poético nacional sin perder su tradicional fisonomía, pero mostrando algunas expresiones renovadoras. Junto al tono elegíaco de su poesía, acuñado por la generación del 17(2) y refrendado por la generación neorromántica del 40(3), se alistaban ahora las voces personales de Horacio Preler y Horacio Castillo, mientras que la camada de poetas sesentistas ya dejaba avizorar los nombres de Osvaldo Ballina, Rafael Felipe Oteriño y Néstor Mux. En aquel momento, Roberto Themis Speroni, que había muerto en su madurez creadora en la primavera de 1967, era una figura ampliamente reconocida; sobre todo, después de la aparición de “Roberto Themis Speroni”, una antología de su poesía édita e inédita, compilada por Ana Emilia Lahitte y editada en dos tomos (1973 el primero y 1975 el segundo) con el patrocinio del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires(4).
Cabe agregar que La Plata no tenía, en la primera mitad de los años 70, una bohemia literaria que hiciera demasiado ruido. Tampoco había grupos predominantes ni revistas de poesía que definieran una línea o marcaran un rumbo. Si bien la producción poética era cuantiosa y de alta calidad, los poetas se movían independientemente y a regular distancia de las modas y los experimentos vanguardistas, como ha sido habitual en la ciudad, salvo contadas excepciones. Por lo demás, la actividad institucional pasaba por la filial local de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires (SEP), que anualmente premiaban con sus “fajas de honor” la producción édita e inédita de los autores de la región.
Tal era el cuadro de situación cuando, a mediados de 1974, se da a conocer el grupo Espantapájaros, cuyo nombre rinde tributo a Oliverio Girondo, autor del poema homónimo. El grupo estaba integrado por Atilio Chiesa(5), Gustavo Javier Almeida y Ernesto Girard, los cuales publicaron, con regularidad mensual, una pequeña hoja de poesía caligrafiada por el último de los nombrados, que alcanzó los seis números. Con el sello Ediciones de Espantapájaros apareció, asimismo, a comienzos de 1976, el primer libro de Almeida, titulado “Andarín”. Poco después, el grupo se disolvió y Girard se convirtió en editor, llegando a publicar con el sello que lleva su nombre alrededor de treinta libros, entre los cuales se hallan algunos de los títulos más notorios de las letras platenses. Su último trabajo editorial es “Cuadernos orquestados”, una colección de poesía dirigida por Abel Robino, que incluyó once cuadernillos publicados entre 2005 y 2009(6).

1977. Primeros pasos

Espantapájaros es el antecedente inmediato del que sería poco después el Grupo Literario Latencia, creado y dirigido por Abel Robino, poeta y artista plástico nacido en Pergamino en 1952. Incluso, algunos integrantes del primero estuvieron vinculados estrechamente con el segundo.
Cuando Robino se afincó en La Plata en diciembre de 1973 para estudiar en la Facultad de Bellas Artes, ya había fundado en su ciudad natal con María Rosa Apesteguia el Grupo Literario Pergamino, al que luego se sumaron otros poetas. Antes, entre 1971 y 1972, había vivido en Chile y había acompañado en su lucha a los jóvenes trasandinos de la Unidad Popular, la coalición de partidos políticos de izquierda y centro-izquierda que condujo a la presidencia de aquel país a Salvador Allende.
Familiarizado con el trabajo colectivo y llevado por su espíritu emprendedor, Robino decidió trasladar su experiencia a La Plata, convocando a un puñado de poetas noveles que abrigaran deseos de integrar un grupo literario. La ocasión para reclutar a esos poetas se presentó durante una lectura de poemas de la cual participaron, además de Robino, Patricia Coto, Ricardo Klala y Silvia Nora Sciommarella. Dicha lectura, organizada por la SADE local(7), se desarrolló, aproximadamente, entre fines de mayo y principios de junio de 1977(8) en el Jockey Club y contó con la coordinación de Horacio Preler.
En los días posteriores, Robino, Coto, Klala y Sciommarella comenzaron a reunirse con el fin de asignarle un perfil al grupo, fijar un marco de acción y acordar un nombre, que, en definitiva, fue “Latencia”. Para decirlo metafóricamente, “Latencia” alude al carácter de lo que está dormido y amaga despertar; es la semilla que reposa en la tierra con la promesa de ofrecer alguna vez sus frutos.
Sin embargo, no todo marcharía sobre rieles. El grupo se hallaba en plena gestación cuando un hecho luctuoso lo golpeó sin piedad: el 29 de julio de 1977, Sciommarella, que estaba embarazada, muere en un accidente de tránsito en el camino General Belgrano, tras haber asistido a un acto literario(9) en Buenos Aires. En su corta existencia, esta poeta no llegó a publicar ningún poemario, pero su obra inédita la hizo acreedora de varias distinciones; entre ellas, el primer premio de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de La Plata correspondiente al período 1974/75. Así, con su muerte impensada, se apagaba una voz promisoria de la poesía platense.
Todavía sacudido por la tragedia, el grupo incorporó a Deidamia Martín y resolvió publicar un libro con poemas de sus cinco integrantes. El libro, que lleva prólogo de Horacio Preler y se titula “Adiós, pequeño”, en homenaje a Sciommarella y el bebé frustrado, se terminó de imprimir el 22 de diciembre de 1977 en un taller de Pergamino y se presentó el 25 de marzo del año siguiente en la Biblioteca Central de la Provincia de Buenos Aires, en La Plata.
Ya desde el arranque, una de las características de Latencia fue la de ser un grupo interdisciplinario, lo que le permitió entablar un diálogo enriquecedor con creadores ligados a otras expresiones del arte, como la pintura y la fotografía. Ese diálogo y la permeabilidad manifiesta entre los distintos protagonistas facilitaron, en primer término, la realización de un trabajo en común con el artista plástico Raúl Ibarra y el fotógrafo Abelardo Martínez, que ilustraron con dibujos y fotografías, respectivamente, poemas de todos los integrantes del grupo. El trabajo conjunto fue expuesto el 18 de septiembre de 1977(10) en la llamada Fiesta de las Artes, organizada por la Galería Nelly Tomás(11) con el fin de recaudar fondos para la Cooperadora del Hospital Noel Sbarra y celebrar el advenimiento de la primavera.
Seguidamente, el grupo incorporó a Graciela Buceta y clausuró la labor del año con la presentación del libro “Pensado en otoño”, de Horacio Laitano, amigo y coterráneo de Robino. El acto se realizó el 10 de diciembre en la Biblioteca Central de la Provincia de Buenos Aires y contó con la muestra de poemas ilustrados ya exhibida en la Fiesta de las Artes.

1978. Luces y sombras

Al comenzar 1978, Deidamia Martín dejó el grupo y éste se abrió a nuevas incorporaciones. Nos sumamos, entonces, Atilio Chiesa, Aníbal Amat, Ingrid Creimer, que se desvinculó rápidamente, y yo. A esa altura, Latencia era un grupo heterogéneo en el que convivían las voces y corrientes más diversas. Amat, por ejemplo, admiraba fervientemente a Borges; Coto expresaba un lirismo de raíz española, Chiesa venía de Neruda, y Robino y yo, que también habíamos abrevado en el vate chileno, terminamos recalando, tras abordar algunas experiencias vanguardistas, en la poesía norteamericana. El grupo no tenía, por otra parte, vocación parricida. No pretendía llamar la atención defenestrando a nadie ni lanzando proclamas irreverentes contra la tradición. En general, la idea era hacer pie en los grandes referentes contemporáneos y, a partir de ellos, emprender una búsqueda expresiva renovadora, coincidente con las transformaciones y el lenguaje de la época.
Las reuniones “oficiales”, por llamarlas de alguna forma, se llevaban a cabo en la casa de Coto, que tenía una pared con rejas y un jardín al frente. Así, apenas trasponíamos la puerta de entrada, una explosión vegetal nos recibía con su diversidad de verdes y de flores. Luego ascendíamos unos pocos peldaños y una segunda puerta nos franqueaba el paso a una sala espaciosa con una mesa grande, en torno de la cual debatíamos ideas, proyectos y sueños compartidos. A veces, también leíamos poemas propios y ajenos y los desmenuzábamos críticamente como en un taller de escritura.
Fuera de aquellas reuniones puntuales y periódicas, algunos compañeros solíamos encontrarnos, de manera informal, en la pieza que Robino compartía con Martínez: “un agujero en pleno centro”, según el primero. El “agujero” se hallaba en la planta alta de una vieja casona que parecía desmoronarse, situada sobre la calle 6, entre 46 y 47. (Abajo –siempre lo recuerdo–, había un bar penumbroso, que tenía un naranjo amargo frente a la puerta.) Para más datos, la pieza de marras, a la que se accedía mediante una escalera de madera destartalada montada en un pasillo, funcionaba, además, como taller de pintura y fotografía donde Robino y Martínez desarrollaban sus tareas artísticas, por lo que siempre reinaba en ella un gran desorden.
Otras veces, Robino venía a mi casa en bicicleta o bien nos reuníamos con Chiesa en el departamento de éste, donde era común que estuviera Girard. Allí, entre vasos de vino y una picada como cena, permanecíamos charlando entusiastamente hasta la madrugada. Sí, charlábamos de fútbol, de poesía, de mujeres, de arte, de política...
En cuanto a Latencia, ese año el grupo se abocó a organizar, en los días de verano, el Primer Encuentro de Poetas Jóvenes de La Plata, para lo cual lanzó una convocatoria a través de los medios gráficos de la ciudad. La respuesta fue masiva y el Encuentro se concretó el 4 de marzo en el Círculo de Periodistas de la Provincia de Buenos con la participación de una treintena de poetas no mayores de 30 años, entre los cuales se hallaban Norberto Antonio, Guillermo Pilía, Juan Carlos Gago y Marcela Montenotte. De inmediato, Gago y Montenotte se plegaron al grupo, que comenzó a planificar nuevas actividades.
Poco después, el 22 de mayo, el grupo rindió homenaje a Francisco López Merino con motivo de cumplirse ese día el cincuentenario de su trágica muerte (un disparo en la sien por mano propia lo había arrancado del mundo en plena juventud). El acto, organizado por la SADE local y la SEP, tuvo lugar en el Paseo del Bosque, frente al busto que recuerda la figura del poeta. En la oportunidad, habló Horacio Ponce de León y los “integrantes del grupo juvenil Latencia”, como reza una crónica periodística de la época, leímos poemas del autor de “Tono menor” y “Las tardes”.
Paralelamente al trabajo desarrollado por el grupo, Robino, Amat y yo publicamos una hoja de poesía bautizada “Guión”, de la cual aparecieron dos números: el primero, en mayo, con poemas de Sciommarella, y el segundo, en septiembre, con poemas de Chiesa. La hoja, cuyo nombre fue extraído azarosamente del diccionario, contó con la diagramación y el cuidado habitual de Girard.
En medio de ambas publicaciones, Robino viajó a La Habana para participar, entre el 28 de julio y el 5 de agosto, en el XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, que congregó a 18.500 jóvenes en representación de 145 países. En el marco del Festival, cuyo lema era “la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad”, Robino leyó poemas de todos los integrantes de Latencia.
En ese momento, en Argentina, la represión desatada por la dictadura continuaba sin tregua. Las manifestaciones culturales generaban desconfianza en el poder y todos éramos sospechosos. No es de extrañar por eso que, al volver al país, Robino se convirtiera en una víctima más de la persecución ideológica imperante. En septiembre, su domicilio fue allanado por la policía, que se llevó todo lo que encontró, empezando por los libros, entre los que se hallaba “Retratos y autorretratos”, un volumen de las fotógrafas Sara Facio y Alicia D’amico, con textos e imágenes de autores latinoamericanos, publicado por Crisis en 1973, que yo quería entrañablemente y que le había prestado.
Tras el allanamiento, Robino fue detenido y el grupo no tuvo noticias de él durante varios días, hasta que, finalmente, apareció recluido en la Unidad Carcelaria Nº 9 de La Plata a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Luego de ser sometido a Consejo de Guerra(12), su causa derivó a la Justicia Civil, que terminó devolviéndole la libertad a fines de 1979. Paradójicamente, al desencadenarse la guerra de Malvinas, el Ejército pretendió reclutarlo en su carácter de Subteniente de Reserva, condición que le había dejado el Servicio Militar Obligatorio.
Al momento de ser detenido, Robino acababa de publicar de la mano de Ernesto Girard Editor su primer libro: “Obsesión”. Casi inmediatamente, salieron a la luz con el mismo sello los libros iniciales de otros compañeros del grupo, a saber: “Libro del vigía”, de Patricia Coto; “Reconciliación”, de Juan Carlos Gago y “Confluencias”, de mi autoría. Todos ellos se expusieron, al año siguiente, en la V Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en el stand de la editorial Botella al Mar.
Como puede suponerse, los días que siguieron a la detención de Robino no fueron fáciles para los integrantes del grupo. No obstante, más allá de la angustia suscitada por la suerte que pudiera correr aquél y el temor por nuestro propio destino, seguimos reuniéndonos rutinariamente y conduciéndonos en forma individual de la misma manera que lo habíamos estado haciendo hasta entonces. Demás está decir que los intentos que realizamos para conocer la situación y el futuro inmediato de Robino resultaron, en todos los casos, infructuosos: las personas contactadas al respecto guardaban silencio o simplemente se desligaban del asunto.
Por eso, al aproximarse fin de año, el grupo creyó justo reconocer a los poetas que siempre estuvieron cerca del mismo y le brindaron su apoyo sin reservas, para lo cual organizó un acto de homenaje que se llevó a cabo el 13 de diciembre en el Salón Dorado del Jockey Club. Los poetas homenajeados fueron: Ana Emilia Lahitte, Horacio Preler, Horacio Castillo, Matilde Alba Swann, Atilio Milanta, Jorge Héctor Paladini, Lázaro Seigel, Josefina de Barilari, Jolie Castagnet y Oscar Luciani(13).
Poco antes de dicho homenaje, se habían producido en el grupo un par de movimientos: el alejamiento de Amat y la incorporación de Carlos Caramello.
Por último, para cerrar la actividad anual y con Robino en la cárcel, el grupo presentó “Obsesión” el 22 de diciembre en la sede de la SADE central, en Buenos Aires.

1979. Fin de ciclo

Durante el verano de 1979, el grupo incorporó, sucesivamente, a Marta Glineur, Silvina Lozano, Alcira Vallejo y Juan Carlos Iribarne, con los cuales se abocó de lleno a organizar un nuevo evento: la Primera Feria Exposición del Libro Platense. El propósito de la Feria, cuya realización fue prevista para los días 19, 20 y 21 de abril, era, como se desprende del programa impreso, “quebrar el hábito de la no-lectura”, facilitar el acceso a la literatura local, no siempre presente en las librerías, y permitirle al lector “el diálogo sin obstáculos con los autores”. A fin de precisar aún más sus alcances, el diario El Día publicó el 3 de abril una entrevista a Coto, Gago y Glineur, en la que estos expresaban la necesidad de llegar con la poesía a un público mayor al que era habitual encontrar en los actos literarios. Así, para que cualquier ciudadano pudiera toparse con “los libros abiertos en la calle”, como se había propuesto el grupo, la Feria iba a ser montada en los jardines de la Universidad Nacional de La Plata, pero, al final, el permiso fue denegado por las autoridades de ésta, que evitaron todo tipo de compromiso.
Frente a la negativa oficial, el grupo se vio obligado a buscar en el ámbito privado el espacio que le permitiera llevar adelante su iniciativa, siendo el Club Universitario el que le abrió de par en par las puertas. De esta forma, la Feria se inauguró exitosamente el 19 de abril con numeroso público y una vasta exposición de libros nuevos y antiguos, revistas y manuscritos de autores fallecidos. Sin embargo, al día siguiente, cerca del mediodía, la policía irrumpió por sorpresa en el lugar, levantó la Feria y se llevó detenidos a Gago y Caramello, que, en ese momento, se hallaban a cargo de los stand. Por fortuna, luego de permanecer varias horas en una comisaría de la ciudad, los compañeros fueron liberados.
A partir de entonces, la imposibilidad de realizar actos públicos sin contratiempos eventuales y el desgaste producido por la sensación constante de acosamiento, hicieron que el grupo fuera raleando sus reuniones y terminara por disolverse, con lo cual quedaron pendientes de concreción varios proyectos que habían ido madurando en los últimos meses; entre ellos, la publicación de una revista y el Primer Encuentro de Escritores de la Provincia de Buenos Aires.
Como ya dije, Robino recuperó la libertad a fines de 1979 y en 1982 se trasladó con su familia a Francia, país donde reside en la actualidad. Los demás integrantes del grupo(14) tomamos, por imperio de la vida, caminos diferentes: unos abandonaron para siempre la creación poética y otros, aún hoy, continuamos escribiendo, encontrándonos y honrando la amistad sólidamente edificada, entre sueños, poemas y dolores, al correr de los años 70.

En síntesis

Latencia fue, en síntesis, un grupo literario heterogéneo, cuyos integrantes creímos que no hacía falta matar a nuestros mayores para crear una obra poética propia. Sabíamos que, como suele decirse, a la literatura no se entra golpeando la puerta, sino tirándola abajo; pero también entendíamos que, en este último caso, había que tener cuidado de no derribar, al mismo tiempo, el edificio entero.
La heterogeneidad literaria expresada se correspondía, asimismo, con posturas filosóficas, religiosas y políticas disímiles, que nos permitían a los integrantes del grupo disentir democráticamente, sin hegemonías ni imposiciones de ninguna índole.
Latencia nació en un momento trágico del país, en que el poder fundamentalista podía disponer de la vida y la libertad de las personas a su entero arbitrio, y en una ciudad como La Plata, caracterizada por la alta jerarquía de sus poetas, pero que, luego de la disolución de Espantapájaros, no contaba con actividad grupal alguna. Su actuación se extendió a lo largo de casi dos años, durante los cuales realizó actos de distinto tenor y estrechó vínculos con artistas de diversas áreas y de todas las edades; en particular, con Horacio Preler y Horacio Castillo, con los que mantuvo varios encuentros y entrevistas.
Cuatro integrantes de Latencia publicamos nuestro primer libro en plena dictadura, al igual que la mayoría de los compañeros de generación a nivel nacional. Esta circunstancia hizo que los poetas jóvenes de los años 70 fuéramos calificados por algunos como “los poetas de la dictadura”. Otros, teniendo en cuenta que padecimos las consecuencias de la represión y resistimos desde el lugar de la poesía, prefieren hablar de “los poetas de la resistencia”. Más allá de estos intentos de rotulación y encasillamiento a que nos tiene acostumbrados la literatura y que nunca resultan totalmente exactos, los poetas setentistas fuimos, por cierto, parte de una generación utópica que creyó en la posibilidad de construir un mundo más fraternal y equitativo; que empezó a participar en la vida cultural poco antes del golpe militar de 1976, y que, producido éste, terminó envuelta en una vorágine de horror insospechado.
La valoración literaria y la asignación del lugar que le corresponde a cada uno de los protagonistas quedan para los críticos y lectores interesados en indagar en una de las décadas más controvertidas y apasionantes que nos ha tocado vivir.

La Plata, diciembre de 2011


Notas

1. El “boom latinoamericano” fue un fenómeno editorial basado en el auge de la literatura de América Latina de los años 60, que permitió conocer en todo el mundo a escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Rulfo y Julio Cortázar, entre otros.
2. A los integrantes de la generación del 17, entre los cuales sobresalieron Pedro Mario Delheye (1894-1918), Alberto Mendióroz (1895-1924), Héctor Ripa Alberdi (1897-1923) y Francisco López Merino (1904-1928), también se los conoce como los poetas de “la primavera fúnebre”, expresión acuñada por Rafael Alberto Arrieta, en razón de que todos murieron antes de los 30 años.
3. Entre los poetas más destacados de la generación del 40 cabe mencionar a Horacio Ponce de León (1913-1999), Alberto Ponce de León (1917-1976), Horacio Núñez West (1919), Gustavo García Saraví (1920-1994), Norberto Silvetti Paz (1921-2005), Ana Emilia Lahitte (1921) y Roberto Themis Speroni (1922-1967).
4. Hay una segunda edición en un solo tomo publicada en 1982 por la Municipalidad de La Plata y el Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires con el título “Speroni, poesía completa”.
5. Atilio Chiesa fue el director del grupo y el que sugirió su nombre.
6. Los once cuadernillos, conteniendo poemas de Abel Robino, César Cantoni, Osvaldo Ballina, Horacio Preler, Gustavo Caso Rosendi, Guillermo Lombardía, Osvaldo Picardo, Rafael Felipe Oteriño, Patricia Coto, Néstor Mux y Horacio Castillo, fueron reunidos en el libro “Cuadernos orquestados”, tomo I, publicado por Ediciones Al Margen en 2010. Posteriormente la colección dio a conocer tres nuevos cuadernillos con poemas de Norberto Antonio, Norma Etcheverry y Guillermo Pilía.
7. En ese momento, el presidente de la filial platense de la SADE era Atilio Milanta.
8. La lectura de poemas se desarrolló alrededor del 4 de junio de 1977, fecha en que se presentó en el Salón Dorado del Palacio Municipal la “Antología Poética Bonaerense”, publicada por la SADE local, en la que estaban incluidos Robino, Coto, Klala y Sciomarella, y en virtud de lo cual estos fueron invitados a integrar el panel.
9. El acto literario, al que también concurrieron Robino y Klala, fue la presentación de la “Antología Poética Bonaerense” antes mencionada.
10. La Fiesta de las Artes se realizó el sábado 18 o el sábado 25 de septiembre de 1977. Muy probablemente la fecha correcta sea la primera, ya que uno de los motivos del evento era celebrar el arribo de la primavera.
11. La Galería Nelly Tomás estaba ubicada, entonces, en la calle 46 entre 8 y 9. Para la realización de la Fiesta de las Artes se cortó la calle y los poemas ilustrados fueron expuestos en la vereda.
12. Durante la dictadura, muchos presos políticos fueron sometidos a Consejos de Guerra Especiales, que eran una aberración en sí mismos, para dar apariencia de legalidad a los atropellos cometidos.
13. En el curso del acto, Haydée Kramer leyó poemas de Ana Emilia Lahitte, Horacio Castillo, Matilde Alba Swann y Oscar Luciani, que no pudieron estar presentes.
14. Marcela Montenotte falleció en Mar del Plata a mediados de la década pasada.

12 enero 2012

Vargas Llosa y Müller: El club del Nobel

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El club de los Nobel: 

Vargas Llosa y Müller


 Por Osvaldo Picardo



















              


Las comparaciones sobre escritores abundan en los medios y se multiplican en la web: parecen estar fabricadas de antemano como las necrológicas. Sin llegar todavía a ese extremo, en la Expo Guadalajara, en noviembre del 2011, se dio el caso de Herta Müller (1953) y Mario Vargas Llosa (1936). Allí las comparaciones disimularon las diferencias y acentuaron las semejanzas. Entre las 660 mil personas que pasaron por esa Feria, muy pocas no se deben haber enterado de que dos Nobel de Literatura coincidirían juntos en aquel sitio. Es más, algún neófito lector recién entonces se enteró de quién era esa delgada mujer que estaba al lado del ex candidato a presidente del Perú. 
Con sólo repasar las crónicas de los periódicos de México, Argentina y España, uno podía darse cuenta de que se subrayaban las semejanzas entre Vargas Llosa y Müller, como si el premio unificara escrituras e ideologías. Entre otras pocas notaciones anecdóticas y cosméticas, se enfatizó que hablaron, por ejemplo, “de cómo la escritura de novelas y ficciones es un instrumento del progreso y la libertad”. Otras frases infaltables fueron: “el amor por los libros” o “la literatura es peligrosa para los totalitarismos”. Sin embargo, la mayoría de esas palabras estuvieron en boca del reciente marqués de Vargas Llosa y no de la filóloga suaba Herta Müller. De ese modo, ambos fueron homologados por los mecanismos de contento y concesión que funcionan en estos actos multitudinarios, y que hacen que uno diga, como suyo propio, lo que el resto acostumbra escuchar. La literatura y la poesía, aún tematizadas por el más crudo naturalismo, pasan a un segundo plano, donde son asimiladas a la conformidad, el sentimentalismo estéril y la banalidad. Por eso mismo, todos los espectáculos culturales de este tipo terminan siendo tan parecidos y con tan pocas variaciones verdaderamente significativas.

En muy contados casos, algunos periodistas hicieron notar “las amables discrepancias” entre uno y otro escritor. Y aunque no hubo sino un trato cordial entre ambos escritores, también hubo ciertos momentos de tensión en las respuestas. Los dos autores debían responder, uno tras otro, a la pregunta del español Juan Cruz Ruiz que ofició de moderador. Recuerdo cuando abordaron la relación de la literatura y el poder. La alemana trajo su experiencia de la dictadura de Ceausescu, bajo la cual no podía pensar que la literatura tuviera algún sentido mientras se perseguía, torturaba y mataba. En el aire flotaba el fantasma de Camus, cuando Mario Vargas Llosa salió a desvanecerlo y dijo que no se podía pensar que la literatura fuera “una especie de lujo que uno no puede permitirse”. Y de inmediato, teorizó de la siguiente manera: “La literatura mantiene vivo un quehacer humano que contribuye, de manera imperecedera, a cambiar la vida para mejor. No se puede demostrar, pero se puede decir que quienes leyeron el Quijote enriquecieron su horizonte mental y fueron seres más capaces de percibir entre lo bueno y lo malo de la vida política y social". Por supuesto, siguieron los aplausos...

Tal vez, el marco contenido de la charla y las notas periodísticas de los días subsiguientes despertaron en mí las ansias de diferenciar lo que los demás hacían coincidir. Gestos, frases y silencios se volvieron significativos, pero sobre todo, el esfuerzo por recordar lo leído. No eran muchas, debo reconocerlo, las lecturas de Müller, en comparación con la vasta y talentosa obra del peruano. Los días siguientes al encuentro, alentado además, por el excelente reportaje que le hizo Sabina Berman, inicié la búsqueda de sus libros y una desasosegada lectura. Traté de distinguir entonces, por un lado, la significación hegemonizadora del Premio Nobel que moviliza las voluntades críticas hacia una uniformidad cultural de valores y consideraciones canónicas. Y por otro lado, la experiencia personal del lector que asigna a cada libro una especial carga de sentido, sobre los cientos de estratos y detritos que de todos ellos nos van quedando. El texto leído se va entrelazando con finas agujas, en distintos períodos; se enhebra con anécdotas, declaraciones políticas, crítica literaria o coincidencias inexplicables. Hay una madeja grande como un universo. Y eso lo posee cada libro que merece y merecemos recordar.  

Ante mis quejas, algunos amigos me trataron de explicar algunas sutilezas que yo seguramente no podía sino desconocer, y que hacían de aquel encuentro un hecho para ser considerado con toda la mejor disposición y agrado. Por ejemplo, agregó uno de mis maestros circunstanciales, el jurado del Nobel cuando se lo otorgaron a Müller en el 2009, resolvió dejar de lado nuevamente a los siempre candidatos “favoritos”, a Philip Roth, a Amos Oz y al mismo Vargas Llosa que finalmente lo recibiría al año siguiente. Una revancha de la justicia poética, en la que nunca creí demasiado y que Guadalajara hacía posible.

Siempre se ha debatido, detrás de los secretos obligadamente guardados por 50 años, la existencia de una política del Nobel. Como todo premio, expresa una universalización monopólica de la cultura, diría Pierre Bourdieu. Es decir, se produce un intercambio simbólico por el cual la institución que premia y el premiado son legitimados como tales, pero ese intercambio se hace sobre un enorme porcentaje de desposeídos y marginados. Visto de ese modo, por más pura que quiera ser la institución, entran en juego, entre otras cosas, las voluntades y el poder. En la Academia Sueca se observa, en el último medio siglo, una fuerte voluntad a la vindicación de la Europa central y oriental, castigada por el nazismo y emparedada por el comunismo. Desde 1958, con Boris Pasternak y su forzosa renuncia, el Nobel fue en 15 ocasiones otorgado a escritores de Europa central u oriental, con una historia a la espalda de persecución, disidencia y exilio. Recuerdo a Alexander Solzhenitsin, a Czeslaw Milosz, a Joseph Brodsky y también a Nelly Sachs, Isaac Bashevis Singer, Elias Canetti y hace poco Imre Kertész.

Pero también en Latinoamérica, en una suerte de espejo distorsionante y eurocéntrico, se ha tratado de ver la misma imagen en los populismos democráticos y en las dictaduras tropicales. Ante estos argumentos insidiosos de mi parte, uno de mis maestros circunstanciales objetó que también le dieron el premio a Sartre (que lo rechazó voluntariamente), a Neruda, a Gabriel García Márquez, a Saramago...  Es cierto, pero esos casos no hacen sino confirmar la tendencia que llevó históricamente el Premio, con las propias contradicciones y debates en el seno interno de la Academia Sueca. En ese sentido es muy revelador el libro de memorias  de Lars Gyllensten, uno de los tres miembros de la Academia que en 1988, renunció escandalosamente cuando no le dieron el premio a Salman Rushdie.

Cuando el moderador Juan Cruz señaló que Müller y Vargas Llosa procedían de territorios muy distintos pero con muchas cosas en común, no estaba lejos del imaginario eurocéntrico de la Academia Sueca y, como excelente periodista, sabía con holgura vidas y obras, para entender que las diferencias corrían por otro lado: la escritura. ¿Qué hacer con eso? Era difícil hablar en público de la escritura, porque ella pertenece al ámbito solitario y particular, y sólo es compartida cuando está cumplidamente editada y publicada. Por lo tanto, resta el sobreentendido de que todos han leído todo y que lo que no se conoce es “lo otro”: los recuerdos de infancia, la crueldad política y “el amor por los libros”.  

En esta territorialidad del espectáculo y los medios, funcionan aceitadamente los imaginarios y los monopolios culturales que hegemonizan la charla y el debate. Solamente un esfuerzo del adormilado placer estético puede eyacularnos a otras zonas donde vuelven a aparecer las singularidades entre una y otra escritura,  entre una y otra literatura.  

En los mencionados casos de los dos Nobel, las diferencias y singularidades las veo en cómo cada uno va construyendo su propio espejo, tanto en la escritura como en la figuración pública. Hay un refrán alemán que dice “el diablo está detrás del espejo” y equivale al tabú de la percepción de sí mismo inventada para someterse o rebelarse contra la imposición de una identidad colectiva y de las ideas represivas de dominio. La narración de esa mirada poética es un cruel placer en la escritura de Müller. En cambio, Vargas Llosa, ha construido una imagen autorreflexiva —más autoficcional en lo político que en lo literario—, que se inscribe en la complejidad colonial y mestiza de Latinoamérica y de, alguna forma, cercana a esa dualidad norteamericana al estilo de Henry James con respecto a Europa. Tal vez, esto mismo lo haya llevado a ampliar su geografía y su visión narrativa desde el Zabalita de Conversación en la catedral, hasta el Roger Casement de El sueño del celta. También, es posible que un igual impulso lo convenció de romper con Cuba en 1971 y, luego, de apoyar la intervención militar en Iraq o la firmeza del presidente George W. Bush en la lucha contra el terrorismo internacional...

Tanto en uno como en el otro, el estilo siempre debió ceder a la necesidad de reducción y simplificación de un lector ideal. Pero nunca se igualaron en sus formas, aunque tuvieran simbologías y referencias que se tocaran mutuamente. Por ejemplo, tengo presente la figura de “el dictador”, que llega a ser el modelo del ejercicio del poder brutal e inhumano. La diferencia de las distintas experiencias históricas y narrativas, sin embargo, le otorgan a Müller la autoridad —discutible o no— de constatar y hasta de exagerar peligros hasta en la cultura democrática del presente europeo y latinoamericano. Así es como llega a lamentar que García Márquez siga apoyando la dictadura de Castro, o de que Chaves parezca Ceausescu.

Existe además, una relación diversa y muy personal con el idioma en uno y otro caso. Müller, rumana, habla el alemán de una minoría suaba en el Banato que antes pertenecía al imperio Austro Húngaro y del que da cuenta El Danubio de Claudio Magris. Su alemán no es el alemán del país del exilio, ni es el rumano del país de su infancia. Su lengua es un problema sin resolución que produce poesía como en el caso de Paul Celan, por ejemplo. Su traductor para Siruela es otro peruano, Juan José del Solar, y señaló con gran acierto que “no es una autora fácil de traducir, su estilo se caracteriza por las frases breves, elípticas, de gran poder evocador, que hacen de ella una excelente miniaturista”. Müller escapa de una esquematización de los conflictos, busca un registro poético en el que la palabra se anticipa al lenguaje, y las cosas a los hechos.

Vargas Llosa no tiene este problema. El castellano del Perú o el de España se asimilan sin dificultad en la cultura del mestizaje, aún imitando el coloquialismo y la oralidad propia de los adolescentes de un colegio militar o la singularidad americana de Zabalita. Como dijo tantas veces el Premio Nobel, "debemos sentirnos orgullosos y reconocer que es un gran privilegio pertenecer al mundo de la lengua española".

La vastísima obra del peruano, con un talento memorable y voluntarioso, me llegó en la adolescencia de la mano del secundario con el cuento Los cachorros. El entusiasmo y la conmoción que a esa edad despertó no cedieron hasta el presente, a pesar de la bronca que me han dado muchas de sus declaraciones y operaciones políticas.

Algo parecido a Borges, sin llegar a la contundencia de su poesía o de la inteligencia del argentino.

Aunque el Nobel no se lo dieran sino a él...



Osvaldo Picardo: Escritor, docente y director de la Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata (EUDEM). Su último libro de poemas fue Pasiones de la línea, Ed. En Danza